Me ven ahora

2 de abril de 2012

Miliá Emmanouil Roídis (O por qué en muchas partes existe la costumbre de dar a cualquier analfabeto el puesto de ministro de educación.)

Miliá


Miliá

Emmanouil Roídis, 1ª publicación en “Acrópolis Navideña”, 1895


En un pueblo de la Magna Grecia vivía una niña de corazón tan bueno y agraciado que todo el mundo quería. Aunque no era rica, encontraba la manera de ayudar siempre a los pobres, pues cualquier cosa que le daban, la compartía con ellos, y cuando sus manos estaban vacías, su corazón y su boca estaban llenos siempre de buenos sentimientos y buenas palabras para consolarlos. No solamente los hombres y los animales de casa, sino también las aves del bosque la querían. Cuando la veían pasar, bajaban de los árboles y la seguían como perritos para que les diera la mitad de su pan.
Le decían Miliá (manzano) porque la habían encontrado, una mañana de abril, bajo un árbol de manzanas, cubierta de flores blancas que había posado sobre ella el viento en la noche.
La pareja de ancianos que la había adoptado era tan pobre que sólo les alcanzaba lo que ganaban, la anciana con la costura y el anciano cortando leña, para que no tuviera hambre. Miliá hacía también lo que podía para ayudarlos. Recogía en el bosque  frutos salvajes, violetas y otras flores que ofrecía a los transeúntes con una sonrisa tan dulce que rara vez le negaban cinco monedas quienes tenían para darle. Pero de éstos no había muchos en aquél pueblo humilde, y el pan y las castañas que comían el anciano y la anciana eran siempre menos que su hambre, y aún más pequeña la ración de Miliá, pues lo compartía con los pobres y las aves.
Miliá tenían diecisiete años, cuando, una noche, creyendo sus papás adoptivos que dormía, escuchó decir el anciano a su mujer:
“No sé qué será de nosotros, si Dios no nos hace algún milagro para ayudarnos. Los leños que puedo levantar en mi vieja espalda cada vez son menos, y tú en lugar de tres, necesitas ahora cinco horas para bordar un calcetín. Miliá come poco, pero adora compartir el pan con los pobres y las aves. Pienso en qué puede pasar si muriéramos. Si fuera uno o dos años mayor, la mandaría a la ciudad a conseguir trabajo. Madura y esforzada como es, encontraría fácil un buen puesto, y no se olvidaría de la gente pobre que la crió, cuando ya no tenga fuerza para cortar leña ni tú dedos para bordar”.
Miliá hizo como que no escuchó nada. A la mañana siguiente se levantó antes de irse. Acomodó sus pocas cosas, apretó su corazón, se enjugó los ojos, que corrían como una llave, y fue a despedirse de la anciana pareja. También lloraron ellos, después, sin embargo, pensaron que era una aparición de la voluntad divina que Miliá pensara también aquella noche lo mismo que habían pensado ellos. Dejaron que se fuera apenas le dieron muchos besos, sus buenos deseos y una pita para que comiera en el camino.
Todo el pueblo quiso acompañarla una hora en el camino hacia la Llave Fría. La siguieron hasta ahí un tullido que era jalado por su perro y dos enfermos con muletas. La acompañaron también cabras, cabritos, gallinas, gansos, patos, gallos y pájaros, porque todos los hombres y los animales la querían y a todos dolía su despedida.
Mientras más lejos se veía la despedida con el paño de los ancianos, Miliá intentaba encontrar fuerza. Cuando, sin embargo, se detuvo a ver aquello, sintió, por primera vez, que estaba sola en el mundo; la queja se apoderó de ella y comenzó de nuevo a llorar. Caminó todo el día sin descansar y sin ni siquiera haber mordido su pita. El dolor del corazón llena como pan el estómago vacío de los desdichados.
Habiendo caminado diez horas enteras, se sentó bajo un castaño para descansar. Ni siquiera se había sentado bien, cuando la asustaron dos disparos de rifle y el ladrido de un perro ronco. Se volteó para ver y vio una nube de aves que huían asustadas.
- Vengan hacia mí, gritaba, vengan rápido a esconderse entre estos arbustos. No tengan miedo, las liberaré, si no me mata a mi también el cazador y si no me come el perro.
Las aves reconocieron su voz y se reunieron a su alrededor, apresurándose a esconderse bajo las ramas bajas, juntitas la una de la otra. Miliá escuchaba el latido de los cien corazones de las aves, tic-toc, como los relojes en el taller del relojero.
En aquél momento, surgió el cazador con su perro, animal formidable de pelaje amarillo, dientes afilados y ojos rojos que ardían como el carbón.
- Nena, preguntó, ¿no viste pasar por aquí a unas aves o a algún otro animal de caza? Desde la mañana estoy corriendo tras algo y no he matado nada. Te voy a dar estas dos monedas de plata si me enseñas el camino correcto.
Mientras el cazador hablaba, el perro seguía ladrando y el corazón de las aves, latiendo más fuerte. El atardecer del sol hacía que las monedas de plata brillaran como si fueran de oro.
- Hiciste muy bien en preguntarme, respondió Miliá. Antes de que vinieras, vi una bandada de perdices que volaban hacia el norte, dos liebres que corrían por aquí derecho, un ciervo que huía hacia el oriente y una pareja de faisanes, hacia el occidente. Tienes que escoger entonces, pues no tienes mucho tiempo que perder, si quieres alcanzarlos.
El cazador le dio las monedas y se fue hacia el oriente; el perro, sin embargo, no quería irse, insistía en oler las ramas, en ladrar y en enseñar sus terribles dientes. Miliá pensó entonces en darle su pita para que se calmara; su dueño le dio una patada y sólo entonces decidió el animal malo seguirlo, no muy contento, continuando su ladrido como si dijera al cazador que es una pena que las niñas se burlen de tal manera de un hombre tonto.
