Me ven ahora

20 de abril de 2012

MATAR UN ELEFANTE George Orwell


MATAR UN ELEFANTE

En Moulmein, en la Baja Birmania, fui odiado por un gran número de personas; se trató de la única vez en mi vida en que he sido lo bastante importante para que me ocurriera eso. Era subcomisario de la policía de la ciudad y allí, de un modo carente de objeto y trivial, el sentimiento antieuropeo era enconado. Nadie tenía agallas para promover una revuelta, pero si una mujer europea paseaba sola por los bazares, seguro que alguien le escupía jugo de betel al vestido. Como policía, yo era un blanco evidente y me atormentaban siempre que parecía seguro hacerlo. Si un ágil birmano me ponía la zancadilla en el campo de fútbol y el árbitro (otro birmano) hacía la vista gorda, la multitud estallaba en sardónicas risas. Eso sucedió más de una vez. Al final, los socarrones rostros amarillos de los chicos que me encontraba por todas partes, los insultos que me proferían cuando estaba a suficiente distancia, me alteraron los nervios. Los jóvenes monjes budistas eran los peores. En la ciudad los había a millares y ninguno parecía tener más ocupación que apostarse en las esquinas y mofarse de los europeos.

Todo esto era desconcertante y molesto. Por aquel entonces yo había decidido que el imperialismo era un mal y que cuanto antes me deshiciera de mi trabajo y lo dejara, mejor. En teoría — y en secreto, por supuesto — estaba totalmente a favor de los birmanos y totalmente en contra de sus opresores, los británicos. En cuanto al trabajo que desempeñaba, lo odiaba con mayor encono del que tal vez logre expresar. En una ocupación como ésa se presencia de cerca el trabajo sucio del imperio. Los desgraciados prisioneros hacinados en las jaulas malolientes de los calabozos, los rostros grises y atemorizados de los convictos con condenas más largas, las nalgas laceradas de los hombres que han sido azotados con cañas de bambú; todo eso me oprimía con un insoportable cargo de conciencia. Pero no podía ver la dimensión real de las cosas. Era joven, no tenía muchos estudios y me había visto obligado a meditar mis problemas en el absoluto silencio que le es impuesto a todo inglés en Oriente. Ni siquiera sabía que el Imperio Británico agoniza, y menos aún que es muchísimo mejor que los imperios más jóvenes que van a sustituirlo. Todo cuanto sabía era que me encontraba atrapado entre el odio al imperio al que servía y la rabia hacia las bestiecillas malintencionadas que intentaban hacerme el trabajo imposible. Una parte de mí pensaba en el Raj británico como en una tiranía inquebrantable, un yugo impuesto por los siglos de los siglos a la voluntad de pueblos sometidos; otra parte de mí pensaba que la mayor dicha imaginable sería hundir una bayoneta en las tripas de un monje budista. Sentimientos como éstos son los efectos normales del imperialismo; que se lo pregunten si no a cualquier oficial angloindio, si se lo puede pescar cuando no está de servicio.

Un día sucedió algo que, de forma indirecta, resultó esclarecedor. En sí fue un incidente minúsculo, pero me proporcionó una visión más clara de la que había tenido hasta entonces de la auténtica naturaleza del imperialismo, de los auténticos motivos por los que actúan los gobiernos despóticos. A primera hora de la mañana, el subinspector de una comisaría del otro extremo de la ciudad me llamó por teléfono y me dijo que un elefante estaba arrasando el bazar. ¿Sería tan amable de acudir y hacer algo al respecto? No sabía qué podía hacer yo, pero quería ver lo que ocurría, así que me monté en un poni y me puse en marcha. Me llevé el rifle, un viejo Winchester del 44 demasiado pequeño para matar un elefante, pero pensé que el ruido me sería útil para asustarlo. Varios birmanos me detuvieron por el camino y me contaron las andanzas del animal. Por supuesto, no se trataba de un elefante salvaje, sino de uno domesticado con un ataque de «furia». Lo habían encadenado, como hacen siempre que un elefante domesticado va a tener un ataque de «furia», pero la noche anterior había roto las cadenas y se había escapado. Su mahaut, la única persona que sabía cómo tratarlo cuando estaba en aquel estado, había salido en su busca, pero había errado el camino y se encontraba a doce horas de viaje. Por la mañana, el elefante había irrumpido de pronto en la ciudad. La población birmana no tenía armas y se veía bastante indefensa ante el animal. Ya había destrozado la choza de bambú de alguien; había matado una vaca, asaltado varios puestos de fruta y devorado la mercancía; también se había encontrado con el furgón municipal de la basura y, nada más bajar el conductor de un salto y poner pies en polvorosa, había volcado el vehículo y arremetido violentamente contra él.

