Me ven ahora

Mostrando las entradas con la etiqueta cultura. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta cultura. Mostrar todas las entradas

12 de febrero de 2013

Parásitos. Cómo los oportunistas digitales están destruyendo el negocio de la cultura



Saludado por The New York Times como el libro “que debería cambiar el debate sobre el futuro de la cultura”, Parásitos, de Robert Levine -publica Ariel la semana próxima-, es un fulgurante manifiesto que alerta sobre el daño que el discurso de la cultura gratis causa a la industria. A continuación ofrecemos toda la información sobre el libro, invitamos a polemizar a Enrique Dans, Arcadi Espada, Amador Fernández-Savater y Alberto Olmos, y presentamos en exclusiva la reseña del NYT.


La utopía digital de una información y una cultura libres, gratuitas e inmediatamente accesibles para todos, sufre, tras años de reinado, los primeros cuestionamientos de rigor. Hasta ahora, los críticos de la llamada cultura libre señalaban a la piratería, a la desaparición de industrias enteras y al derecho de los creadores a vivir de su trabajo. Pero su discurso no era ni tan sistemático ni tan popular ni, por supuesto, tan militante como el de quienes defendían en las redes que las ideas no deben tener dueño y que la propiedad intelectual no merece tal nombre.

El gurú informático Jaron Lanier disparó la primera salva en Contra el rebaño digital (Debate, 2011), aplicado a la demolición del mito de la red como mente colectiva y a la denuncia de esa paradójica pendiente por la que fluyen ríos de dinero a la publicidad al tiempo que se agostan la música, el arte o el periodismo. Pero la más completa argumentación en favor de la propiedad de las ideas, investida con las belicosos ropajes del manifiesto innegociable, la ha firmado el periodista estadounidense Robert Levine. ¿Su título? Parásitos. Cómo los oportunistas digitales están destruyendo el negocio de la cultura (Ariel, 2013). El libro ha roto las costuras del debate en EE.UU. Levine no sólo practica la disección genealógica de la cultura de lo gratis que se ha enseñoreado en internet en la última década sino que desnuda los intereses de los grandes gigantes digitales, paladines nada desinteresados de la libre circulación de las ideas. Google, Apple y otros capitanes de Silicon Valley habrían ejercido todo su poder para devaluar los derechos de autor.

“¿Cómo puede una empresa competir con un rival que ofrece sus productos pero no corre con ninguno de los gastos? Parasitar se ha convertido en un camino a la riqueza”. El cuadro que dibuja Levine a partir de aquí es puntilloso, enumerativo y desacralizador. El autor advierte que no es ningún ludita y que sabe que es una tontería afirmar que prestar un DVD a un amigo sea una falta moral, pero le parece aún más ridículo “sugerir que existe un derecho inalienable a ver Iron Man 2.

Mientras las empresas tradicionales de contenidos veían desplomarse su valor, nuevos negocios florecían. La mítica NBC, famosa por series como Miami Vice, Cheers, Friends o Heroes; el grupo Emi, propietario de las grabaciones clásicas de los Beatles o Frank Sinatra; El Washington Post, referencia del periodismo norteamericano que alumbró el Watergate... Todas sufrían recortes y despidos generalizados y tentaban la quiebra. Mucho mejor les iban las cosas a The Pirate Bay, al iTunes de Apple o al Huffington Post.

Sin cambios desde Napster

El parásito infectó en primer lugar, explica Levine, a la industria musical. Cuando Napster abrió en 1999 la veda al intercambio de archivos musicales podía pensarse en la transitoriedad de una situación que, a su debido tiempo, beneficaría el contacto directo entre los músicos y unos fans encantados de pagar por su trabajo. Diez años más tarde, apenas ha cambiado nada. Star-ups, como Goveshark y Hotfile, siguen permitiendo el intercambio ilegal de contenidos y logran con ello beneficios. Y, se pregunta Levine: “quién quiere poner en marcha un negocio de música legítimo cuando es más fácil iniciar uno ilegal?”. iTunes, el único negocio que ha ganado dinero vendiendo música legal en la Red, habría propiciado a cambio, en el paso del álbum al single, una ruinosa desvalorización de la música, simple gancho de su verdadero negocio: la venta de carísimos gadgets.

Paradigma de la bondad al facilitar unas posibilidades insospechadas de aceso al conocimiento (su oficioso lema es “Don't be evil”, “No hagas el mal”), Google es para Levine uno de los grandes villanos de esta historia. No sólo es que en su YouTube corran series, filmes y otros contenidos protegidos al amparo de una ley de EE.UU. que le exime de problemas legales responsabilizando sólo a los usuarios que suben los contenidos. Es que el buscador en cuanto tal abre a sus usuarios una jugosísima oferta de contenidos de terceros. Google se erigió además en el primer mecenas de la cultura libre. Según se relata en el libro, en 2006 donó dos millones de dólares al Stanford Center for internet and Society y entre 2008 y 2009 otros dos millones a Creative Commons. Y es que “los derechos de autor pueden cruzarse en el camino de Google hacia su objetivo: ‘organizar la información mundial y hacerla universalmente acesible y útil', ya que permite a los creadores limitar el acceso a su trabajo, aunque sea por el simple hecho de cobrarlo”.