Cuando el cazador se perdió lejos en el bosque y se dejó de escuchar la voz del perro, salieron de su escondite las aves sin saber qué hacer para agradecer a Miliá. Estaban sentadas sobre su hombro, cantaban en su oído “gracias”, aleteaban para refrescarla y le hacían cosquillas en las manos, en los labios, en las mejillas y en su cuello. Los pinzones y los petirrojos se alejaron y regresaron para traerle cerezas, flores de loto, zarzamoras y uvas salvajes para que cenara, mientras los pajaritos y los halcones peregrinos le preparaban una cama suave de hojas de castaño, menta y lavanda para que durmiera. Habiendo rezado, se acostó en aquella olorosa cama, la taparon con helecho para que no tuviera frío y se posaron sobre los árboles de alrededor para cuidarla.
A la mañana siguiente, la despertó el canto matutino de la cagujada y vinieron a darle los buenos días también las otras aves. Habiendo terminado el canto de las aves, tomó la palabra el dulce orador, el ruiseñor, y le dijo lo siguiente en la lengua de las aves, la cual entendía bien y hablaba más o menos Miliá:
- Nos dijiste ayer que vas a la capital a conseguir suerte y hoy en la mañana supimos por un gayo que se presenta una oportunidad única que tienes que aprovechar. El rey, que enviudó el año antepasado, se cansó de sus grandezas, sus glorias, sus riquezas y de cuanto más envidia el mundo. Tanta es su pena y su melancolía que se atrevió a prometer la mitad de su reino a aquél que consiga hacerlo pasar una sola hora sin bostezos ni suspiros. Muchos llegaron de todas partes a probar. Esta noche es la prueba y a la capital son solamente cinco horas de camino. Levántate, Miliá, y arréglate para ir al palacio a que ganes el premio. Te acompañaré yo con otras aves y te diré al oído qué debes hacer.
- Queridas aves, respondió Miliá, tienen un buen corazón, pero no muy buen conocimiento. Me ordenan que vaya sin pensar que sólo a ustedes Dios cuidó de dotarlas de plumas. Yo no tengo nada que ponerme más que esta falda vieja que visto. ¿Con esto quieren que vaya a que me reciba el rey y su séquito?
- Las aves no son tan tontas como lo cree la gente, respondió el ruiseñor. No te diría que te arreglaras si no hubiéramos preparado tu vestido. Somos amigos de unos gusanos de seda y los pusimos a trabajar para que te hiciera este vestido que no tiene par en todo el reino.
Trajeron entonces un vestido de satín blanco de una sola pieza que tenía encima tejidos la primavera con todas sus flores y el cielo con todas sus estrellas.
- Yo, dijo el abejaruco, corrí toda la noche para encontrar esta flor blanca para que te la pongas en tus cabellos.
- Yo, dijo el petirrojo, junté gotitas de rocío y te hice un collar que brilla más que los diamantes.
- Yo, dijo el torcecuello, te traigo este abanico, hecho con una pluma de cada ave.
Habiéndose puesto el vestido y sus adornos, Miliá pareció tan bella que comenzaron a entonar un canto esplendoroso todas las aves juntas. Sólo Miliá permanecía pensativa y sin decir palabra.
- ¿Qué va a pasar cuando me hable el rey y sepa desde que hable que soy una aldeana de la montaña que no sabe nada del mundo? Dijo.
- Eso no importa, respondió el ruiseñor. Esta amiga mía, la corneja gris, que ves a mi lado, anida desde hace veinte años en el techo del palacio y conoce todos sus secretos. La traje a propósito para que te los enseñe. En una hora te enseñará cuantas cosas alcancen para que conozcas los puntos débiles del rey.
Con las monedas que le dio el cazador, Miliá rentó una elegante carroza y exactamente a las nueve de la noche se presentó en el gran salón del palacio. La sensación que provocaron la belleza de su cara y el brillo de su vestido fue tamaña que todas las mujeres despintadas se pusieron amarillas de envidia, y desde aquella noche quedó claro quiénes se arreglan y quiénes no.
El rey bajó de su trono y vino a presentarse, cosa que no había hecho en otra ocasión, más que cuando vino de visita la emperatriz de Levante. Sin cuidar de la costumbre, la tomó de la mano y la sentó a su lado, preguntándole de qué reino venía o si había bajado del cielo, porque no creía cómo la tierra podía haber dado a luz a una mujer tan bella.
Miliá se sonrojó y le respondió con mucha humildad y gracia que era una aldeana humilde y que había venido a competir con los otros por el premio.
- Debes saber, le dijo el rey, que tanto me ha satisfecho y hecho reír toda diversión y espectáculo, que ya nada disfruto. Tengo años enteros que no río. Todo me parece insípido, aburrido y cocido en agua. Pero esa belleza tuya cegó mis ojos sin curar el hastío y la pena de mi alma. Deseo que tu arte me divierta y tu belleza sea grande.
Y habiendo dicho esto, ordenó que comenzara la competencia.
Sus palabras asustaron a Miliá, tanto que no sabía cómo conseguiría hacer reír a aquél rey que no había reído en años. Habría perdido su ánimo, si no hubiera venido en aquél momento el ruiseñor a cantarle en el oído: “No te preocupes, las aves prepararon todo”.
El primer competidor se presentó. Era un famoso ciudadano de aquella parte que podía hacer aparecer cosas, tan capaz que todos lo consideraban mago y fue obligado a huir de aquella ciudad, donde acostumbraban entonces quemar magos. Éste adivinó la carta, as de espadas, que había pensado el rey; frió huevos en el sombrero del jefe del séquito real y mandó la peluca rubia de la Gran Señora a cubrir la calvicie del caballerizo. Después logró sacar de la nariz del ministro de justicia una cuerda de lazo y del bolsillo del general del ejército, una liebre salvaje. Todo iba bien, sólo que el rey no se había reído hasta ahora. Con la esperanza de lograr también eso, se concentró en hacer aparecer la corona real en la cabeza de un cerdo salvaje, la cual estaba puesta en la mesa de la cena. El rey, sin embargo, parecía que no estaba dispuesto a ello, y en lugar de reír, encontró sin chiste el acto y mandó a que lo sacaran con un vergazo en la zona baja que está abajo de la espalda.