El subinspector birmano y algunos agentes de policía indios me estaban esperando en el barrio en que había sido visto el elefante. Se trataba de un barrio muy pobre, un laberinto de sórdidas chozas de bambú con tejados de palma que se extendía sobre la escarpada ladera de una colina. Recuerdo que era una mañana nublada, bochornosa, al principio de la estación de las lluvias. Empezamos a interrogar a la gente acerca de qué dirección había tomado el elefante y, como de costumbre, no logramos obtener ninguna información concreta. Eso es lo que ocurre en Oriente sin excepción; una historia siempre parece estar clara a cierta distancia, pero, cuanto más te acercas al lugar de los hechos, más confusa se vuelve. Algunas personas decían que el elefante se había ido en una dirección, otras afirmaban que había tomado una dirección distinta, otras manifestaban no haber oído hablar siquiera de ningún elefante. A punto estaba de creer que toda la historia no era más que una sarta de mentiras cuando oímos unos gritos no muy lejos de allí. Fue un berrido agudo y horrorizado de: «¡Fuera de ahí, niño! ¡Fuera de ahí enseguida!», y una vieja con una vara en la mano apareció de detrás de una choza, espantando con violencia a un montón de niños desnudos. La seguían algunas mujeres más, haciendo chascar la lengua y dando voces; era evidente que había algo que los niños no deberían haber visto. Rodeé la choza y vi el cadáver de un hombre que yacía extendido sobre el fango. Era un indio, un culí drávida negro, medio desnudo; no podía llevar muerto muchos minutos. La gente decía que, de repente, al doblar la esquina de la choza, el elefante se había abalanzado sobre él, lo había agarrado con la trompa, le había puesto la pata sobre la espalda y lo había enterrado en el suelo. Era la estación de las lluvias, el terreno estaba blando y su cara había dibujado una zanja de dos palmos de hondo y un par de metros de largo. Estaba boca abajo con los brazos en cruz y la cabeza bruscamente torcida hacia un lado. Tenía el rostro cubierto de fango, los ojos desorbitados, los dientes a la vista y apretados en una mueca de insoportable tormento. (Por cierto, que nadie me diga jamás que los muertos tienen una expresión apacible. La mayoría de cadáveres que he visto tienen un aspecto infernal.) La fricción de la pata de la enorme bestia le había arrancado la piel de la espalda con la misma pulcritud con que se desuella un conejo. En cuanto vi al muerto mandé a un ordenanza a la casa cercana de un amigo en busca de un rifle para elefantes. Ya había enviado de vuelta el poni, porque no quería que enloqueciera de miedo y me tirara al suelo si olía el animal.

