Me ven ahora

12 de enero de 2014

Rosalia de Castro Sobre su propia muerte




LA MUERTE

La muerte, junto con el amor no correspondido, es uno de los temas fundamentales de la poesía romántica del siglo XIX. Rosalía reflexiona sobre su propia muerte y se lamenta también de la muerte de sus seres queridos.

Sobre su propia muerte


Hoy o mañana, ¿quién puede decir cuándo?,
pero quizá en poco tiempo,
Vendrán a despertarme, y en vez de un vivo,
encontrarán un muerto.
A mi alrededor se levantarán
gemidos desgarrados,
Ayes de angustia, lloros de mis hijos,
de mis hijos desamparados.
Y yo, sin calor, sin movimiento, fría,
muda, insensible a todo,
así estaré, como me dejó la muerte
al helarme con su soplo.
Y para siempre ¡adiós cuanto quería!
¡Qué terrible abandono!
Entre cuantos sarcasmos
hay, hubo y ha de haber,
no vi ninguno que abata más a los vivos
que el de la humilde quietud de un cuerpo muerto.
Follas Novas XII

8 de enero de 2014

Los gatos de Ulthar H.P. Lovecraft




Se dice que en Ulthar, que se encuentra más allá del río Skai, ningún hombre puede matar a un gato; y ciertamente lo puedo creer mientras contemplo a aquel que descansa ronroneando frente al fuego. Porque el gato es críptico, y cercano a aquellas cosas extrañas que el hombre no puede ver. Es el alma del antiguo Egipto, y el portador de historias de ciudades olvidadas en Meroe y Ophir. Es pariente de los señores de la selva, y heredero de los secretos de la remota y siniestra África. La Esfinge es su prima, y él habla su idioma; pero es más antiguo que la Esfinge y recuerda aquello que ella ha olvidado.


En Ulthar, antes de que los ciudadanos prohibieran la matanza de los gatos, vivía un viejo campesino y su esposa, quienes se deleitaban en atrapar y asesinar a los gatos de los vecinos. Por qué lo hacían, no lo sé; excepto que muchos odian la voz del gato en la noche, y les parece mal que los gatos corran furtivamente por patios y jardines al atardecer. Pero cualquiera fuera la razón, este viejo y su mujer se deleitaban atrapando y matando a cada gato que se acercara a su cabaña; y, a partir de los ruidos que se escuchaban después de anochecer, varios lugareños imaginaban que la manera de asesinarlos era extremadamente peculiar. Pero los aldeanos no discutían estas cosas con el viejo y su mujer; debido a la expresión habitual de sus marchitos rostros, y porque su cabaña era tan pequeña y estaba tan oscuramente escondida bajo unos desparramados robles en un descuidado patio trasero. La verdad era, que por más que los dueños de los gatos odiaran a estas extrañas personas, les temían más; y, en vez de confrontarlos como asesinos brutales, solamente tenían cuidado de que ninguna mascota o ratonero apreciado, fuera a desviarse hacia la remota cabaña, bajo los oscuros árboles. Cuando por algún inevitable descuido algún gato era perdido de vista, y se escuchaban ruidos después del anochecer, el perdedor se lamentaría impotente; o se consolaría agradeciendo al Destino que no era uno de sus hijos el que de esa manera había desaparecido. Pues la gente de Ulthar era simple, y no sabía de dónde vinieron todos los gatos.
Un día, una caravana de extraños peregrinos procedentes del Sur entró a las estrechas y empedradas calles de Ulthar. Oscuros eran aquellos peregrinos, y diferentes a los otros vagabundos que pasaban por la ciudad dos veces al año. En el mercado vieron la fortuna a cambio de plata, y compraron alegres cuentas a los mercaderes. Cuál era la tierra de estos peregrinos, nadie podía decirlo; pero se les vio entregados a extrañas oraciones, y que habían pintado en los costados de sus carros extrañas figuras, de cuerpos humanos con cabezas de gatos, águilas, carneros y leones. Y el líder de la caravana llevaba un tocado con dos cuernos, y un curioso disco entre los cuernos.
En esta singular caravana había un niño pequeño sin padre ni madre, sino con sólo un gatito negro a quien cuidar. La plaga no había sido generosa con él, mas le había dejado esta pequeña y peluda cosa para mitigar su dolor; y cuando uno es muy joven, uno puede encontrar un gran alivio en las vivaces travesuras de un gatito negro. De esta forma, el niño, al que la gente oscura llamaba Menes, sonreía más frecuentemente de lo que lloraba mientras se sentaba jugando con su gracioso gatito en los escalones de un carro pintado de manera extraña.
Durante la tercera mañana de estadía de los peregrinos en Ulthar, Menes no pudo encontrar a su gatito; y mientras sollozaba en voz alta en el mercado, ciertos aldeanos le contaron del viejo y su mujer, y de los ruidos escuchados por la noche. Y al escuchar esto, sus sollozos dieron paso a la reflexión, y finalmente a la oración. Estiró sus brazos hacia el sol y rezó en un idioma que ningún aldeano pudo entender; aunque no se esforzaron mucho en hacerlo, pues su atención fue absorbida por el cielo y por las formas extrañas que las nubes estaban asumiendo. Esto era muy peculiar, pues mientras el pequeño niño pronunciaba su petición, parecían formarse arriba las figuras sombrías y nebulosas de cosas exóticas; de criaturas híbridas coronadas con discos de costados astados. La naturaleza está llena de ilusiones como esa para impresionar al imaginativo.
Aquella noche los errantes dejaron Ulthar, y no fueron vistos nunca más. Y los dueños de casa se preocuparon al darse cuenta de que en toda la villa no había ningún gato. De cada hogar el gato familiar había desaparecido; los gatos pequeños y los grandes, negros, grises, rayados, amarillos y blancos. Kranon el Anciano, el burgomaestre, juró que la gente siniestra se había llevado a los gatos como venganza por la muerte del gatito de Menes, y maldijo a la caravana y al pequeño niño. Pero Nith, el enjuto notario, declaró que el viejo campesino y su esposa eran probablemente los más sospechosos; pues su odio por los gatos era notorio y, con creces, descarado. Pese a esto, nadie osó quejarse ante la dupla siniestra, a pesar de que Atal, el hijo del posadero, juró que había visto a todos los gatos de Ulthar al atardecer en aquel patio maldito bajo los árboles. Caminaban en círculos lenta y solemnemente alrededor de la cabaña, dos en una línea, como realizando algún rito de las bestias, del que nada se ha oído. Los aldeanos no supieron cuánto creer de un niño tan pequeño; y aunque temían que el malvado par había hechizado a los gatos hacia su muerte, preferían no confrontar al viejo campesino hasta encontrárselo afuera de su oscuro y repelente patio.
De este modo Ulthar se durmió en un infructuoso enfado; y cuando la gente despertó al amanecer ¡he aquí que cada gato estaba de vuelta en su acostumbrado fogón! Grandes y pequeños, negros, grises, rayados, amarillos y blancos, ninguno faltaba. Aparecieron muy brillantes y gordos, y sonoros con ronroneante satisfacción. Los ciudadanos comentaban unos con otros sobre el suceso, y se maravillaban no poco. Kranon el Anciano nuevamente insistió en que era la gente siniestra quien se los había llevado, puesto que los gatos no volvían con vida de la cabaña del viejo y su mujer. Pero todos estuvieron de acuerdo en una cosa: que la negativa de todos los gatos a comer sus porciones de carne o a beber de sus platillos de leche era extremadamente curiosa. Y durante dos días enteros los gatos de Ulthar, brillantes y lánguidos, no tocaron su comida, sino que solamente dormitaron ante el fuego o bajo el sol.
Pasó una semana entera antes de que los aldeanos notaran que, en la cabaña bajo los árboles, no se prendían luces al atardecer. Luego, el enjuto Nith recalcó que nadie había visto al viejo y a su mujer desde la noche en que los gatos estuvieron fuera. La semana siguiente, el burgomaestre decidió vencer sus miedos y llamar a la silenciosa morada, como un asunto del deber, aunque fue cuidadoso de llevar consigo, como testigos, a Shang, el herrero, y a Thul, el cortador de piedras. Y cuando hubieron echado abajo la frágil puerta sólo encontraron lo siguiente: dos esqueletos humanos limpiamente descarnados sobre el suelo de tierra, y una variedad de singulares insectos arrastrándose por las esquinas sombrías.
Posteriormente hubo mucho que comentar entre los ciudadanos de Ulthar. Zath, el forense, discutió largamente con Nith, el enjuto notario; y Kranon y Shang y Thul fueron abrumados con preguntas. Incluso el pequeño Atal, el hijo del posadero, fue detenidamente interrogado y, como recompensa, le dieron una fruta confitada. Hablaron del viejo campesino y su esposa, de la caravana de siniestros peregrinos, del pequeño Menes y de su gatito negro, de la oración de Menes y del cielo durante aquella plegaria, de los actos de los gatos la noche en que se fue la caravana, o de lo que luego se encontró en la cabaña bajo los árboles, en aquel repugnante patio.
Y, finalmente, los ciudadanos aprobaron aquella extraordinaria ley, la que es referida por los mercaderes en Hatheg y discutida por los viajeros en Nir, a saber, que en Ulthar ningún hombre puede matar a un gato.