El segundo competidor era un filósofo serio de barba blanca de la zona de Holanda. Éste había traído consigo un aparato extraño con una especie de recipiente de vidrio encima. Lo abrió y echó adentro carbón ahumado, una cucharada de mercurio, una pizca de piedra de caballo, una rama de romero y una buena ración de mercurio verde. Lo mezcló todo con una cuchara de oro e inmediatamente se calentó, se prendió, se inflamó, después se enfrió, se cristalizó y el recipiente quedó repleto de diamantes, grandes como huevos de paloma. Todo el séquito se quedó extasiado y todas las damas extendían su mano para agarrar uno de los diamantes que comenzó el filósofo a repartir. Pero el rey se enojó de nuevo, ordenó que las damas entregaran todo de regreso y dijo con enojo al químico: “¿No pensaste, estúpido, que si los diamantes los llegaran a tener todos como piedras de río, toda mi riqueza perdería su valor, la cual es de las primeras en el mundo y que si necesito dinero, puedo vender cuanto quiera? Lárgate de aquí, y si haces de nuevo diamantes, te quebraré la cabeza con tu propia máquina”.
El tercero era el primer científico de un nuevo mundo, que había descubierto otro Colón, más allá de la masa de agua a la que llaman Atlántico. Este neo-mundista había logrado, después de muchos estudios y pruebas, atrapar los rayos solares en unas botellitas que parecían pequeñas peras, antes de que llegaran a enterrarse en sus cuevas. Después de haber mareado a la gente con su discurso, el científico comenzó a explicar que estas peras de rayos solares eran un nuevo sistema de iluminación y que con la mitad de dinero darían luz diez veces más que el aceite, cuyo precio se multiplicaría diez veces, ya que no servía más que para freír y hacer ensalada.
- ¡No sabes, imbécil – lo interrumpió el rey, amarillo del coraje-, que las propiedades de mi reino, las mías y las del pueblo, son todas campos de olivo, y vienes aquí a elevarnos el precio del aceite! Desaparece de mi vista, y si mañana te encuentro todavía por la región, te cubriré de aceite y te quemaré vivo.
Era turno entonces de Miliá, temblaba toda, viendo cuán malvado había sido el rey. Pero otra vez el ruiseñor le cantó al oído y le dio ánimos. Los ojos de todos estaban clavados en ella y el silencio, tan perfecto, que alguien podía escuchar a una hormiga volando o a una hierba creciendo.
Miliá ordenó entonces que las veinte ventanas del salón se abrieran. Inmediatamente volaron, dentro de la sala, pequeñas aves de todo tipo y de toda especie: abejarucos amarillos, petirrojos, aves de pesca plateadas, mirlos negros, tordos emplumados, cardenales amarillos, pinzones, frentones, colibrís, aves de río, castañuelas, malatritas, cornejas grises, collalbas rubias, pájaros carpinteros y alcaudones. Después de que aletearon por uno o dos minutos, aquí y allá, alrededor de las lámparas y las lámparas de aceite, como las aves locas que eran, hicieron después un gran círculo. El ruiseñor se colocó en el centro dirigiendo como director de orquesta, con sus alas, el ritmo, escuchándose entonces una sinfonía tan dulce que dirías que la habría compuesto la música del paraíso, Santa Cecilia. De todos los fragmentos gustó mucho más un cuarteto de pinzones que hizo llorar a todos, y la cómica canción del gayo, tan juguetona y vivazmente entonada, que todo el séquito comenzó a dejarse llevar y a mover los pies como si los calcetines se les hubieran llenado de hormigas.
- Bailen ahora, aves mías, ordenó Miliá.
Veinte parejas de canarios comenzaron entonces a bailar un vals juguetón y original. Con un ala eran sostenidos dos pájaros abrazados y volaban hacia la otra. Las parejas recorrían la sala como el viento y daban diez veces la vuelta a la sala. Después bailaba en el piso una cuadrillada deliciosa de abubillas, pero aún más éxito alcanzó el cotellón con todas sus piruetas. En esto, las gracias de un inaceptable jilguero hizo que el corazón de todos se saliera, pues lo presentaron diez series de bailarines y a nadie le gustó que mirara con altanería, diciendo no con la cabeza. La onceava vez, sin embargo, le gustó al jilguero, pues para que lo aceptara se le tuvo que dar una hormiga que había atrapado. Abrazó a su bailarina y comenzaron a dar vueltas por la sala con gracia y una técnica única.
No terminaría nunca si quisiera contarte todo. El espectáculo cerró con una lluvia de flores raras que habían traído las gaviotas del extranjero. Lo más raro de todo fue una flor de loto azul traída del Nilo que ofreció Miliá al rey.
El rey estaba tan feliz y contento. La sangre se le subió a la palidez de su cara pintándolo y sus ojos echaban chispas. No tenía cabeza para pensar en la grandeza ni en sus antepasados ni en nada que dijeran los príncipes, los duques, los soldados, los ministros, los mandatarios. Se agachó y besó a Miliá en la frente, en las dos mejillas y cerca de la oreja. Aquél beso cruzado, como le decían, equivalía entonces en la Magna Grecia a una señal de matrimonio. No puedo decir si a todo el séquito le gustó aquél matrimonio. Todos, sin embargo, fueron obligados, queriéndolo o no, a gritar: ¡Viva nuestra reina! Lo mismo gritaron en su lengua también las aves, y viendo que Miliá lloraba, mientras se despedían de ella, le prometieron visitarla seguido.
Los matrimonios se realizaron una semana después con mucha solemnidad y lujo. Fueron invitados los padres adoptivos de Miliá, el anciano y la anciana, cuya alegría los hacía parecer diez años más jóvenes.
El rey, para tenerlos cerca de su esposa, pidió que se les encontrara algún puesto público en la capital. Viendo cómo la anciana era cuidadosa, buena ama de casa, que no comía mucho y que en todo era ordenada, la hizo ministra de economía. El anciano era ya algo irremediable. No sabía el hombre ni escribir ni leer. El rey se rompía la cabeza pensando cómo era posible emplearlo, cuando pasó que murió el ministro de educación pública. No encontrando otra solución, dio al anciano el puesto del finado, y desde entonces nació y continúa hasta el día de hoy, en muchas partes, la costumbre de dar a cualquier analfabeto el puesto de ministro de educación.