El ordenanza regresó al cabo de unos minutos con un rifle y cinco cartuchos. Mientras tanto habían llegado algunos birmanos y nos habían dicho que el elefante se encontraba en los arrozales de más abajo, a sólo unos cientos de metros. Al emprender la marcha, casi toda la población del barrio salió de sus casas y me siguió en tropel. Habían visto el rifle y exclamaban emocionados que iba a matar el elefante. No habían mostrado mucho interés en el animal cuando se limitaba a arrasar sus hogares, pero era diferente ahora que lo iban a matar. Para ellos se trataba de un momento de diversión, igual que lo habría sido para un público inglés. Además, querían la carne. Aquello me hizo sentir un poco incómodo. No tenía intención de matarlo -tan sólo había ordenado que trajeran el rifle para defenderme en caso de necesidad- y siempre resulta enojoso que te siga una multitud. Me dirigí colina abajo, con apariencia y sensación de idiota, el rifle echado al hombro y un creciente ejército de personas empujándose tras de mí. Una vez abajo, cuando las chozas quedaban atrás, había un camino de grava y, más allá, una lodosa extensión de arrozales de casi un kilómetro de ancho, aún sin arar, pero empapada por las primeras lluvias y salpicada de malas hierbas. El elefante estaba a unos ocho metros del camino, dándonos el flanco izquierdo. No le hizo ningún caso a la multitud que se acercaba. Arrancaba manojos de hierba, los golpeaba contra las rodillas para limpiarlos y luego se los llevaba a la boca.

Me había detenido en el camino. En cuanto vi el elefante tuve la absoluta certeza de que no debía matarlo. Matar un elefante útil para el trabajo es algo serio —es comparable a destruir una máquina enorme y cara— y claro está que no debe hacerse si hay forma de evitarlo. Además, a aquella distancia, comiendo apaciblemente, el elefante no parecía más peligroso que una vaca. Pensé entonces, y pienso ahora, que el ataque de «furia» ya se le estaba pasando, en cuyo caso se limitaría a vagar de forma inofensiva hasta que regresara el mahaut y lo capturara. Es más, no tenía la menor intención de dispararle. Decidí que lo observaría durante un rato para asegurarme de que no volvía a enloquecer y luego me iría a casa.

Sin embargo, en aquel momento miré alrededor, a la multitud que me había seguido. Era un grupo numeroso, de al menos unas dos mil personas, y crecía a cada minuto. Bloqueaba un largo tramo del camino en ambas direcciones. Contemplé ese mar de rostros amarillos sobre los ropajes chillones; semblantes felices y exaltados por ese instante de diversión, convencidos de que iba a matar el elefante. Me miraban como habrían mirado a un prestidigitador a punto de realizar un truco. Yo no les gustaba, pero con el rifle mágico entre las manos valía la pena mirarme por un momento. Y de repente me di cuenta de que al final tendría que matarlo. La gente esperaba que lo hiciera y debía hacerlo; sentí sus dos mil voluntades empujándome a actuar, de modo irresistible. Y fue en ese instante, estando ahí con el rifle en las manos, cuando comprendí por primera vez la vacuidad, la futilidad del dominio del hombre blanco en Oriente. Ahí estaba yo, el hombre blanco con su rifle, ante la multitud nativa desarmada, el presunto protagonista de la obra; pero, en realidad, no era más que una absurda marioneta manipulada por la voluntad de aquellos rostros amarillos que tenía detrás. Entendí en ese momento que, cuando el hombre blanco se vuelve un tirano, es su propia libertad la que destruye. Se convierte en una especie de monigote hueco y afectado, la figura estereotipada de un sahib. Porque es condición de su gobierno pasar la vida intentando impresionar a los «nativos», y por eso en cualquier crisis debe hacer lo que los «nativos» esperan de él. Se pone una máscara, y su rostro acaba por adaptarse a ella. Tenía que matar el elefante. Me había comprometido a hacerlo cuando mandé a buscar el rifle. Un sahib debe actuar como tal; debe parecer resuelto, saber lo que piensa y tomar decisiones. Haber recorrido todo ese camino, rifle en mano, con dos mil personas desfilando tras de mí, y alejarme luego sin más, sin haber hecho nada... no, eso era imposible. La multitud se reiría de mí. Y toda mi vida, la vida de todo hombre blanco en Oriente, era una larga lucha para evitar que se rieran de uno.