6 de enero de 2014

Hemingway y “El gato bajo la lluvia”



Sólo dos americanos paraban en el hotel. No conocían a ninguna de las personas que subían y bajaban por las escaleras hacia y desde sus habitaciones. La suya estaba en el segundo piso, frente al mar y al monumento de la guerra, en el jardín público de grandes palmeras y verdes bancos. Cuando hacía buen tiempo, no faltaba algún pintor con su caballete. A los artistas les gustaban aquellos árboles y los brillantes colores de los hoteles situados frente al mar. Los italianos venían de lejos para contemplar el monumento a la guerra, hecho de bronce que resplandecía bajo la lluvia. El agua se deslizaba por las palmeras y formaba charcos en los senderos de piedra. Las olas se rompían en una larga línea y el mar se retiraba de la playa, para regresar y volver a romperse bajo la lluvia. Los automóviles se alejaron de la plaza donde estaba el monumento. Del otro lado, a la entrada de un café, un mozo estaba contemplando el lugar ahora solitario.
La dama americana lo observó todo desde la ventana. En el suelo, a la derecha, un gato se había acurrucado bajo uno de los bancos verdes. Trataba de achicarse todo lo posible para evitar las gotas de agua que caían a los lados de su refugio. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiese acercarse protegida por los aleros. Mientras tanto, un paraguas se abrió detrás. –Voy a buscar a ese gatito –dijo ella. –Iré yo, si quieres –se ofreció su marido desde la cama. –No, voy yo. El pobre minino se ha acurrucado bajo el banco para no mojarse ¡Pobrecito! El hombre continuó leyendo, apoyado en dos almohadas, al pie de la cama. –No te mojes –le advirtió.
La mujer bajó y el dueño del hotel se levantó y le hizo una reverencia cuando ella pasó delante de su oficina, que tenía el escritorio al fondo. El propietario era un hombre viejo y muy alto. –Il piove –expresó la americana. El dueño del hotel le resultaba simpático. –Sí, sí signora, brutto tempo. Es un tiempo muy malo. Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. Se quedó detrás del escritorio, al fondo de la oscura habitación. A la mujer le gustaba. Le gustaba la seriedad con que recibía cualquier queja. Le gustaba su dignidad y su manera de servirla y de desempeñar su papel de hotelero. Le gustaba su rostro viejo y triste y sus manos grandes.
Estaba pensando en aquello cuando abrió la puerta y asomó la cabeza. La lluvia había arreciado. Un hombre con un impermeable cruzó la plaza vacía y entró en el café. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiese acercarse protegida por los aleros. Mientras tanto, un paraguas se abrió detrás. Era la sirvienta encargada de su habitación, mandada, sin duda, por el hotelero. –No debe mojarse –dijo la muchacha en italiano, sonriendo. Mientras la criada sostenía el paraguas a su lado, la americana marchó por el sendero de piedra hasta llegar al sitio indicado, bajo la ventana. El banco estaba allí, brillando bajo la lluvia, pero el gato se había ido. La mujer se sintió desilusionada. La criada la miró con curiosidad. –Ha perduto qualque cosa, signora? –Había un gato aquí –contestó la americana. –¿Un gato? –Sí il gatto. –¿Un gato? –la sirvienta se echó a reír – ¿Un gato? ¿Bajo la lluvia? –Sí; se había refugiado en el banco –y después– ¡Oh! ¡Me gustaba tanto! Quería tener un gatito. Cuando habló en inglés, la doncella se puso seria. –Venga, signora. Tenemos que regresar. Si no, se mojará. –Me lo imagino –dijo la extranjera.
Volvieron al hotel por el sendero de piedra. La muchacha se detuvo en la puerta para cerrar el paraguas. Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. El padrone la hacía sentirse muy pequeña y a la vez, importante. Tuvo la impresión de tener una gran importancia. Después de subir por la escalera, abrió la puerta de su cuarto. George seguía leyendo en la cama. –¿Y el gato? –preguntó, abandonando la lectura. –Se ha ido. –¿Y donde puede haberse ido? –dijo él, descansando un poco la vista. La mujer se sentó en la cama. –¡Me gustaba tanto! No sé por qué lo quería tanto. Me gustaba ese pobre gatito. No debe resultar agradable ser un pobre minino bajo la lluvia.
George se puso a leer de nuevo. Su mujer se sentó frente al espejo del tocador y empezó a mirarse con el espejo de mano. Se estudió el perfil, primero de un lado y después del otro, y por último se fijó en la nuca y en el cuello. –¿No te parece que me convendría dejarme crecer el pelo? –le preguntó, volviendo a mirarse de perfil. George levantó la vista y vio la nuca de su mujer, rapada como la de un muchacho. –A mí me gusta como está. –¡Estoy cansada de llevarlo tan corto! Ya estoy harta de parecer siempre un muchacho. George cambió de posición en la cama. No le había quitado la mirada de encima desde que ella empezó a hablar. –¡Caramba! Si estas muy bonita – dijo. La mujer dejó el espejo sobre el tocador y se fue a mirar por la ventana. Anochecía ya. –Quisiera tener el pelo más largo, para poder hacerme moño. Estoy cansada de sentir la nuca desnuda cada vez que me la toco. Y también quisiera tener un gatito que se acostara en mi falda y ronroneara cuando yo lo acariciara. –¿Sí? –dijo George. –Y además, quiero comer en una mesa con velas y con mi propia vajilla. Y quiero que sea primavera y cepillarme el cabello frente al espejo, tener un gatito y algunos vestidos nuevos. Quisiera tener todo eso. –¡Oh! ¿Por qué no te callas y lees algo? –dijo George, reanudando su lectura.
Su mujer miraba desde la ventana. Ya era de noche y todavía llovía a través de las palmeras. –De todos modos, quiero un gato –dijo–. Quiero un gato. Quiero un gato. Ahora mismo. Si no puedo tener el pelo largo ni divertirme, por lo menos necesito un gato. George no la escuchaba. Estaba leyendo su libro. Desde la ventana, ella vio que la luz se había encendido en la plaza. Alguien llamó a la puerta –Avanti –dijo George, mirando por encima del libro. En la puerta estaba la sirvienta. Traía un gran gato de color de carey que pugnaba por zafarse de los brazos que lo sujetaban. –Con permiso –dijo la muchacha– el padrone me encargó que trajera esto para la signora.

3 de enero de 2014

Haruki Murakami / Pueblo de los gatos





En el libro 1Q84, Haruki Murakami logra trasladarnos a un nuevo mundo. A continuación, el relato “El pueblo de los gatos”, que forma parte de este libro.