27 de marzo de 2012

Giannis Ritsos


Giannis Ritsos


Octubre 1940

Abren las ventanas
quienes saludan a aquellos que se van
y viceversa.
Las calles se llenaron de tambores y banderas.
Alzado el amanecer abandera nuestros sueños
y Grecia brilla entre las luces de nuestros sueños.
El sol lavado
con su cara limpia y mirando al hombre,
saluda las calles que van a la lucha.
Automóviles pasan llenos de gente.
Se despiden en las puertas y ríen,
después se escuchan las botas militares en el asfalto,
la gran canción de los pasos valerosos
que se alarga y se apaga en el fondo de la calle
como la estación nocturna con las luces apagadas.
Ahí esperan los trenes,
silban por un tiempo fuera de la ciudad,
se escuchan los disparos de despedida
y enseguida todo calla y espera.
Leemos los últimos encabezados:
Vencimos. Vencimos
¡Siempre gana la razón!
Un día vencerá el hombre.
Un día la libertad vencerá la guerra.
Un día venceremos para siempre.
Atenas, Noviembre de 1940, Giannis Ritsos.
Traducción: Alejandro Aguilar

La figura de la ausencia



Lo que se fue, aquí echa raíz, en la misma posición, triste, mudo

como un gran florero de casa que fue vendido alguna vez

en momentos difíciles,

y en la esquina de la recámara, ahí donde se sostenía el florero,

queda el vacío denso en la misma figura del florero, inmovible,

reluciendo claro en el rayo solar, cuando abren a veces

las ventanas,

y dentro del mismo florero, que ha cambiado su esencia

con la misma equivalente esencia del cristal del vacío,

queda de nuevo aquél mismo espacio, un poco más dolorosamente sonante

tan sólo.

Detrás del florero se distingue el color de la pared

más oscuro, más profundo, más onírico,

como si quedara la sombra del florero dibujada en un sarcófago.

Y, alguna vez, en la noche, en un momento silencioso,

o también en el día, entre las conversaciones,

escuchas en el fondo de ti algún sonido agudo, amargo y ondulante

como un dedo invisible que traspasara

aquél ausente, sensible, cristalino recipiente

Traducción: Alejandro Aguilar.


Mira, hermano mío

Mira hermano mío, cómo hemos aprendido a conversar
de forma muy tranquila y sencilla.
Nos entendemos ahora, no se necesita más.

Y mañana propongo volvernos aún más sencillos.
Encontraremos esas palabras que pesan lo mismo
en todos los corazones, en todos los labios.
Así, llamando al pan, pan y al vino, vino.[*]

Y de tal forma que sonrían los demás y digan
“Poemas así te hago cien cada hora”.
Eso queremos nosotros también.

Porque nosotros no cantamos para distinguirnos, hermano mío,
de la gente.
Nosotros cantamos para juntar a la gente.