Tras arrancar con el caso paradigmático de la industria musical y orear las vergüenzas de Google, Levine dirige por orden su proclama a periódicos, series televisivas, libros y películas. Todos ellos entre la espada y la pared de una feroz disyuntiva: poner sus contenidos “disponibles online, en cualquier momento, en cualquier formato, sin coste adicional, lo que podría no ser un gran negocio”, o idear una manera de cobrarlos a su precio.


Cantos de sirena

La prensa vale como perfecto ejemplo de las indecisiones y sufrimientos que ocasionan los cantos de sirena. The Guardian, el segundo medio en inglés más leído de la red, el primero que se rindió a sus encantos y, además, uno de los que siguen resistiéndose a cobrar sus contenidos digitales, pierde 100.000 libras al día. En EE.UU., escribe Levine, los periódicos, que publican el 99% de las noticias enlazadas en blogs, nunca han sido más populares ni menos rentables. Su hiperactividad online no genera ingresos. Parásitos recuerda que los diarios no vivían tanto de vender noticias como de segmentar audiencias para sus anunciantes. La publicidad se pagaba bien en papel donde el espacio era limitado pero no en la red, donde es ilimitado. Así, “lo más estúpido que podían hacer los periódicos era convencer a sus lectores de que abandonasen la edición impresa en favor de la online”. La solución para este dramático brete pasaría por cobrar por la información en todos sus formatos. 
  La prensa peligra pero también el cine o Mad Men, dice Levine. La aclamada serie, y ya de paso, la televisión au complet, podrían reventar en cuanto las descargas y los streamings, ilegales o no, ojo, hallen un atajo del ordenador a la tele, esto es, en cuanto los televisores acaben todos por conectarse a la red. Repite Levine: “La mayoría de la publicidad online vale sólo una fracción de su equivalente offline”. Algunos pagarán por Netflix pero nunca los suficientes mientras la alternativa ilegal siga a sólo un click. Concluye Levine: “En 2010, los ejecutivos de la tecnología empezaron a decir que cualquiera que quisiera limitar la piratería estaba tratando de ‘romper internet'. Pero la verdad es que ya se está rompiendo. Ahora, y tal vez no por mucho tiempo, tenemos la oportunidad de arreglarlo”.

5 de julio de 2009

Salvarse por los pelos

Salvada por los pelos


En tiempos remotos,en los que los marineros y los piratas surcaban los mares la mayor parte de ellos no sabía nadar; más aún, había muchos hombres de mar que no podían siquiera mantenerse a flote en caso de naufragio debido a que la capacidad de nadar no era una condición "sine qua non" para ingresar como tripulante.

De ahí que, cuando un día el jefe de cierto cuerpo de la Armada, quizá guiado por razones puramente higiénicas, dio orden de rapar la cabeza de todos sus hombres, estos se alzaron en clamor de protesta y rebeldía, llegando incluso a la superioridad, alegando que la medida atentaba contra su vida, debido a que de esa manera se les privaba, en caso de naufragio, de una forma de asidero, dado que muchas veces eran salvados de una muerte segura al ser tomados de los largos pelos de su cabeza.

Una de estas quejas está recogida en una carta conservada en los archivos de la Marina, y que los artilleros de Marina Manuel Calderón y Manuel Morales dirigieron al rey José I: “Que siendo todo su estar en la mar embarcados y a cada instante vense en el eminente riesgo de poderse ahogar; y no teniendo el pelo por dónde comúnmente se favorecen asiéndose de él;… …Pues no es costumbre a los Marineros por la expuesta causa se les haya nunca cortado el pelo; y que les pueda servir de engancho o agarradero en caso de peligrar en su destino en la mar…”

Una Real Orden expedida en el mismo año derogó la medida de la obligatoriedad de cortarse el pelo.

Finalmente, podemos citar en relación con esta expresión, la existencia entre los musulmanes (o entre las capas populares en los países en que se profesa esta religión) de una curiosa creencia que está relacionada. Antes de llegar al Paraíso, los creyentes deben atravesar un puente tan fino como un hilo, bajo el cual se extiende el abismo insondable. Para evitar que caigan, un ángel los sostiene agarrándolos por el cabello. Para asegurar su supervivencia en tan delicado trance algunos fieles acostumbran a dejarse crecer un largo mechón de pelo en la frente, esperando así facilitar su tarea al ángel cuando llegue el momento decisivo.

En la actualidad, la expresión salvarse por los pelos o la variante criolla salvarse por un pelito son usadas para dar a entender que alguien logra salir de un apuro extremo, justo en el último momento.

Según la Real Academia de la lengua; Un pelo: 1. loc. adv. coloq. Muy poco. Le faltó un pelo para llegar. No acertó por un pelo

En "El péndulo de Foucault" se lee:
Pilocat basis, que es el arte de salvarse por los pelos, y no parece inútil del todo. ¿Verdad?


Salvado por un pelo