El joven viajaba solo, a su gusto, con una única maleta como equipaje. No tenía un destino. Se subía al tren, viajaba y, cuando encontraba un lugar que le atraía, se bajaba.
Buscaba alojamiento, visitaba el pueblo y permanecía allí cuanto quería. Si se hartaba, volvía a subirse al tren. Así era como pasaba siempre sus vacaciones. Desde la ventana del tren se veía un hermoso río serpenteante, a lo largo del cual se extendían elegantes colinas verdes. En la falda de aquellas colinas había un pueblecillo en el que se respiraba un ambiente de calma. Tenía un viejo puente de piedra. Aquel paisaje lo cautivó. Allí quizá podría probar deliciosos platos de trucha de arroyo. Cuando el tren se detuvo en la estación, el joven se bajó con su maleta. Ningún otro pasajero se bajó allí. El tren partió inmediatamente después de que se hubiera bajado. En la estación no había empleados. Debía ser una estación poco transitada.
El joven atravesó el puente de piedra y caminó hasta el pueblo. Estaba completamente en silencio. No se veía a nadie. Todos los comercios tenían las persianas bajadas y en el ayuntamiento no había ni un alma. En la recepción del único hotel del pueblo tampoco había nadie. Llamó al timbre, pero nadie acudió. Parecía un pueblo deshabitado. A lo mejor todos estaban durmiendo. Pero todavía eran las diez y media de la mañana. Demasiado temprano para echar una siesta. O quizá, por algún motivo, la gente había abandonado el pueblo y se había marchado. En cualquier caso, hasta la mañana siguiente no llegaría el próximo tren, así que no le quedaba más remedio que pasar allí la noche. Para matar el tiempo, se paseó por el pueblo sin rumbo fijo. Pero en realidad aquél era el pueblo de los gatos. Cuando el sol se ponía, numerosos gatos atravesaban el puente de piedra y acudían a la ciudad. Gatos de diferentes tamaños y diferentes especies. Aunque más grandes que un gato normal, seguían siendo gatos.
Sorprendido al ver aquello, el joven subió deprisa al campanario que había en medio del pueblo y se escondió. Como si fuera algo rutinario, los gatos abrieron las persianas de las tiendas, o se sentaron delante de los escritorios del ayuntamiento, y cada uno empezó su trabajo. Al cabo de un rato, un grupo aún más numeroso de gatos atravesó el puente y fue a la ciudad. Unos entraban en los comercios y hacían las compras, iban al ayuntamiento y despachaban papeleo burocrático o comían en el restaurante del hotel. Otros bebían cerveza en las tabernas y cantaban alegres canciones gatunas. Unos tocaban el acordeón y otros bailaban al compás. Al poseer visión nocturna, apenas necesitaban luz, pero gracias a que aquella noche la luna llena iluminaba hasta el último rincón del pueblo, el joven pudo observarlo todo desde lo alto del campanario. Cerca del amanecer, los gatos cerraron las tiendas, ultimaron sus respectivos trabajos y ocupaciones y fueron regresando a su lugar de origen atravesando el puente. Al amanecer los gatos ya se habían ido y el pueblo se había quedado desierto de nuevo, entonces el joven bajó, se metió en una cama del hotel y durmió cuanto quiso. Cuando tuvo hambre, se comió el pan y el pescado que habían sobrado en la cocina del hotel. Luego, cuando a su alrededor todo empezó a oscurecer, volvió a esconderse en lo alto del campanario y observó hasta el albor el comportamiento de los gatos.
El tren paraba en la estación antes del mediodía y antes del atardecer. Si se subía en el de la mañana, podría continuar su viaje, y si se subía en el de la tarde, podría regresar al lugar del que procedía. Ningún pasajero se bajaba ni nadie tomaba el tren en aquella estación. Y sin embargo el ferrocarril siempre se detenía cumplidamente y partía un minuto después. Por lo tanto, si así lo deseara, podría subirse al tren y abandonar el pueblo de los gatos en cualquier momento. Pero no quiso. Era joven, sentía una profunda curiosidad y estaba lleno de ambición y de ganas de vivir aventuras. Deseaba seguir observando aquel enigmático pueblo de los gatos. Quería saber, si era posible, desde cuándo habían ocupado los gatos aquel lugar, cómo funcionaba el pueblo y qué demonios hacían ahí aquellos animales. Nadie más, aparte de él, debía haber sido testigo de aquel misterioso espectáculo.
A la tercera noche, se armó cierto revuelo en la plaza que había bajo el campanario. «¿Qué es eso ¿No huelen a humano?», dijo uno de los gatos. «Pues ahora que lo decís, últimamente tengo la impresión de que huele raro», asintió olfateando uno de ellos. «La verdad es que yo también lo he notado», añadió otro. «¡Qué raro! Porque no creo que haya venido ningún ser humano», comentó otro de los gatos. «Si, tienes razón. No es posible que un ser humano haya entrado en el pueblo de los gatos». «Pero no cabe duda de que huele a uno de ellos.» Los gatos formaron varios grupos e inspeccionaron hasta el último rincón del pueblo, como una patrulla vecinal. Cuando se lo toman en serio, los gatos tienen un olfato excelente. No tardaron mucho en darse cuenta de que el olor procedía de lo alto del campanario. El joven oía cómo sus blandas patas subían ágilmente por las escaleras del campanario. «¡Esto es el fin!», pensó. Los gatos parecían muy excitados y enfadados por el olor a humano. Tenían las uñas grandes y agudas y los dientes blancos y afilados. Además, aquel era un pueblo en el que los seres humanos no debían adentrarse. No sabía qué suerte le esperaría cuando lo encontraran, pero no creía que fueran a permitirle irse de allí habiendo descubierto el secreto. Tres de los gatos subieron hasta el campanario y se pusieron a olfatear. «¡Qué extraño!», dijo uno sacudiendo sus largos bigotes. «Aunque huele a humano, no hay nadie». «¡Sí que es raro», comentó otro. «En todo caso, aquí no hay nadie. Busquemos en otra parte».«¡Esto es de locos!». Movieron extrañados la cabeza y se fueron. Los gatos bajaron las escaleras sin hacer ruido y se esfumaron en medio de la oscuridad nocturna. El joven soltó un suspiro de alivio; a él también le parecía de locos. Los gatos y él habían estado literalmente a un palmo de distancia en un lugar angosto. No habría podido escaparse. Y sin embargo, parecían no haberlo visto. El joven examinó sus manos. «Las estoy viendo. No me he vuelto invisible. ¡Qué raro! En cualquier caso, por la mañana iré hasta la estación y me marcharé de este pueblo en el primer tren. Quedarme aquí es demasiado peligroso. La suerte no puede durar siempre».
Pero al día siguiente, el tren de la mañana no se detuvo en la estación. Pasó delante de sus ojos sin disminuir siquiera la velocidad. Lo mismo ocurrió con el tren de la tarde. Se veía al conductor en su asiento y los rostros de los pasajeros al lado de las ventanillas. Pero el tren no dio señales de que fuera a pararse. Era como si la silueta del joven que esperaba el tren no se reflejara en los ojos de la gente. O como si fuera la estación la que no se reflejara. Cuando el tren de la tarde desapareció a lo lejos, a su alrededor se hizo un silencio absoluto, como nunca antes había sentido. Entonces, el sol empezó a ponerse. «Va siendo hora de que los gatos aparezcan.» El joven supo que se había perdido. «Este no es el pueblo de los gatos», se dio cuenta al fin. Aquel era el lugar en el que debía perderse. Un lugar ajeno a este mundo que habían dispuesto para él. Y el tren jamás volvería a detenerse en aquella estación para llevarlo a su mundo de origen.

31 de diciembre de 2013

Leyenda de año nuevo



AŃO NUEVO

Habéis visto nacer el Ańo Nuevo? ˇEl ańo nuevo nace en el Cerro de la Bufa! żNo lo creéis? Os voy a contar cómo. El Cerro de la Bufa es, en su interior, una gruta inmensa. Si algún día lográis encontrar la puerta secreta que existe en el Crestón y entráis por una larga escalinata de mármol, os daréis cuenta de que en el interior del Cerro de la Bufa existe un palacio extenso y bellísimo. El piso está hecho de plata. Grandes lozas del precioso metal lo cubren. Las paredes son todas de oro macizo y por todas partes brilla una luz intensa producida por la multitud de las piedras preciosas que cuelgan del techo. Del techo y de las paredes penden perlas, granates, diamantes, rubíes, que despiden luces blancas, azules, verdes, amarillas, rojas, y que dan al castillo un aspecto fantástico y extrańo. Pero lo más importante es que el interior del Cerro de la Bufa está habitado. Millares de gnomos viven en él. żSabéis lo que es gnomos? Los gnomos son los duendes, los fabricantes y los guardianes de los metales y de las piedras preciosas que hay en las minas. Son unos seres pequeńísimos, que apenas levantan cincuenta centímetros del suelo. Su piel es blanca, llevan una grande melena y poseen unos ojos pequeńísimos. Portan un gran bigote y una barba descomunal. Los gnomos son parientes de los enanos; de aquellos enanos amigos de Blanca Nieves. Y se visten como ellos. Con un gorro de color rojo, terminado en punta, y con un vestido de payaso. Pues bien la gruta del Cerro del Bufa está invadida por estos seres diminutos y exóticos. Y he aquí estos enanos tienen un encargo especial y muy delicado. Consagran su vida a cuidar, a alimentar y conservar los Ańos Nuevos.

Porque habéis de saber que en el interior del castillo hay gran salón de cristal. Algo así como el aparador muy grande de una tienda y dentro de ese salón de cristal los enanos tienen guardados a los Ańos Nuevos. Estos son unos nińos hermosos, blancos, como el marfil, sonrosados, de cabello rubio y ensortijados, robustos. Y los gnomos los tienen guardados en pequeńas cajas,envueltos en algodón para que no mueran de frío. Y a todas horas los vigilan, los alimentan, los miman. Porque si los dejan morir, ya no habría Ańo Nuevo. Se acabaría el tiempo y se acabaría el mundo. Cada ańo cuando el mes de diciembre toca a las puertas de las casas de los hombres, los gnomos celebran, en el interior del palacio, una asamblea general. La junta es presidida por un enano más viejo. Y en esa reunión se discute cual de los Ańos Nuevos, encerrados en el salón de cristal, está mejor parado, más robusto, mejor dotado para echarlo al mundo. Los enanos gritan, opinan, objetan, se enfurecen, patalean, dan volteretas, hacen berrinches. Y finalmente, por medio de una votación secreta, eligen al Ańo Nuevo que habrá de salir a recorrer el mundo.

El día último del ańo es de gran fiesta dentro del castillo. ˇHay que despedir al Ańo Nuevo que abandona el hogar paterno! Hay más luz que de costumbre. Los gnomos gritan y cantan. Brindan en diminutas copas, con néctares pétreos, por el huésped que se va. Colocan al elegido sobre un gran trono, en medio del castillo; todos giran a su alrededor en danzas frenéticas; se dicen los dirambos, las frases y los gritos anodinos. El enano más viejo entrega al Ańo Nuevo sonríe y se despide de todos. Mientras tanto acá afuera, en la ciudad pocas gentes se dan cuenta de lo que pasa. A las once cuarenta y cinco de la noche, en punto, una gran sombra atraviesa la ciudad y va a colocarse sobre el Crestón de la Bufa. Es el Ańo Viejo que regresa de su correría prolongada. Es un viejo largo inmenso, que parece, llegar hasta las estrellas; se nota enjuto y encorvado; sus vestidos parecen sucios y desgarrados; el cabello y la barba son largos, blanquísimos y desmelenados y se aprecian sucios por el polvo de los caminos.