Traducción de BEATRIZ CÁRCAMO
[NOTA:
* La expresión en traducción literal es “llamar a los higos, higos y a la artesa, artesa”]

26 de marzo de 2012

Poetas griegos surrealistas ( Giorgos Sarantaris)-(Estambul 1908 – Atenas 1941)


Giorgos Sarantaris (Constantinopla, 1908-1941), fue hijo de un comerciante que se mudó a Bolonia, donde el poeta pudo conocer la vida literaria de la villa, donde estudió leyes, pudiendo comparar esta vida y esas literaturas con las decadentes de la Atenas de entonces. Desde su juventud mostró un talento excepcional para la poesía y un notable conocimiento de los asuntos estéticos de los años de entreguerras. Regresó a Atenas en 1931, dando a la poesía griega nuevos aires y bríos. Al estallar la Segunda Guerra Mundial se alistó en las fuerzas armadas y marchó al frente de Albania, donde enfermó y murió. Entre sus mas celebrados libros de poemas figuran Los amores del tiempo (1933), Estrellas (1933), El cielo (1934), Carta para una dama (1936) y A los amigos de la otra alegría (1940). Escribió también crítica literaria y textos filosóficos.


He visto el cielo…

He visto el cielo con mis ojos,
con mis ojos abrí sus ojos,
con mi lengua habló.
Nos hicimos hermanos y platicamos.
Pusimos la mesa y cenamos
como si todo el tiempo estuviera frente a nosotros.

Recuerdo que el sol reía.

Que reía y lloraba, lo recuerdo.

En otro tiempo el mar…

En otro tiempo el mar nos había levantado en sus alas,
junto con él bajábamos al sueño,
junto con él pescábamos los pájaros en el aire.
En aquellos días nadábamos entre las voces y los colores.
En las tardes nos acostábamos bajo los árboles y las nubes.
En las noches despertábamos para cantar.
Era entonces el tiempo tempestad, catástrofe del mundo.
Y sólo después, silencio,
pero nosotros íbamos sin que nadie nos impidiera
esparcirnos y alegrarnos.
De los montes a las montañas nos conducía la Galaxia
y cuando faltaba el mar, estaba cerca Dios.

Sueño.

Como nube blanca
tu sombra cubre el sueño
en el paraíso difícil de encontrar donde duermo.
Escucho cómo cantas bajo el sol,
pero entre tu voz me mareo
y no veo el cielo.

La poesía.
(Prólogo)

No puedo encontrar ya, qué quiere decir poesía. Se me va la idea.
Lo sabía, pero ahora se me va. Si alguien me preguntara
en este momento, me avergonzaría. Porque estando
en el fondo seguro que la poesía es una esencia,
inmutable como la vida. Y escondo, me escondo, algo
escondo, de alguien me escondo. Cuando comienzo a volverme
loco, y me apeno.

¿Pero la poesía? Alguien será capaz de decir
a los otros, no a mí. ¡Aunque sé qué es poesía huyo!

Alma.

Conciencia, manifestación de conmoción,
te burlas de la existencia.

Los amores del tiempo
frecuentan tus paisajes,
tiemblas en las hojas del ser,
llenas el universo,
no conoces la salida,
anhelas viajes.

En tus espaldas aletea el mundo,
te baña de luz el sol.

El sueño entre los ojos.

El sueño entre los ojos canta
como si fuera el agua de la fuente,
como si fuera el pastor del cuento
que tenía barba blanca
y recogía niños para mandarlos al cielo.
Allá están ellos, antes de que él muera.

Hablo…

Hablo porque existe un cielo que me escucha.
Hablo porque hablan tus ojos
y no existe mar ni existe ahora
donde tus ojos no hablan.

Tus ojos hablan, yo bailo.
Un poco de rocío hablan y yo bailo.
Un poco de hierba pisan mis pies.
El viento, que nos escucha, sopla.

Existencia.

Existencia,
regalo en nuestra cándida esencia,
risa que graba
la noche que nos abarca.
Sobre los álamos
dejó su corona.

Trae al bosque dormido
el susurro del sueño
que a nosotros los silenciosos
despertó.

El viento y la primavera.

El viento corre entre nuestros corazones
como cielo que perdió su camino.
Árboles intentan atarle las manos,
pero en vano se esfuerzan.

El viento respira entre nuestros corazones
como ejército que se lanza a la lucha.
Le da la bienvenida la primavera en el valle,
lo saludan los aromas de la tierra.

La primavera es un virgen que conocimos
y que a todos nos besó con ánimo antes de que se lo pidiéramos.
Ahora abraza al aire y enloquece
y nos obliga a amarlo.

El poco tiempo de los pájaros.

Entre el cielo inmenso,
el poco tiempo de los pájaros.
¿Es tristeza?
¿Es dicha?
La luz viene,
elige a los pájaros.
La luz destruye.
Entre nosotros siempre uno,
aquél que conoce la juventud del cielo
y que vuela con los pájaros
entre el éter.

(24.5.1936)

Nuestro corazón.

