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6 de abril de 2008

La pérdida de la tristeza (reflexiones)


"Si por desgracia se abriera alguna rendija de tiempo en la sólida sustancia de sus distracciones, siempre queda el soma: medio gramo para una de asueto, un gramo para fin de semana, dos gramos para viaje al bello Oriente , tres para una oscura eternidad en la luna”

"Un mundo feliz" ("Brave New World") de Aldous Huxley

¿Qué ocurriría si se descubriera un fármaco que nos cure de la tristeza como si fuese una enfermedad?

En 1980, la Sociedad Americana de Psiquiatría elaboró la tercera versión de su célebre manual para el diagnóstico de los trastornos mentales -Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorder, habitualmente conocido como DSM-, cuya influencia es tan vasta como silenciosa. El proyecto, originado a fines de los años 60, consiste en desarrollar un lenguaje neutro teóricamente, que permita el diagnóstico de las enfermedades mentales mediante una sintomatología objetiva, cuantificable y estándar. La reunión de 1980 se calificó como una "revolución del diagnóstico", dando lugar "a una nueva era de la psiquiatría".

Una de las modificaciones más importantes introducidas allí es la supresión de la antigua distinción entre depresión exógena y endógena o, dicho en otros términos, entre una "causada" y otra "incausada". A cambio de ello, se propuso una enumeración de síntomas -bastante conocidos, porque aparecen frecuentemente en los medios de comunicación-, en torno a un mínimo de los cuales, si persisten por cierto tiempo, se configura el diagnóstico de "depresión mayor", el que autoriza y aconseja la intervención profesional y la medicamentación.

Los académicos Allan Horwitz y Jerome Wakefield acaban de publicar un libro que lleva el título de esta columna, en el que atacan los presupuestos metodológicos y culturales del DSM-III y sus sucesores y, en particular, el cambio que allí se llevó a cabo respecto de la depresión. Su tesis central es que a partir de dicha reforma no existe un criterio de fondo que permita distinguir la tristeza (aflicción) sana de la patológica, y, así, muchas de las aflicciones y penas hoy diagnosticadas como depresión -que han aumentado gigantescamente desde entonces- son falsas depresiones. Ellos denuncian como un error muy grave el abandono de la distinción (que se remonta a Hipócrates y Aristóteles) entre la pena causada y proporcional a su causa, y aquella otra "incausada".

Hay una tristeza que es una emoción normal, y, aunque nos perturbe en extremo, no constituye un desorden mental. Este debate no es privativo de la psiquiatría: tiene consecuencias en políticas de salud pública y atañe a preguntas esenciales sobre la condición humana. Muchos miembros de las sociedades contemporáneas, compelidos a vivir en una "alegría artificial", están empezando a echar de menos la tristeza perdida, y acaso les resulta hoy más plena de sentido aquella pregunta de John Keats: "¿No ves cuán necesario es el mundo del dolor y de las tribulaciones para educar una inteligencia y convertirla en un alma?

Las sociedades contemporáneas compelen a una "alegría artificial".

Pablo Neruda

Oda a la tristeza

Tristeza, escarabajo
de siete patas rotas,
huevo de telaraña,
rata descalabrada,
esqueleto de perra:
Aquí no entras.
No pasa.
Ándate.
Vuelve
al sur con tu paraguas,
vuelve
al norte con tus dientes de culebra.
Aquí vive un poeta.
La tristeza no puede
entrar por estas puertas.
Por las ventanas
entra el aire del mundo,
las rojas rosas nuevas,
las banderas bordadas
del pueblo y sus victoria.
No puedes.
Aquí no entras.
Sacude
tus alas de murciélago,
yo pisaré las plumas
que caen de tu mano,
yo barreré los trozos
de tu cadáver hacia
las cuatro puntas del viento,
yo te torceré el cuello,
te coseré los ojos,
cortaré tu mortaja
y enterraré, tristeza, tus huesos roedores
bajo la primavera de un manzano.
Cuando yo muera quiero tus manos en mis ojos:
quiero la luz y el trigo de tus manos amadas
pasar una vez más sobre mí su frescura:
sentir la suavidad que cambió mi destino.
Quiero que vivas mientras yo, dormido, te espero,
quiero que tus oídos sigan oyendo el viento,
que huelas el aroma del mar que amamos juntos
y que sigas pisando la arena que pisamos.

Quiero que lo que amo siga vivo
y a ti te amé y canté sobre todas las cosas,
por eso sigue tú floreciendo, florida,

para que alcances todo lo que mi amor te ordena,
para que se pasee mi sombra por tu pelo,
para que así conozcan la razón de mi canto.
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