Sin embargo, no quería matar el elefante. Lo contemplé mientras golpeaba su manojo de hierba contra las rodillas, con ese aire de abuela ensimismada que tienen los elefantes. Me parecía que matarlo sería un asesinato. A mi edad no tenía ningún reparo en matar animales, pero nunca había disparado contra un elefante ni había tenido nunca ganas de hacerlo. (No sé por qué siempre parece peor matar un animal grande.) Además, había que tener en cuenta a su dueño. Vivo, el elefante valía por lo menos cien libras; muerto, sólo valdría lo que dieran por sus colmillos, quizá cinco libras. Pero debía actuar con rapidez. Me dirigí hacia unos birmanos que parecían tener cierta experiencia y que ya estaban allí cuando llegamos, y les pregunté cómo se había comportado el elefante. Todos respondieron lo mismo: no te hacía ningún caso si lo dejabas en paz, pero podía atacar si te acercabas demasiado.

Tenía perfectamente claro lo que debía hacer. Debía acercarme, digamos, a unos veinticinco metros del elefante para poner a prueba su comportamiento. Si atacaba, podía disparar; si no me prestaba atención, resultaría seguro dejarlo tranquilo hasta que regresara el mahaut. Sin embargo, también sabía que no iba a hacer tal cosa. No era muy bueno con el rifle y el suelo era un fango blando en el que te hundías a cada paso. Si el elefante atacaba y erraba el tiro, tendría más o menos las mismas posibilidades que un sapo bajo una apisonadora. Pero ni siquiera entonces pensaba especialmente en mi pellejo, sólo en los atentos rostros amarillos que tenía detrás. Y es que, en aquel momento, con la multitud observándome, no sentía miedo de la forma habitual, como lo habría sentido de haberme encontrado solo. Un hombre blanco no debe asustarse en presencia de «nativos»; y por eso, en general, no se asusta. Lo único que podía pensar era que, si algo salía mal, aquellos dos mil birmanos me verían perseguido, atrapado, pisoteado y convertido en un cadáver con una mueca en la cara como aquel indio en lo alto de la colina. Y, si eso llegaba a ocurrir, era bastante probable que unos cuantos se rieran. No podía ser.

Sólo quedaba una alternativa. Cargué los cartuchos en la recámara y me eché al suelo en mitad del camino para apuntar mejor. La multitud se quedó en silencio e innumerables gargantas exhalaron un suspiro profundo, grave, emocionado, como el del público que ve por fin alzarse el telón en el teatro. Después de todo, iban a tener su instante de diversión. El rifle era un hermoso artefacto alemán con mira de precisión. Por aquel entonces no sabía que para matar un elefante hay que disparar trazando una línea imaginaria de un oído a otro. Por lo tanto, ya que el elefante se encontraba de lado, debí haber apuntado directamente a un oído; en realidad, apunté varios centímetros por delante, pensando que el cerebro estaría algo avanzado.

Cuando apreté el gatillo no oí la detonación ni sentí el culatazo —eso nunca sucede si el disparo da en el blanco—, pero sí escuché el infernal rugido de júbilo que se alzó de la multitud. En aquel instante, en un lapso de tiempo demasiado breve, habría cabido pensar, incluso para que la bala llegara a su destino, un cambio misterioso y terrible le sobrevino al elefante. No se movió ni cayó, pero se alteraron todas las líneas de su cuerpo. De pronto pareció abatido, encogido, inmensamente viejo, como si el horrible impacto de la bala lo hubiese paralizado sin derribarlo. Al final, después de un rato que pareció larguísimo —me atrevería a decir que pudieron haber sido cinco segundos— le fallaron las rodillas y cayó con flaccidez. Babeaba. Una enorme senilidad pareció apoderarse de él. Podría haberse imaginado que tenía miles de años. Volví a dispararle en el mismo lugar. Al segundo impacto no se desplomó sino que se puso en pie con desesperada lentitud y se mantuvo débilmente erguido, con las patas temblorosas y la cabeza gacha. Realicé un tercer disparo. Ése fue el que acabó con él. Pudo verse cómo la agonía le sacudía todo el cuerpo y le arrebataba las últimas fuerzas de las patas. Al caer, no obstante, pareció por un momento que se levantaba, ya que mientras las patas traseras se doblegaban bajo su peso, se irguió igual que una gran roca al despeñarse, con la trompa apuntando hacia el cielo como un árbol. Barritó, por primera y única vez. Y entonces se vino abajo, con el vientre hacia mí, y produjo un estrépito que pareció sacudir el suelo incluso donde yo estaba tumbado.