Nuestro corazón es una ola que no rompe
en la costa. ¿Quién adivina el mar
de donde sale nuestro corazón? Pero es
nuestro corazón una ola secreta, sin espuma.
Sin hablar toca tierra. Y sin ruido sube
por el relieve de un anhelo, que no conoce

Hablo
Hablo porque existe un cielo
que me escucha
porque me hablan tus ojos
y no hay mar ni país
donde los ojos no hablen
Hablan tus ojos y bailo
hablan del rocío y yo bailo
mis pies van sobre la hierba
y el viento, que nos oye, sopla.
El mar de aquellos tiempos
El mar, en aquellos tiempos,
nos había levantado en sus alas,
y bajábamos al sueño
y pescábamos en el aire los pájaros
En el día nadábamos en las voces y colores
y en las noches nos tirábamos bajo los árboles y las nubes
Despertábamos para cantar
Fueron tiempos tempestuosos
y sólo cuando regresaba la tranquilidad
nos íbamos sin que nada molestara la alegría
Desde las rocas hasta las montañas nos guiaba la Galaxia
y cuando nos faltaba la mar estaba Dios.
Te escribo versos
Te escribo versos
y no sé
qué es lo que no me deja besarte.
No es el mar,
no es el cielo,
nada me lo impide
- no te beso y no sé si te amo.
Vientos
Los pájaros que escuchábamos
dejaron de ser pájaros;
de repente se hicieron vientos
que nos enloquecen.
De la belleza
La más dulce virgen
adorna un cuarto
y hace feliz el pensamiento.
Diremos que somos felices
y que es nuestro turno
de ser inmortales.
Besar la belleza
en la boca
y en su fino vestido.


Traducción: Alejandro Aguilar

25 de marzo de 2012

Kostas Karyotakis-Domingo

 

Domingo


El sol a lo más alto ascenderá

hoy que es domingo.

Sopla el aire y mueve

un almiar en aquella colina.



Pondrán lo de las fiestas, y todos

tendrán un corazón ligero:

mira a los niños en la calle,

fíjate en las flores en el huerto.



Ahora campanas que tocan,

son Dios en verdad.

Más allá, las nubes se desvanecen

y crece el cielo.



Deja al mundo en su dicha

y ven, mi alma, para que te cante,

como una cancioncita alegre,

una canción de la muerte.


De Poemas y Narraciones, Hermes, 1972.

Traducción: Alejandro Aguilar.

24 de marzo de 2012

El valioso y amado árbol de los griegos.




"Olivo" en escritura lineal A

Desde hace miles de años, el árbol por excelencia del mediterráneo, el olivo, coexiste con sus pueblos, se ha conectado con su cotidianidad y sus hábitos y, habiendo superado los límites del paisaje, ha dejado sus huellas en todas las culturas que se desarrollaron a su alrededor.

Olivo, un regalo de la naturaleza, una palabra-clave para la comprensión de la evolución de muchas regiones, pero también un motivo para que viajes siguiendo sus caminos y su rica historia alrededor del Mediterráneo, el Mediterráneo del Olivo.

La idiosincrasia de los pueblos y de las sociedades se forma, además de otras cosas, también a través de su diálogo con la naturaleza que los rodea.

Para los griegos y los otros pueblos mediterráneos, si debiéramos nombrar una característica de su naturaleza familiar, un árbol frutal que influyó no solamente en la realidad social y económica, sino también en el campo de su práctica de alabanza, de las glorificaciones y de las costumbres, el primer lugar lo tendría, sin lugar a dudas, el olivo.

Olivo
"Árbol lleno de cuentos patrogénicos,
lo siente cada uno
como bendición y como resguardo"
(I.M. Panagiotopoulos)

El olivo como árbol salvaje apareció por primera vez en el Mediterráneo oriental, ahí donde se desarrollaron algunas de las más antiguas civilizaciones.

Recientes investigaciones arqueológicas en las Cicladas, el corazón del Egeo, han dado a la luz fósiles de hojas de olivo, los cuales, de acuerdo con métodos de medición cronológica, parecen tener una edad de 50 – 60 mil años.

Con pocas gotas de aceite del candil de San Nicolás, los navegantes apaciguaban el mar…

Fuente insuperable de vida, el olivo está presente en los textos de los escritores y poetas griegos antiguos y contemporáneos.

Encantados por su luz y las sensacionales historias de sus antepasados que sólo él sabe narrar tan bellamente, le componían himnos como a pocos árboles porque lo amaban mucho.

Sin el olivo, el paisaje griego sería tan pobre y los artistas y poetas griegos habrían perdido una única fuente de inspiración.

Alrededor de un mediodía de julio…
si no hubieran habido oliveros…
los habría creado.
(Odysseas Elytis)

A quien come aceite, pan y pita con aceite,
no lo tocan las flechas de la muerte.
(Mantinada cretense)

El uso del árbol de la oliva y de sus productos en las ceremonias antiguas determinó desde muy temprano su simbolismo como árbol del bien, dándole una posición de distinción.

Valioso y amado árbol de los griegos y de los otros pueblos mediterráneos, relacionado con el renacimiento y la luz, sigue siendo considerado hasta hoy un regalo divino, símbolo de paz, cuidado y fertilidad.

El aceite de oliva, como el trigo y el vino, constituye en la alabanza moderna un bien religioso y se utiliza en muchas ceremonias de la religión cristiana ortodoxa.

El olivo fructifica casi exclusivamente en la región cercana al Mediterráneo y su modo de cultivo constituye un factor básico de conservación del ecosistema.

Vive y ofrece frutos por siglos, se cultiva en todo suelo, ama el clima mediterráneo, pide cuidados mínimos y se obtiene su valor completamente como fruto, follaje y madera.

El olivo contribuye a la disuasión de la erosión del suelo en regiones con el fenómeno agudizado de la desertificación y constituye un factor primario de desarrollo de regiones con problemas serios de ocupación y cohesión.