El viejo trae en sus manos lánguidas un bordón, una alforja vacía y una lampara de petróleo. ˇEs el Ańo viejo que ha regresado de su largo viaje! Pero ˇoh, que milagro!: cuando suena la última campanada de las doce de la noche en reloj de Catedral, el Cerro de la Bufa se ilumina con un resplandor vivísimo, como si hubiera encendido en él una hoguera gigantesca. Luego se levanta el peńasco enorme que cubre la entrada del castillo. Del interior sale un resplandor más vivo todavía. Se escuchan himnos extrańos. Se oye el eco de cánticos rarísimos. De pronto surge la gran visión. Llevado en peso por miles de enanos, aparece por encima de las rocas del Crestón, el “Ańo Nuevo”, radiante, coronado, bellísimo. Los gnomos lo elevan muy alto, hasta perderse de vista en la última estrella y allá lo abandonan para que inicie su gran caminata por el mundo.

En la ciudad las gentes bailan, brindan, gritan, se felicitan por la llegada del Ańo Nuevo y no se dan cuenta de que, en la gruta que está dentro del Cerro de la Bufa, los gnomos asisten conmovidos a los funerales solemnes del Ańo Viejo, que yace en el suelo, inmóvil para siempre.

Feliz 2014


27 de diciembre de 2013

Umberto Eco / El Péndulo de Foucault




Quiero compartir un extracto de “El Péndulo de Foucault” de Umberto Eco. Este fragmento me ha parecido divertidísimo. No sé si es solo a mí que Umberto Eco me parece graciosísimo, pero también El Nombre de la Rosa me pareció que tenía partes hilarantes, especialmente con el personaje de Salvatore de Monferrate y su peculiar manera de hablar.

En el mundo están los cretinos, los imbéciles, los estúpidos y los locos. En suma todo el mundo, si se mira bien, participa de alguna de esas categorías. Digamos que la persona normal es la que combina razonablemente todos esos componentes o tipos ideales.

¿Cómo es el genio, Einstein, por ejemplo? El genio es el que pone en juego uno de esos componentes de manera vertiginosa, alimentándolo con los demás.

El cretino ni siquiera habla, babea, es espástico. Se aplasta el helado contra la frente, no puede ni coordinar los movimientos. Entra en la puerta giratoria por el lado opuesto.

Ser imbécil ya es más complicado. Es un comportamiento social. El imbécil es el que habla siempre fuera del vaso. Quiere hablar de lo que hay en el vaso, pero, esto por aquí, esto por allá, habla fuera. O si lo prefiere, es el que siempre mete la pata, el que le pregunta cómo está su bella esposa al individuo que acaba de ser abandonado por la mujer.

El imbécil está muy solicitado, sobre todo en las reuniones mundanas. Incomoda a todos, pero les proporciona temas de conversación. En su versión positiva llega a ser diplomático. Habla fuera del vaso cuando otros han metido la pata, consigue cambiar de tema. Pero a nosotros [las editoriales] no nos interesa, no es nunca creativo, trabaja de prestado, de manera que no presenta manuscritos.

El imbécil no dice que el gato ladra, habla del gato cuando los demás hablan del perro. Confunde las reglas de conversación, y cuando las confunde bien es sublime. Creo que es una raza en extinción, un portador de virtudes eminentemente burguesas. Necesita un salón Verdurin, o mejor, Guermantes.

El estúpido no se equivoca de comportamiento. Se equivoca de razonamiento. Es el que dice que todos los perros son animales domésticos y todos los perros ladran, pero que también los gatos son animales domésticos y por tanto ladran. O que todos los atenienses son mortales, todos los habitantes del Pireo son mortales, de modo que todos los habitantes del Pireo son atenienses. Y lo son, pero de pura casualidad. El estúpido incluso puede decir algo correcto, pero por razones equivocadas.

Se pueden decir cosas equivocadas, con tal que las razones sean correctas. ¿Si no por qué tomarse tanto trabajo para ser animales racionales?

Ya estamos en el umbral en el que sospechamos que algo no funciona, pero es necesario un esfuerzo para demostrar qué es lo que no cuadra y por qué. El estúpido es muy insidioso. Al imbécil se le reconoce en seguida (y al cretino ni qué decir), mientras que el estúpido razona casi como uno, sólo que con una desviación infinitesimal. Es un maestro del paralogismo. Se publican muchos libros escritos por estúpidos, porque a primera vista son muy convincentes.

El argumento ontológico de San Anselmo es estúpido. Dios tiene que existir porque puedo pensarlo como el ser dotado de todas las perfecciones, incluida la existencia. Confunde la existencia en el pensamiento con la existencia en la realidad. Pero también es estúpida la refutación de Gaunilo. Puedo pensar en una isla en el mar aunque esa isla no exista. Confunde el pensamiento de lo contingente con el pensamiento de lo necesario. Una batalla entre estúpidos. Claro, y Dios se divierte como un loco.

Pues sí, la estupidez nos rodea. Y quizá para un sistema lógico diferente nuestra estupidez sea sabiduría. Toda la historia de la lógica es un intento por definir una noción aceptable de estupidez. Demasiado ambicioso. Todo gran pensador es el estúpido de otro. ¿El pensamiento como forma coherente de estupidez? No. La estupidez de un pensamiento es la incoherencia de otro pensamiento.

Al loco se le reconoce en seguida. Es un estúpido que no conoce los subterfugios. El estúpido trata de demostrar su tesis, tiene una lógica, cojeante, pero lógica es. En cambio, el loco no se preocupa por tener una lógica, avanza por cortocircuitos. Para él, todo demuestra todo. El loco tiene una idea fija, y todo lo que encuentra le sirve para confirmarla. Al loco se le reconoce porque se salta a la torera la obligación de probar lo que se dice; porque siempre está dispuesto a recibir revelaciones.

22 de diciembre de 2013

Constantino Cavafis "Deseos"

 

 

DESEOS

Como cuerpos bellos de muertos que no han envejecido
y los encerraron, con lágrimas, en una tumba espléndida
- con rosas en la cabeza y en los pies jazmines -,
así parecen los deseos que pasaron
sin cumplirse; sin que ninguno mereciera
una noche de placer, o un alba luminosa.



18 de diciembre de 2013

Nikos Kazanntzakis / Mirada de un poeta

Vincent Van Gogh, Noche estrellada. Óleo sobre tela 1889

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Vincent Van Gogh, Noche estrellada. Óleo sobre tela 1889


Mi vida personal no tiene sino un valor muy relativo sólo para mí y nadie más; el solo valor que le conozco es la lucha por subir de grada en grada y para llegar tan alto que su fuerza y obstinación puedan llevarla a la cima que yo mismo he denominado la mirada cretense.


Nikos Kazantzakis.

9 de diciembre de 2013

Odisea de Nikos Kazanzakis




La angustia del hombre moderno en el siglo XX tuvo uno de sus principales voceros en el Ulises literario que alumbró el genio vivaz del poeta y escritor cretense Nikos Kazantzakis (1883-1957). En su magna y principal obra —Odisea, un extensísimo poema de 33.333 versos— que vio la luz en el año 1938, el lúcido cretense nos dejó un exhaustivo retrato de la lucha del hombre contemporáneo en su desesperada búsqueda por encontrar un camino que lo llevara a la salvación en un siglo convulso y terrible —el siglo XX— que dio a luz las utopías más revolucionarias y sangrientas que llevaron al mundo a enfrentare en dos apocalípticas guerras mundiales que cercenaron la fe en las posibilidades del ser humano para redimirse a sí mismo y a sus semejantes. Vana locura por otra parte.

En este artículo abordaremos la rapsodia segunda de la Odisea de Kazantzakis. En ella Ulises, después de haber llegado a Ítaca y asesinado a los pretendientes, se siente desencantado y maquina en su mente una nueva partida. En cierto modo Kazantzakis recoge el testigo de Homero, que finalizó su Odisea después de veinticuatro cantos sin despejar el destino final de Ulises y lo que haría después de llegar a Ítaca, matar a los pretendientes y recuperar a su amada Penélope; pero no es nuestro propósito extendernos en el complicado entramado y en las peripecias del Ulises de Kazantzakis a lo largo de la obra del poeta cretense. Nos bastará con la exposición que reza en el título del artículo, la cual trataremos de desarrollar.

En esta rapsodia Kazantzakis nos presenta a Ulises reunido con su familia alrededor del fuego del hogar. El asendereado héroe quiere relatarles la historia de su retorno, y las tres muertes que pudo sufrir en su camino y que tomaron la forma de tres tentaciones que intentaron apartarle de su ansiada meta: Ítaca. Y esas tres tentaciones tuvieron principalmente forma de mujer.

Tres fueron las formas más letales que la Muerte adoptara

para turbar mi mente y arrebatar mis armas.

El fresco antro de Calipso, donde llegó como hembra seductora

sonriendo y se enrolló apegada a mis rodillas.

Y temeroso, yo a la inmortal en mis manos mortales estrechaba

como un ensueño dulce en la playa arenosa.

(Rapsodia II. Versos 76-81).

Con Calipso, la «diosa de rubia cabellera», Ulises va perdiendo gradualmente su condición humana, llegando a sentir cómo los tentáculos del dios pretenden ahogar su corazón.