Me levanté. Los birmanos ya me habían rebasado y se apresuraban a cruzar el lodazal. Era evidente que el elefante no volvería a levantarse, pero no estaba muerto. Respiraba de forma muy acompasada, con largos y sonoros jadeos, el enorme bulto de su flanco subía y bajaba con dolor. Tenía la boca muy abierta; alcancé a ver las profundas cavernas rosa pálido de la garganta. Esperé durante largo tiempo a que muriera, pero su respiración no se debilitaba. Por último descargué los dos tiros que me quedaban en el lugar donde pensé que estaría el corazón. La sangre espesa manó como terciopelo rojo, pero siguió sin morir. Ni siquiera se estremeció cuando lo alcanzaron los disparos, su torturada respiración continuó sin pausa. Se estaba muriendo, muy despacio y con gran agonía, pero en un mundo alejado de mí en el que ni siquiera una bala podía hacerle ya daño. Sentí que debía poner fin a aquel espantoso sonido. Era espantoso ver a la enorme bestia allí tumbada, incapaz de moverse y, aun así, incapaz de morir, y no lograr siquiera acabar con ella. Mandé a buscar mi rifle pequeño y le descerrajé un tiro tras otro en el corazón y por la garganta. No parecieron causar ningún efecto. Los torturados jadeos continuaron con tanta regularidad como el tictac de un reloj.

Al final no pude soportarlo por más tiempo y me marché. Más tarde oí que había tardado media hora en morir. Los birmanos acarreaban dagas y cestos incluso antes de que me fuese, y me contaron que por la tarde ya lo habían despojado de la carne casi hasta los huesos.


Después, cómo no, hubo interminables conversaciones sobre la muerte del elefante. El dueño estaba furioso, pero no era más que un indio y no pudo hacer nada. Además, según la ley yo había hecho lo correcto, ya que a un elefante loco hay que matarlo, como a un perro loco, si su dueño no consigue dominarlo. Entre los europeos hubo división de opiniones. Los mayores me dieron la razón, los más jóvenes dijeron era una auténtica lástima sacrificar un elefante por haber matado a un culí, porque un elefante era más valioso que cualquiera de esos dichosos culís coringhee. Y después me alegré mucho de que el culí hubiese muerto; así la ley me ponía de su lado y me daba el pretexto suficiente para matar el elefante. A menudo me pregunté si alguno de ellos se dio cuenta de que lo había hecho sólo para evitar parecer un idiota.

Traducción de Laura Manero y Verónica Canales

19 de abril de 2012

Eugenio Montejo- DURA MENOS UN HOMBRE QUE UNA VELA..

Dura menos un hombre que una vela

DURA MENOS UN HOMBRE QUE UNA VELA..

Dura menos un hombre que una vela 
pero la tierra prefiere su lumbre 
para seguir el paso de los astros. 
Dura menos que un árbol, 
que una piedra, 
se anochece ante el viento más leve, 
con un soplo se apaga. 
Dura menos un pájaro, 
que un pez fuera del agua, 
casi no tiene tiempo de nacer, 
da unas vueltas al sol y se borra 
entre las sombras de las horas 
hasta que sus huesos en el polvo 
se mezclan con el viento, 
y sin embargo, cuando parte 
siempre deja la tierra más clara.

¿QUIÉN NO RECUERDA A NOÉ Y LA PALOMA? Lars Forsell

Edward Hicks (1780-1849)

¿QUIÉN NO RECUERDA A NOÉ Y LA PALOMA?

¿Quién no recuerda a Noé y la paloma
que volvió con una rama de olivo en el pico?
Pero ¿quién entre los laicos recuerda
que él primero mandó un cuervo?

¿Qué vio el cuervo?
Él vio y encontró lo que estaba buscando:
Nada.

Nada. Cadáveres flotando
barcos sin remos, agua, decaimiento.
Ese fue el mensaje del cuervo.