Olivo, símbolo de sosiego, fertilidad, paz. Sus ramas se transformaron en coronas para coronar a los vencedores de los juegos olímpicos y el valioso jugo de sus frutos, el aceite de oliva, era el premio para los vencedores de los famosos Juegos Panateneos que se realizaban en honor de la diosa Atenea.

Hoy existen en Grecia alrededor de 150.000.000 árboles de olivo, funcionan 2.800 molinos de oliva y 500.000 familias viven del cultivo del olivo, ya que en bastantes – principalmente infértiles – regiones, el aceite de oliva constituye el ingreso exclusivo de los habitantes.

La presencia del olivo, por milenios, en tierra griega y en regiones del mediterráneo, además de la vida cotidiana y los hábitos de alabanza, influyó en las costumbres de los pueblos que vivieron y viven bajo su sombra, creando con el paso de los años una cultura completamente especial, la Cultura del Olivo.

Dice el olivo a su amo:
"Cuídame para alimentarte.
Riégame para enriquecerte."
(Dicho del Mediterráneo)

22 de marzo de 2012

Odiseas Elitis




Pseudónimo de Odiseas Alepudeli de Panayioti, Premio Nacional Griego de Poesía en 1960 y Premio Nobel de Literatura en 1979, es considerado como uno de los principales representantes de la poesía griega contemporánea, junto con Solomós, Palamás, Cavafis y Seferis. Su obra más conocida es el extenso poema Axion esti, conocido en español como Dignum est (1959).



De Odiseas Elitis: ADAGIO de su libro "Orientaciones"
Ven a que disputemos juntos desde el sueño la indolente almohada que navega en la vecina luna. Cabezas sin tempestades y las dos juntas balanceantes deslizándose para llenar la playa con algas y estrellas. Porque mucho habremos vivido entre lágrimas el centelleo y amaremos la justa calma.
¡Ángeles si no son los ángeles con depravados violines para orear los espacios de una noche con eólicas luces y almas campanas! Que flautas paseen en el aire livianos deseos, levemente inclinados. Besos atormentados o besos perlas en remos acuáticos. Y más profundamente en las encendidas grosellas, poco a poco los pianos de la rubia voz, las medusas que nos mantendrán el viaje convenientemente lento. Tierras firmes con pocos, con pensados árboles.
¡Oh! ven a que juntos fundemos los sueños, ven a que juntos demos la calma. No estará ya en el solitario cielo salvo el corazón que se empapa de amargura salvo el corazón que se empapa de hechizo, no estará salvo el corazón que pertenece a nuestro propio cielo solitario.
Ven a mi hombro a soñar porque eres una mujer bella. Oh eres una mujer bella. Oh eres bella. Bella.

 EL MONOGRAMA

Es temprano todavía en este mundo, me oyes
No han sido domesticado los monstruos, me oyes
Mi sangre perdida y el aguzado, me oyes
Puñal
Que corre como carnero por los cielos
Y quiebra las ramas de las estrellas, me oyes
Soy yo, me oyes
Te amo, me oyes
Te tengo y te llevo y te visto
Con el blanco traje nupcial de Ofelia, me oyes
Dónde me dejas, adónde vas y quién, me oyes
Te toma de la mano por encima de los diluvios
Enormes lianas y lava de volcanes
Llegará el día, me oyes
En que nos entierren y miles de años después, me
oyes
Nos convertirán en rocas brillantes, me oyes
Para que sobre ellas luzca la crueldad, me oyes
Humana
Y en cinco mil añicos nos arrojará, me oyes
A las aguas uno-a-uno, me oyes
Mis amargos guijarros cuento, me oyes
Y es el tiempo una gran iglesia, me oyes
Donde a veces en las imágenes, me oyes
De los santos
Surgen lágrimas verdaderas, me oyes
Y las campanas abren en lo alto, me oyes
Un hondo pasaje que permita mi paso
Aguardan los ángeles con cirios y fúnebres salmos
No voy a ninguna parte, me oyes
O ninguno o los dos juntos, me oyes
Esta flor de la tormenta y, me oyes
Del amor
De una vez para siempre la cortamos, me oyes
Y no habrá de florecer de otra manera, me oyes
En otra tierra, en otra estrella, me oyes
No existe el suelo, no existe el mismo aire, me oyes
Que tocábamos, me oyes.
Y ningún jardinero tuvo la dicha en otros tiempos
Después de tanto invierno y tantos vientos fríos,
me oyes
Que nazca una flor, sólo nosotros, me oyes
Levantamos toda una isla, me oyes
Con grutas y cabos y acantilados florecidos
Oye, oye
Quién habla a las aguas y quién llora - ¿oyes?
Quién busca al otro, quién grita - ¿oyes?
Soy yo que grito, soy yo que lloro, me oyes
Te amo, te amo, me oyes.

 LA BELLA DE LAS BELLAS EN EL JARDÍN

Despertaste la gota del día

sobre el comienzo del canto de los árboles.
¡Oh, qué bella que estás
con tus alegres cabellos desplegados
y con la fuente donde viniste abierta
para que te oyera que vives y que avanzas!

¡Oh qué bella que estás,

corriendo con el plumón de la alondra
en torno a las fragancias que te soplan,
como sopla el suspiro la pluma
con un gran sol en los cabellos
y con una abeja en el resplandor de tu danza!

¡Oh qué bella que estás

con la nueva tierra que sufres
desde la raíz hasta la cima de las sombras,
entre las redes de los eucaliptos,
con la mitad del cielo en tus ojos
y con la otra en los ojos que amas!

