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23 de mayo de 2012

El Enfado Eugenio Barragán


El enfado

Estoy enfadado, mucho, se me ha caído mi diente de leche. Estoy enojado, demasiado, y he decapitado a mi oso de peluche. No ha sido como otras veces. Debajo de la almohada, sólo me han dejado un vale para canjearlo por la rueda de una bicicleta. Al coco oscuro lo ahuyenté con el fogonazo de mi linterna. Mis soldados de plomo se ahogan en el orinal. El ratón Pérez agoniza bajo el peso de mi cama. Sí, estoy muy disgustado. Sólo espero que amanezca para que mis padres tropiecen con la trampa que les he preparado.

El enfado
Eugenio Barragán

3 de mayo de 2012

La papelera Luis Mateo Díez

La papelera

    Por lo menos había visto a siete u ocho personas, ninguna de ellas con aspecto de mendigo, meter la mano en la papelera que estaba adosada a una farola cercana al aparcamiento donde todas las mañanas dejaba mi coche.

Era un suceso trivial que me creaba cierta animadversión, porque es difícil sustraerse a la penosa imagen de ese vicio de urracas, sobre todo si se piensa en las sucias sorpresas que la papelera podía albergar.

Que yo pudiera verme tentado de caer en esa indigna manía era algo inconcebible, pero aquella mañana, tras la tremenda discusión que por la noche había tenido con mi mujer, y que era la causa de no haber pegado ojo, aparqué como siempre el coche y al caminar hacia mi oficina la papelera me atrajo como un imán absurdo y, sin disimular apenas ante la posibilidad de algún observador inadvertido, metí en ella la mano, con la misma torpe decisión con que se lo había visto hacer a aquellos penosos rastreadores que me habían precedido.

Decir que así cambió mi vida es probablemente una exageración, porque la vida es algo más que la materia que la sostiene y que las soluciones que hemos arbitrado para sobrellevarla. La vida es, antes que nada y en mi modesta opinión, el sentimiento de lo que somos más que la evaluación de lo que tenemos.

Pero si debo confesar que muchas cosas de mi existencia tomaron otro derrotero.

Me convertí en un solvente empresario, me separé de mi mujer y contraje matrimonio con una jovencita encantadora, me compré una preciosa finca y hasta un yate, que era un capricho que siempre me había obsesionado y, sobre todo, me hice un transplante capilar en la mejor clínica suiza y eliminé de por vida mi horrible complejo de calvo, adquirido en la temprana juventud.

El billete de lotería que extraje de la papelera estaba sucio y arrugado, como si alguien hubiese vomitado sobre él, pero supe contenerme y no hacer ascos a la fortuna que me aguardaba en el inmediato sorteo navideño.

13 de mayo de 2010

GEORGE LORING FROST (Borges) Un creyente


George Loring Frost nació, supuestamente, en Brentford, Inglaterra, en 1887, y este cuento, supuestamente, pertenece a su libro Memorabilia (1923). Y fue incluido en la Antología de la literatura fantástica, de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo [Bogotá, Editorial Sudamericana, 1994].
Pero todo parece otra bella jugada borgiana: Frost no aparece en la literatura inglesa y, en cambio, tiene las mismas iniciales del nombre de Borges; los títulos que le atribuye a Frost son típicos del léxico borgiano, incluido aquel de donde dice haberlo tomado, Memorabilia. Y, finalmente, Borges no le colocó fecha de muerte a Frost, siendo tan riguroso en sus notas. Otro misterio.

Un creyente

Al caer la tarde, dos desconocidos se encuentran en los oscuros corredores de una galería de cuadros. Con un ligero escalofrío, uno de ellos dijo:
-Este lugar es siniestro. ¿Usted cree en fantasmas?
-Yo no -respondió el otro-. ¿Y usted?
-Yo sí -dijo el primero, y desapareció.