En su interior se suavizaron y aliviaron los sufrimientos del hombre,

se sumergió la tierra patria fulgurando en los abismos del olvido

y cual un juego luz y nube se agitaban en el viento;

se unían, se separaban, se perdían, el hijo, el padre, la mujer:

subía el dios como la muerte y devastaba las entrañas.

(Rapsodia II. Versos 128-132).

Una mañana Ulises tropieza en la orilla del mar con un remo, y su sola visión le ayuda a recuperar su espíritu humano y a despojarse del lastre insensible que caracteriza a los dioses. Se da cuenta de quién es, y de que posee patria, un hijo, un padre y una esposa. No tardará en construir con sus propias manos un navío que lo impulsará lejos de la isla de Calipso, que derramará lágrimas por la amarga separación, sintiendo a la vez que el contacto con Ulises ha hecho de ella una mujer frágil, perdida ya su condición de diosa, un ser humano con un corazón que late, un corazón frágil de mujer en vez de uno de mármol de diosa. Ulises acaba por abandonar a Calipso en su isla, pero la envidiosa divinidad lo hace atracar en otra isla, no menos peligrosa que la primera. Es la isla de Circe, la hechicera, que convierte a los hombres en bestias, pero antes de relatar esta historia Ulises enmudece para observar la reacción de Penélope y Telémaco.

Huyó el huso de los dedos de la mujer solitaria;

ocultamente temblaron sus rodillas, mas mordía sus labios

para que el sollozo se ahogara dentro de su amargo cuello níveo.

Y el hijo con horror las rodillas, los hombros, observaba,

las manos que ahogaron la virtud y que en costas salvajes

no temieron abrazar inmortales y luego abandonarlas.

Y cavila, apretando furtivo sus manos delicadas:

“Los límites éste pisotea. Confunde lo mortal y lo inmortal;

¡destruye el orden sagrado que sostiene al mundo por encima del

abismo!”.

(Rapsodia II. Versos 195-203).

Ulises se ha ganado a pulso el odio de su hijo, que no puede creerse la descarada franqueza con que su padre les relata su aventura con Calipso. En cambio su mujer reacciona de una manera más pasiva que su hijo. Solo es capaz de un amargo sollozo que se ahoga en su garganta y de un temblor oculto en sus rodillas. Su figura, patética y solitaria, no es capaz de reprocharle nada a su marido, que se ha convertido para ella en un extraño.

El héroe prosigue con su historia. Así describe su idilio con Circe.

¡Cómo olvidar, oh dios, la alegría que rugía en mis riñones

al ver al alma, a la luz, a la virtud borrarse!

Apretadas las manos y los muslos, rodábamos en la arena ígnea,

trenza de víboras que se apegan en el sol y silban.

Poco a poco, la razón enmudeció dentro de mí, se ahoga el fuego

en el hogar

y el espíritu emponzoñado se hace carne y hacia el vientre desciende;

y así como se sumen y se ahogan suavemente en el ámbar unos

insectos,

de igual manera hundíanse humanos, animales, árboles en mi cerebro

espeso.

También fue golpeado con el tiempo el corazón, volvióse un grumo

de sebo;

las pasiones se encendían, se apagaban, en su interior en un brumoso

olvido,

y en el abismo de la bestia me derrumbaba yo, mugiendo.

(Rapsodia II. Versos 315-325).

La presencia de seres humanos en la playa de la isla arranca a Ulises de su letargo animal. Alrededor de una fogata varios hombres preparan pescado a la brasa, mientras una mujer inicia un canto de cuna a su niño, que pende de su regazo. La canción de cuna se hunde en el limo del espíritu de Ulises, provocando que el llanto del infante lo reconcilie de nuevo con la estirpe humana. La reacción de Circe no se hace esperar.

En la arena salta aullando la quemadora de hombres, de levantadas

caderas.

Al lado suyo brincan los negros leopardos como llamas,

y todos juntos los cuerpos soleados desde la playa arenosa así me

gritan:

“¿Dónde vas, a las cuitas del humano y a los abismos de la mente?

¿Dónde vas a arruinarte, hermoso cuerpo, a quebrarte cual cántaro?

Mi negro seno es tu patria y por más que a extraña tierra vayas,

un puerto más sereno no hallarás, olvido más piadoso;

¡pues llena está de carne, de mujer dulcísima es el alma!”.

¡Voces estridentes, llamadas del deseo! Mas poco a poco se apagaron,

y la rada arenosa se sumió en la calcinante luz del sol.

Todo el día navegué con viento favorable y el barco palpitaba

como un pobre corazón humano que escapó de la Muerte.

(Rapsodia II. Versos 370-381).

Todo es en vano. Los esfuerzos de Circe por retener a Ulises son tan vanos como otrora los de Calipso. El itacense se hace de nuevo a la mar para afrontar por tercera vez la tentación más fuerte, o en sus propias palabras, «la más dulce visión de la Muerte» (verso 396). Se trata de Nausicaa, la hermosa hija del rey de los feacios.

“¡Dichoso el digno varón que con ella como esposo dormirá!

Ésta es, sufrido vagabundo, la Sirena más dulce y te hace seña;

¡mira, sus senos sagrados ansían amamantar humanos!

Construir un hogar, oh dios, desarmar el navío,

el mástil se haga viga y un lecho su carena

a la vieja proa, combatiente de mares, honda cuna para el hijo”.

Pero otra vez se endureció mi corazón; todas las cosas sin error pesé

en mi entrecejo justiciero y se alzó el correcto pensamiento…

(Rapsodia II. Versos 416-423).

Ulises supera la última y más dura de las tentaciones, y predice más adelante en unos versos igual de hermosos que los anteriores la futura boda de su hijo Telémaco con la hermosa virgen Nausicaa, que tendrá lugar en la misma Ítaca pocas semanas después.

Pero volvamos de nuevo al eximio poeta cretense y dejemos que su voz nos narre el ánimo del asendereado Ulises, una vez acabada su historia de las tres tentaciones con forma de mujer.

Sella sus labios amargos y no pronuncia ya palabra.

Contemplaba el fuego que se sumía, la llama que se marchitó,

cómo se espolvoreaba y se extendía en el rescoldo la ceniza.

Vuélvese y mira a su mujer, divisa al hijo y al padre,

y estremecióse de súbito, suspiró y tocó sus labios con la mano:

ahora comprendía, también era la patria rostro dulce de muerte.

Como fiera que se cogió en la trampa, sus ojos giran

y se mueven llameantes, amarillos en sus profundas cuencas.

Estrecho como aprisco de pastor pobre parecióle el palacio paterno,

una dueña de casa ya marchita también esa mujercilla,

y el hijo, como anciano octogenario, todo lo pesa con cuidado

para hallar lo honrado y lo justo, lo deshonesto y lo injusto, y tiembla,

cual si fuera acaso la vida juiciosa, y la llama fuera justa

y también el espíritu, ¡el más preciado bien del hombre de ímpetu de

águila!

Rió el atleta de corazón combatiente y estremecióse,

y al punto la dulzura del hogar y la patria deseada

y las doce deidades y la vieja virtud en el fogón honrado

y el hijo mismo pareciéronle contrarios a su elevada raza.

Se acaba y se marchita el fuego y débilmente lucían las cuatro cabezas

y las lustrosas piernas de Telémaco;

y lentamente en el silencio trémulo estallan desesperanzados,

en aniego, como caídas de agua, los sollozos de Penélope.

Tenso saltó el hijo al trono de su madre y se detuvo

y con muda piedad tocó sus hombros albísimos.

Mira a su padre en la penumbra torvamente y se horripila,

pues a los últimos destellos de la llama decaída,

púrpuras, azulados, amarillos, distingue sus ojos centellar

impasiblemente;

y ya se perdía su cuerpo salvaje en las tinieblas.

(Rapsodia II. Versos 429-456).

Los magníficos versos de Nikos Kazantzakis no dejan lugar a dudas. El héroe homérico se siente como un extraño en su propia casa, atrapado como una fiera en la trampa, enjaulado como un lobo de ojos amarillos.

Estrecho le parece su palacio, y Penélope, esa mujercilla, una dueña de casa ya marchita. Veinte años de ausencia de Ítaca, lejos de Penélope, solo le merecen los denigrantes epítetos de «mujercilla» y «marchita»; y su hijo no sale mejor parado: un anciano octogenario que todo lo pesa con cuidado.

Diez años en Troya y otros diez años por el ancho mundo para acabar como un extraño al lado del fuego del hogar. La lucidez le quita el velo a los ojos de Ulises y le hace ver la amarga realidad. Ha estado demasiado tiempo lejos de Ítaca y de los suyos, a quienes acaba de confesar su infidelidad con las tres sirenas arriba mencionadas, y ahora el dios Cronos le pasa la factura.

Aquí no hay anagnórisis. Penélope ve en Ulises a un dragón manchado de sangre, con quien comparte temerosa su cama, y Ulises, que en la primera rapsodia la imaginaba mezclada con los pretendientes a quienes acababa de matar, ya no la ama. Su antiguo amor se ha trocado en desprecio. El héroe se siente de más en Ítaca. Ha regresado para ver a una timorata y asustada Penélope, a la que ya no menciona siquiera por su nombre, una Penélope envejecida y totalmente desconocida para él después de veinte años de ausencia. Y su hijo desearía que su padre jamás hubiera regresado, y en cierto modo lo suple, cuando salta hacia el trono para consolar a su madre, que incapaz de contener el llanto por más tiempo se viene abajo y llora desconsolada. Para Ulises ha llegado la hora de partir de nuevo, de abandonar para siempre su isla y no volver jamás.