¡Oh qué bella que eres

según despiertas el molino de los vientos
e inclinas tu nido a la izquierda
para que no vaya perdido tanto amor,
para que no se lamente ni una sombra
en la mariposa griega que encendiste!

¡Arriba con tu matinal delectación

colmada del césped del amanecer,
colmada de los pájaros oídos por primera vez!
¡Oh qué bella que estás,
tirando la gota del día
sobre el comienzo del canto de los árboles!

© Odiseas Elitis (1911-1996), de "Orientaciones"

Versión en castellano: © Ramón Irigoyen

21 de marzo de 2012

Jorge L. Borges, Adolfo Bioy Casares- CUENTOS BREVES Y EXTRAORDINARIOS (selección)



LA SENTENCIA
Aquella noche, en la hora de la rata, el emperador soñó que había salido de su palacio y que en la oscuridad caminaba por el jardín, bajo los árboles en flor. Algo se arrodilló a sus pies y le pidió amparo. El emperadoraccedió; el suplicante dijo que era un dragón y que los astros le habían revelado que al día siguiente, antesde la caída de la noche, Wei Cheng, ministro del emperador, le cortaría la cabeza. En el sueño, el emperador juró protegerlo.
Al despertarse, el emperador preguntó por Wei Cheng. Le dijeron que no estaba en el palacio; el emperador lo mandó buscar y lo tuvo atareado el día entero, para que no matara al dragón, y hacia el atardecer le propuso que jugaran al ajedrez. La partida era larga, el ministro estaba cansado y se quedó dormido.
Un estruendo conmovió la tierra. Poco después irrumpieron dos capitanes que traían una inmensa cabeza de dragón empapada en sangre. La arrojaron a los pies del emperador y gritaron:
-Cayó del cielo.
Wei Cheng, que había despertado, lo miró con perplejidad y observó:
-Que raro, yo soñé que mataba a un dragón así.
Wu Ch'eng-en (c. 1505-c. 1580).

DIFICIL DE CONTENTAR
Kardan cayó enfermo. Su tío le dijo:
-¿Qué deseas comer? La cabeza de dos corderos.
-No hay.
-Entonces, las dos cabezas de un cordero.
-No hay.
-Entonces no quiero nada.
Ibn Abd Rabbih, Kitabal idq el farid, tomo III.

.
LOS BRAHMANES Y EL LEÓN
En cierto pueblo había cuatro brahmanes que eran amigos. Tres habían alcanzado el confín de cuanto los hombres pueden saber, pero les faltaba cordura. El otro desdeñaba el saber; solo tenía cordura. Un día se reunieron. ¿De qué sirven las prendas, dijeron, si no viajamos, si no logramos el favor de los reyes, si no  ganamos dinero? Ante todo, viajaremos.
Pero cuando habían recorrido un trecho, dijo el mayor:
-Uno de nosotros, el cuarto, es un simple, que no tiene más que cordura. Sin el saber, con mera cordura, nadie obtiene el favor de los reyes. Por consiguiente, no compartiremos con él nuestras ganancias. Que se vuelva a su casa.
El segundo dijo:
-Esta no es manera de proceder. Desde muchachos hemos jugado juntos. Ven, mi noble amigo, tú tendrás
tu parte en nuestras ganancias.
Siguieron su camino y en un bosque hallaron los huesos de un león. Uno de ellos dijo:
-Buena ocasión para ejercitar nuestros conocimientos. Aquí hay un animal muerto; resucitémoslo.
El primero dijo:
-Sé componer el esqueleto.
El segundo dijo:
-Puedo suministrar la piel, la carne y la sangre.
El tercero dijo:
-Sé darle la vida.
El primero compuso el esqueleto, el segundo suministró la piel, la carne y la sangre. El tercero se disponía a
infundir la vida, cuando el hombre cuerdo observó:
-Es un león. Si lo resucitan, nos va a matar a todos.
-Eres muy simple -dijo el otro-. No seré yo el que frustre la labor de la sabiduría.
-En tal caso -respondió el hombre cuerdo- aguarda que me suba a este árbol.
Cuando lo hubo hecho, resucitaron al león; éste se levantó y mató a los tres. El hombre cuerdo esperó que se alejara el león, para bajar del árbol y volver a su casa.
Panchatantra, siglo II, a.c.

EUGENESIA
Una dama de calidad se enamoró con tanto frenesí de un tal señor Dodd, predicador puritano, que rogó a su marido que les permitiera usar de la cama para procrear un ángel o un santo; pero, concedida la venia, el parto fue normal.
Drummond, Ben Ionsiana (c. 1618).


LA SOMBRA DE LAS JUGADAS
En uno de los cuentos que integran la serie de los Mabinogion, dos reyes enemigos juegan al ajedrez, mientras en un valle cercano sus ejércitos luchan y se destrozan. Llegan mensajeros con noticias de labatalla; los reyes no parecen oírlos e inclinados sobre el tablero de plata, mueven las piezas de oro.
Gradualmente se aclara que las vicisitudes del combate siguen las vicisitudes del juego. Hacia el atardecer,uno de los reyes derriba el tablero, porque le han dado jaque mate y poco después un jinete ensangrentadole anuncia: -Tu ejército huye, has perdido el reino.
Edwin Morgan, The Week-End Companion to Wales and Cornwall (Chester, 1929).