Y he aquí al Ulises del siglo XX —o del XXI— como paradigma de la angustia del hombre contemporáneo, incapaz de redimirse a través de su mujer y su hijo, insatisfecho de patria y hambriento de Dios. He aquí al hombre moderno que, cansado de no encontrar su lugar en el mundo, parte de nuevo de Ítaca para encontrarse con algo o con alguien que lo trascienda, y que aquiete y sacie su espíritu. El Ulises de Nikos Kazantzakis es un hombre que contiene todas las posibilidades, todos los caminos, toda la experiencia vital de infinitas vidas de otros hombres. El hombre contemporáneo se siente un desterrado, de ahí el peligro de intentar buscar sus raíces para diferenciarse de los demás en un nacionalismo caduco y mitómano, que falsea la historia para justificar sus absurdas reclamaciones en un mundo globalizado donde nadie no sabe quién es, ni de dónde viene ni a donde va. Y todos somos cómplices, porque no hacemos nada por desenmascarar a los autores de esa montaña de mentiras y falsedades.

Las grandes preguntas hace ya tiempo que dejaron de formularse, absorta como está la humanidad en una loca carrera hacia el hedonismo radical en forma de placeres, materialismo y tecnología, sirenas que reclaman su atención para que hunda su espíritu en lo más abyecto y animal que subyace en el hombre, capaz de elevarse espiritualmente hasta las alturas o de descender como un cerdo a la cueva de Circe. Los dioses Mammón y Afrodita se han adueñado de la vida del ser humano, que en su idolatría no ve más allá de las ilusorias promesas que los vanos ídolos ofrecen.

El Ulises de Nikos Kazantzakis también creyó que había llegado a Ítaca para descansar de sus interminables viajes. Las patrias pueden ser pequeñas y no satisfacernos, y el ser amado puede convertirse en un extraño con el tiempo. ¿Han cambiado ellos o hemos cambiado nosotros? El filósofo Heráclito decía que nadie puede bajar el mismo río dos veces.

Quizás sea verdad. La Biblia dice que no le pertenece al hombre dirigir su paso, y ahora que el hombre proclama con orgullo la muerte de Dios, se ha convertido en un indigente del espíritu que no sabe quién es, ni adónde va ni donde se encuentra su Ítaca particular, como el Ulises de Nikos Kazantzakis, o como el hombre contemporáneo del siglo XXI.

Como el ilustre poeta cretense dijera en varias ocasiones: «No amo al hombre; amo la llama que lo devora»

29 de noviembre de 2013

Vicente Huidobro BALADA DE LO QUE NO VUELVE




BALADA DE LO QUE NO VUELVE
Venía hacia mí por la sonrisa 
Por el camino de su gracia 
Y cambiaba las horas del día 
El cielo de la noche se convertía en cielo del amanecer 
El mar era un árbol frondoso lleno de pájaros 
Las flores daban campanadas de alegría 
Y mi corazón se ponía a perfumar enloquecido 

Van andando los días a lo largo del año 
¿En dónde estás? 
Me crece la mirada 
Se me alargan las manos 
En vano la soledad abre sus puertas 
Y el silencio se llena de tus pasos de antaño 
Me crece el corazón 
Se me alargan los ojos 
Y quisiera pedir otros ojos 
Para ponerlos allí donde terminan los míos 
¿En dónde estás ahora? 
¿Qué sitio del mundo se está haciendo tibio con tu presencia? 

Me crece el corazón como una esponja 
O como esos corales que van a formar islas 
Es inútil mirar los astros 
O interrogar las piedras encanecidas 
Es inútil mirar ese árbol que te dijo adiós el último 
Y te saludará el primero a tu regreso 

Eres sustancia de lejanía 
Y no hay remedio 
Andan los días en tu busca 
A qué seguir por todas partes la huella de tus pasos 
El tiempo canta dulcemente 
Mientras la herida cierra los párpados para dormirse 
Me crece el corazón 
Hasta romper sus horizontes 
Hasta saltar por encima de los árboles 
Y estrellarse en el cielo 
La noche sabe qué corazón tiene más amargura 

Sigo las flores y me pierdo en el tiempo 
De soledad en soledad 
Sigo las olas y me pierdo en la noche 
De soledad en soledad 
Tú has escondido la luz en alguna parte 
¿En dónde? ¿En dónde? 
Andan los días en tu busca 
Los días llagados coronados de espinas 
Se caen se levantan 
Y van goteando sangre carmenrueda@mire
Te buscan los caminos de la tierra 
De soledad en soledad 
Me crece terriblemente el corazón  
Nada vuelve 
Todo es otra cosa 
Nada vuelve nada vuelve 
Se van las flores y las hierbas 
El perfume apenas llega como una campanada de otra provincia 

Vienen otras miradas y otras voces 
Viene otra gente en el río 
Vienen otras hojas de repente en el bosque 
Todo es otra cosa 
Nada vuelve 
Se fueron los caminos 
Se fueron los minutos y las olas 
Se alejó el río para siempre 
Como los cometas que tanto admiramos 
Desbordará mi corazón sobre la tierra 
Y el universo será mi corazón

27 de noviembre de 2013

Imperativo Categorico Kant



El imperativo categórico es un concepto central en la ética kantiana, y de toda la ética deontológica moderna posterior. Pretende ser un mandamiento autónomo (no dependiente de ninguna religión ni ideología) y autosuficiente, capaz de regir el comportamiento humano en todas sus manifestaciones. Kant empleó por primera vez el término en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785
Origen del concepto

Según Kant, toda la moral del ser humano debe poder reducirse a un solo mandamiento fundamental, nacido de la razón, no de la autoridad divina, a partir del cual se puedan deducir todas las demás obligaciones humanas. Definió el concepto de «imperativo» como «cualquier proposición que declara a una acción (o inacción) como necesaria». En su opinión, las máximas morales anteriores se basaban en imperativos hipotéticos, por lo cual no eran de obligado cumplimiento en cualquier situación y desde cualquier planteamiento moral, religioso o ideológico.

Un imperativo hipotético impulsaría a una acción en determinadas circunstancias. Por ejemplo: «Si quiero el bien común, debo no cometer un asesinato», de manera tal que quien no comparta la condición («querer el bien común») no está obligado por esa clase de imperativos. En cambio un imperativo categórico denotaría obligación absoluta e incondicional, y en todas las circunstancias ejercería su autoridad, ya que sería autosuficiente y no necesitaría justificación externa.

Formulaciones

Según Kant, del imperativo categórico existen tres formulaciones:

    «Obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en una ley universal».
    «Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin, y nunca sólo como un medio».
    «Obra como si, por medio de tus máximas, fueras siempre un miembro legislador en un reino universal de los fines».

Pero también, indica que los hombres tienen dos caminos a seguir:

    heterónomo: irreflexivo, obedece reglas impuestas por una autoridad exterior.
    autónomo : cuando utiliza la razón.

Sapere aude: "ten el valor de hacer uso de tu propia razón".

Kant centra sus estudios en una doctrina de la moral humana y en buscar cual es el núcleo esencial de la moral humana. Kant piensa que lo práctico y lo verdaderamente moral para nosotros es la buena voluntad, que lo único a lo que nosotros no debemos renunciar es a una buena voluntad, esto quiere decir que si yo actúo de buena voluntad sean las que sean las consecuencias nadie me puede reprochar moralmente nada. Toda la moral está formada por imperativos es decir “hay que hacer esto, hay que hacer aquello, etc.” Estos imperativos están en toda nuestra vida pues constantemente nos estamos dando órdenes de acuerdo con lo que queremos hacer. Lo verdaderamente moral serían unos imperativos que no estuvieran condicionados con nada más que porque somos seres humanos que nos acondiciona o manda a cumplir dichos imperativos. Este imperativo que deberíamos cumplir todos solo por ser humanos es decir por ser racionales. Kant lo expresa de varias maneras pero el ideal es que cada uno de nosotros actúe de acuerdo con una máxima que pueda desear que se convierta en ley universal para todos, es decir que si yo actuó de un modo pueda decir “ojala todo el mundo puesta en estas condiciones actuase de esta misma manera que voy a actuar”.

Kant centra sus estudios en una doctrina de la moral humana y en buscar cual es el núcleo esencial de la moral humana. Kant piensa que lo práctico y lo

El imperativo categórico es un concepto central en la ética kantiana, y de toda la ética deontológica moderna posterior. Pretende ser un mandamiento autónomo (no dependiente de ninguna religión ni ideología) y autosuficiente, capaz de regir el comportamiento humano en todas sus manifestaciones. Kant empleó por primera vez el término en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785).

Origen del concepto

Según Kant, toda la moral del ser humano debe poder reducirse a un solo mandamiento fundamental, nacido de la razón, no de la autoridad divina, a partir del cual se puedan deducir todas las demás obligaciones humanas. Definió el concepto de «imperativo» como «cualquier proposición que declara a una acción (o inacción) como necesaria». En su opinión, las máximas morales anteriores se basaban en imperativos hipotéticos, por lo cual no eran de obligado cumplimiento en cualquier situación y desde cualquier planteamiento moral, religioso o ideológico.

Un imperativo hipotético impulsaría a una acción en determinadas circunstancias. Por ejemplo: «Si quiero el bien común, debo no cometer un asesinato», de manera tal que quien no comparta la condición («querer el bien común») no está obligado por esa clase de imperativos. En cambio un imperativo categórico denotaría obligación absoluta e incondicional, y en todas las circunstancias ejercería su autoridad, ya que sería autosuficiente y no necesitaría justificación externa.

Formulaciones

Según Kant, del imperativo categórico existen tres formulaciones:

    «Obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en una ley universal».
    «Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin, y nunca sólo como un medio».
    «Obra como si, por medio de tus máximas, fueras siempre un miembro legislador en un reino universal de los fines».

Pero también, indica que los hombres tienen dos caminos a seguir:

    heterónomo: irreflexivo, obedece reglas impuestas por una autoridad exterior.
    autónomo : cuando utiliza la razón.

Sapere aude: "ten el valor de hacer uso de tu propia razón".

Kant centra sus estudios en una doctrina de la moral humana y en buscar cual es el núcleo esencial de la moral humana. Kant piensa que lo práctico y lo verdaderamente moral para nosotros es la buena voluntad, que lo único a lo que nosotros no debemos renunciar es a una buena voluntad, esto quiere decir que si yo actúo de buena voluntad sean las que sean las consecuencias nadie me puede reprochar moralmente nada. Toda la moral está formada por imperativos es decir “hay que hacer esto, hay que hacer aquello, etc.” Estos imperativos están en toda nuestra vida pues constantemente nos estamos dando órdenes de acuerdo con lo que queremos hacer. Lo verdaderamente moral serían unos imperativos que no estuvieran condicionados con nada más que porque somos seres humanos que nos acondiciona o manda a cumplir dichos imperativos. Este imperativo que deberíamos cumplir todos solo por ser humanos es decir por ser racionales. Kant lo expresa de varias maneras pero el ideal es que cada uno de nosotros actúe de acuerdo con una máxima que pueda desear que se convierta en ley universal para todos, es decir que si yo actuó de un modo pueda decir “ojala todo el mundo puesta en estas condiciones actuase de esta misma manera que voy a actuar”.

Kant centra sus estudios en una doctrina de la moral humana y en buscar cual es el núcleo esencial de la moral humana. Kant piensa que lo práctico y lo verdaderamente moral para nosotros es la buena voluntad, que lo único a lo que nosotros no debemos renunciar es a una buena voluntad, esto quiere decir que si yo actúo de buena voluntad sean las que sean las consecuencias nadie me puede reprochar moralmente nada. Toda la moral está formada por imperativos es decir “hay que hacer esto, hay que hacer aquello, etc.” Estos imperativos están en toda nuestra vida pues constantemente nos estamos dando órdenes de acuerdo con lo que queremos hacer. Lo verdaderamente moral serían unos imperativos que no estuvieran condicionados con nada más que porque somos seres humanos que nos acondiciona o manda a cumplir dichos imperativos. Este imperativo que deberíamos cumplir todos solo por ser humanos es decir por ser racionales. Kant lo expresa de varias maneras pero el ideal es que cada uno de nosotros actúe de acuerdo con una máxima que pueda desear que se convierta en ley universal para todos, es decir que si yo actuó de un modo pueda decir “ojala todo el mundo puesta en estas condiciones actuase de esta misma manera que voy a actuar”.
En educación

El imperativo categórico se usa como medio operativo de modificación del comportamiento. Indica el modo peculiar de relación y de intervención entre el adulto y el niño. La expresión representativa es «Haz esto», como mandato categórico, inmediato y presente. Al implicar exigencia perentoria de un cumplimiento inmediato, ha de ser:

    Individualizador: en cuanto al contenido del mandato, una sola orden, y el destinatario, una sola persona.
    Claro y preciso: en cuanto a la expresión verbal, conceptual.
    Pertinente: en cuanto al contenido, en correspondencia con los intereses y habilidades de la persona.
    Oportuno: en cuanto al tiempo y a la sucesión espacio-temporal, de ejecución inmediata y de breve duración.
    Evaluable y gratificante: en cuanto a la relación causa-efecto, en sus resultados, puesto que es un saber más dentro de nuestra autonomía moral.

Hay un imperativo que, sin poner como condición algún propósito a obtener por medio de cierta conducta, manda esa conducta inmediatamente. Tal imperativo es categórico. No se refiere a la materia de la acción y a lo que de ésta ha de suceder, sino a la manera y al principio de donde ella acontece. Lo esencialmente bueno de la acción consiste en el ánimo que conduce a ella, sea cual fuere el éxito. La denominación de este imperativo puede ser «de la moralidad». Kant se refiere a la moralidad que está sobre todo principio inmanente, que según él es consustancial al ser humano.

verdaderamente moral para nosotros es la buena voluntad, que lo único a lo que nosotros no debemos renunciar es a una buena voluntad, esto quiere decir que si yo actúo de buena voluntad sean las que sean las consecuencias nadie me puede reprochar moralmente nada. Toda la moral está formada por imperativos es decir “hay que hacer esto, hay que hacer aquello, etc.” Estos imperativos están en toda nuestra vida pues constantemente nos estamos dando órdenes de acuerdo con lo que queremos hacer. Lo verdaderamente moral serían unos imperativos que no estuvieran condicionados con nada más que porque somos seres humanos que nos acondiciona o manda a cumplir dichos imperativos. Este imperativo que deberíamos cumplir todos solo por ser humanos es decir por ser racionales. Kant lo expresa de varias maneras pero el ideal es que cada uno de nosotros actúe de acuerdo con una máxima que pueda desear que se convierta en ley universal para todos, es decir que si yo actuó de un modo pueda decir “ojala todo el mundo puesta en estas condiciones actuase de esta misma manera que voy a actuar”.
En educación

El imperativo categórico se usa como medio operativo de modificación del comportamiento. Indica el modo peculiar de relación y de intervención entre el adulto y el niño. La expresión representativa es «Haz esto», como mandato categórico, inmediato y presente. Al implicar exigencia perentoria de un cumplimiento inmediato, ha de ser:

    Individualizador: en cuanto al contenido del mandato, una sola orden, y el destinatario, una sola persona.
    Claro y preciso: en cuanto a la expresión verbal, conceptual.
    Pertinente: en cuanto al contenido, en correspondencia con los intereses y habilidades de la persona.
    Oportuno: en cuanto al tiempo y a la sucesión espacio-temporal, de ejecución inmediata y de breve duración.
    Evaluable y gratificante: en cuanto a la relación causa-efecto, en sus resultados, puesto que es un saber más dentro de nuestra autonomía moral.

Hay un imperativo que, sin poner como condición algún propósito a obtener por medio de cierta conducta, manda esa conducta inmediatamente. Tal imperativo es categórico. No se refiere a la materia de la acción y a lo que de ésta ha de suceder, sino a la manera y al principio de donde ella acontece. Lo esencialmente bueno de la acción consiste en el ánimo que conduce a ella, sea cual fuere el éxito. La denominación de este imperativo puede ser «de la moralidad». Kant se refiere a la moralidad que está sobre todo principio inmanente, que según él es consustancial al ser humano.

1 comentario:

esteban lob dijo...
Muy interesante, Francisco, como cada post de tus páginas.

24 de noviembre de 2013

Homero Aridjis / Tercer Poema de Ausencia

Tercer poema de ausencia

Tercer Poema de Ausencia


Tu has escondido la luz en alguna parte.
                      VICENTE HUIDOBRO

Tu has escondido la luz en alguna parte
y me niegas el retorno,
sé que esta oscuridad no es cierta
porque antes de mis manos volaban las luciérnagas,
y yo te buscaba
y tú eras tú
y éramos unos ojos
en un mismo lecho
y nadie de nosotros pensaba en el eclipse,
pero nos hicimos fríos y conocidos
y la noche se hizo inaccesible
para bajarla juntos.
Tú has escondido la luz en otros ojos,
porque desde que ya no existes
nada de que está junto a mí amanece.

Homero Aridjis

LOS OJOS DESDOBLADOS (1960)


30 de octubre de 2013

¿Kafka? Marco Denevi


¿EL PRIMER CUENTO DE KAFKA?



Entre 1895 y 1901 medió la existencia de la revista literaria Der Wanderer (El viajero), que en idioma alemán se editó en Praga bajo la dirección de Otto Gauss y Andrea Brezina. El número correspondiente a diciembre de 1896 incluye (pág. 7) un cuento titulado El juez, cuyo autor oculta o deja entrever su nombre detrás de la inicial K. Por la atmósfera del cuento y por esa letra (que será más tarde el nombre de los protagonistas de El proceso y de El castillo) se me ha ocurrido la idea de que se trata del primer cuento de un Kafka de quince años.


EL JUEZ

Cuando fui citado a comparecer -como decía la cédula de notificación- en calidad de testigo, entré por primera vez en el Palacio de Justicia. Cuántas puertas, cuántos corredores! Pregunté dónde estaba el juzgado que me había enviado la citación. Me dijeron: a los fondos, siempre a los fondos. Los pasillos eran fríos y oscuros. Hombres con portafolios bajo el brazo corrían de un lugar para otro y hablaban un leguaje cifrado en el que a cada rato aparecían las palabras como in situ, a quo, ut retro. Todas las puertas eran iguales y, junto a cada puerta, había chapas de bronce cuyas inscripciones, gastadas por el tiempo, ya no podían leerse. Intenté detener a los hombres de los portafolios y pedirles que me orientaran, pero ellos me miraban coléricos, me contestaban: in situ, a quo, ut retro. Fatigado de vagabundear por aquel laberinto, abrí una puerta y entré. Me atendió un joven con chaqueta de lustrina, muy orgulloso. Soy el testigo, le dije. Me contestó: Tendrá que esperar su turno. Esperé, prudentemente, cinco o seis días. Después me aburrí y, tanto como para distraerme, comencé a ayudar al joven de chaqueta de lustrina. Al poco tiempo ya sabía distinguir los expedientes, que en un principio me habían parecido idénticos unos a otros. Los hombres de los portafolios me conocían, me saludaban cortésmente, algunos me dejaban sobrecitos con dinero. Fui progresando. Al cabo de un año pasé a desempeñarme en la trastienda de aquella habitación. Allí me senté en un escritorio y empecé a garabatear sentencias. Un día el juez me llamó. -Joven- me dijo-. Estoy tan satisfecho con usted, que he decidido nombrarlo mi secretario. Balbuceé palabras de agradecimiento, pero se me antojó que no me escuchaba. Era un hombre gordísimo, miope y tan pálido que la cara sólo se le veía en la oscuridad. Tomó la costumbre de hacerme confidencias. -Qué será de mi bella esposa? -suspiraba-. Vivirá aún? Y mis hijos? El mayor andará ya por los veinte años. Algún tiempo después este hombre melancólico murió, creo (o, simplemente, desapareció), y yo lo reemplacé. Desde entonces soy el juez. He adquirido prestigio y cultura. Todo el mundo me llama Usía. El joven de saco de lustrina, cada vez que entra a mi despacho, me hace una reverencia. Presumo que no es el mismo que me atendió el primer día, pero se le parece extraordinariamente. He engordado: la vida sedentaria. Veo poco: la luz artificial, día y noche, fatiga la vista. Pero unos disfruta de otras ventajas: que haga frío o calor, se usa siempre la misma ropa. Así se ahorra. Además, los sobres que me hacen llegar los hombres de los portafolios son más abultados que antes. Un ordenanza me trae la comida, la misma que le traía a mi antecesor: carne, verduras y una manzana. Duermo sobre un sofá. El cuarto de baño es un poco estrecho. A veces añoro mi casa, mi familia. En ciertas oportunidades (por ejemplo en Navidad) no resulta agradable permanecer dentro del Palacio. Pero, que he de hacerle? Soy el juez. Ayer, mi secretario (un joven muy meritorio) me hizo firmar una sentencia (las sentencias las redacta él) donde condeno a un testigo renitente. La condena, in absentia, incluye una multa e inhabilitación para servir de testigo de cargo o de descargo. El nombre me parece vagamente conocido. No será el mío? Pero ahora yo soy el juez y firmo las sentencias.


K.

Fuente: DENEVI, MARCO, Falsificaciones, Buenos Aires, Eudeba, 1966 (págs. 13-15)

17 de octubre de 2013

El espejismo



 El espejismo


El extenuado y sediento viajero vio que le hermosa mujer del oasis avanzaba hacia él cargando un ánfora en la que el agua danzaba al ritmo de las caderas.


¡Por Alá —gritó—, dime que esto no es un espejismo!

No —respondió la mujer, sonriendo—. El espejismo eres tú.

Y en un parpadeo de la mujer, el hombre desapareció.

12 de octubre de 2013

Thomas Mann / Octubre

Paisaje con casa y hombre arando.
Vincent Van Gogh, Octubre 1889, Museo Hermitage, San Petersburgo.


"Octubre comenzó como acostumbran a comenzar todos los meses. Comienzos en sí mismos completamente discretos y silenciosos. Sin signos ni marcas de fuego, se insinúan en cierto modo de una manera que escaparía a la atención si la atención no vigilase rigurosamente el orden. El tiempo, en realidad, no tiene cortes, no hay ni trueno, ni tempestad, ni sonidos de trompetas al principio de un nuevo mes o de un nuevo año e incluso en el alma de un nuevo siglo; únicamente los hombres disparan cañonazos y echan al vuelo las campanas".

  Thomas Mann, La montaña mágica. (Cap. 4, "Caprichos del mercurio") 

 El tiempo como concepto y como sensación es uno de los puntos claves en La Montaña Mágica y creo que estas líneas recogen a la perfección la esencia de lo que Mann pretende mostrar.

7 de octubre de 2013

A LOS MUEBLES DE MI CUARTO

A LOS MUEBLES DE MI CUARTO

Humildes muebles míos, gastados por el uso,
que a fuerza de servirme ya conocéis mi mano;
su sello mi existencia sobre vosotros puso,
y acaso de dejaros el día está cercano.

Sois toscos como ruda ha sido mi pobreza;
a nadie serviréis como me habéis servido,
y al veros casi inútiles aumenta mi tristeza
pensar en que os aguarda el polvo y el olvido.

Saldréis, cuando yo muera, del sitio en que estáis puestos
y quedará en silencio nuestra estancia vacía;
allí donde os coloquen habréis de ser molestos:
tal vez más que la muerte la indiferencia es fría.

En tiempos ya lejanos, que pesan en mis hombros,
cuando el hogar paterno se convirtió en escombros,
con mi trabajo os fui comprando año tras año
como pastor que forma paciente su rebaño.

Y al cabo del camino de mi existencia triste
sois todo lo que tengo, humildes cosas viejas;
y tú, pobre sillón, que el más costoso fuiste,
pareces el mastín que guarda las ovejas.

Cuando a buscarme llegue, con paso recatado,
la muerte como un lobo dispersará el ganado.
¿Qué haréis, pobres ovejas, sin el viejo pastor?
Donde la suerte os lleve, os faltará mi amor.

Y tú, viejo sillón, de mi tristeza amigo,
que crujes al sentarme, quejándote conmigo,
si a mí gruñirme sueles sabiendo que te quiero,
¿qué harás cuando al fin dejes de ser mi compañero?

Desvencijado y solo, acabará tu historia
en un lugar sombrío de la que fue mi casa.
Quizá porque no muera del todo mi memoria
un clavo tuyo tire del traje del que pasa.
Domingo Rivero

6 de octubre de 2013

Viviendo

 

 

VIVIENDO

 Mi oficina da al mar. Desde la silla
 donde hace treinta años que trabajo,
 las olas siento en la cercana orilla
 de las ventanas resonar debajo.

 Y mientras se deshacen en espuma,
 en la playa al batir, constantemente, 
yo en mi triste labor muevo la pluma
 y crecen las arrugas en mi frente.

 A veces sobre el mar pasa una nave 
que se pierde a lo lejos como un ave 
que empuja el viento del destino esquivo… 

Son emigrantes. ¿Volverán? ¡Quién sabe!
 Cuando su lucha por la vida acabe,
yo trabajando seguiré si vivo. 

 Domingo Rivero, 1916-1924

2 de octubre de 2013

Cartas de una desconocida





Stefan Zweig  fue un  escritor austríaco de la primera mitad del siglo XX.  Fue muy popular durante las décadas de 1920 y 1930, pero tras su suicidio en 1942, su obra fue perdiendo fama progresivamente. Escribió novelas, relatos y biografías.

En esta novela, el autor pone de relieve las cualidades que le han convertido en uno de los autores más apreciados por todos los públicos: humanidad, ternura, dramatismo y apasionante interés. Cartas a una desconocida es una de sus mejores novelas.

"Sólo quiero hablar contigo, decírtelo todo por primera vez. Tendrías que conocer toda mi vida, que siempre fue la tuya aunque nunca lo supiste. Pero sólo tú conocerás mi secreto, cuando esté muerta y ya no tengas que darme una respuesta; cuando esto que ahora me sacude con escalofríos sea de verdad el final. En el caso de que siguiera viviendo, rompería esta carta y continuaría en silencio, igual que siempre. Si sostienes esta carta en tus manos, sabrás que una muerta te está explicando aquí su vida, una vida que fue siempre la tuya desde la primera hasta la última hora"


Cuando empecé a leerla, me atrapó y no pude dejar de leer sus 66 páginas de un tirón. El relato trata sobre la lectura de una carta, donde la protagonista le declara su amor tierno, incondicional, obsesivo e irracional a un hombre que ni siquiera la recuerda. Un amor que empezó cuando tan solo tenía trece años y que le ha acompañado toda su vida. El autor no pone nombre a los personajes, no te sitúa en un lugar, o en una época, ni se entretiene con descripciones, su narrativa es emoción en estado puro.  Me ha impactado.

Os la recomiendo, y si la habéis leído, me encantaría conocer vuestra opinión sobre ella.