Y hoy, sábado, él trajo la palabra
de un ramo de humanos harapientos,
viejos, muchachas, niños
acorralados a lo largo de los caminos
para llevarlos lejos, a casa, o lejos de casa,
sin saber a dónde.

Bodas con Dios--Lars Forssel--Äktenskap med Gud, Antología y traducciones de Homero Aridjis y Pierre Zekeli...
Ediciones El Tucán de Virginia.

 Génesis 8:7 y envió un cuervo, el cual salió, y estuvo yendo y volviendo hasta que las aguas se secaron sobre la tierra.

17 de abril de 2012

La oreja de Van Gogh - Lars Forsell

La oreja de van Gogh


La oreja de Van Gogh

Van Gogh corta su oreja
la envuelve en una toalla
lentamente coloreada de rojo
y la manda
a ti

¿Qué vas a hacer con esta evidencia
de amor locura tristeza?
¿La arrojarás con disgusto a las llamas
de tu chimenea?

¿O al bote de basura
o la ocultarás, quizás con un poco de orgullo,
en una cajita?

A mí me parece, tanto como esta oreja existe,
escuchar, siempre escuchar
la luz de los manizales crueles

y lo estático del sol sin remordimientos

Bodas con Dios--Lars Forssel--Äktenskap med Gud, Antología y traducciones de Homero Aridjis y Pierre Zekeli.
Ediciones El Tucán de Virginia.

16 de abril de 2012

Wislawa Szymborska / Momento en Troya



Momento en Troya

Pequeñas chiquillas
flacas y sin fe
en que las pecas desaparezcan de sus mejillas,

que no atraen la atención de nadie,
caminando sobre los párpados del mundo,

parecidas a papá o a mamá,
y sinceramente espantadas por ello,

a la hora de la comida,
a la hora de la lectura,
cuando están frente al espejo,
en ocasiones son raptadas y llevadas a Troya.

En los grandes guardarropas de un-abrir-y-cerrar-de-ojos
se transforman en hermosas Helenas.

Suben por escaleras reales
entre susurros de admiración y de largas colas.

Se sienten ligeras. Saben que
la hermosura es descanso,
que el habla toma el sentido de la boca
y los gestos se esculpen solos
en una negligencia inspirada.
Sus caritas,
que bien valen la expulsión de los embajadores griegos,
se alzan con orgullo sobre los cuellos
dignos de ser sitiados.

Los morenazos de las películas,
los hermanos de sus amigas,
el maestro de dibujo,
ay, todos morirán.

Las pequeñas chiquillas
desde la torre de la sonrisa
contemplan la catástrofe.

Las pequeñas chiquillas,
se encogen de hombros
en un embriagador rito de hipocresía.

Pequeñas chiquillas,
sobre un fondo de devastación
con una diadema de ciudad en llamas
con aretes de lamento universal en los oídos.

Pálidas y sin una lágrima.
Saciadas con el espectáculo. Triunfales.
Tristes sólo por el hecho
de que hay que regresar.

Pequeñas chiquillas,
que regresan.

WISLAWA SZYMBORSKA

Traducción de Abel Murcia
Sal [1962]

La chilena


Ramón Unzaga inventó la jugada, en la cancha del puerto chileno de Talcahuano: con el cuerpo en el aire, de espaldas al suelo, las piernas disparaban la pelota hacia atrás, en un repentino vaivén de hojas de tijera.
Pero esta acrobacia se llamó "la chilena" unos cuantos años después, en 1927, cuando el club Colo-Colo viajó a Europa, y el delantero David Arellano la exhibió en los estadios de España. Los periodistas españoles celebraron el esplendor de la desconocida cabriola, y la bautizaron así porque de Chile había venido, con las fresas y la cueca.
Después de varios goles volanderos, Arellano murió en aquel año, en el estadio de Valladolid, por un encontronazo fatal con un zaguero.

Eduardo Galeano ( Uruguay, 1940)
Tomado de " Fútbol a sol y sombra "

15 de abril de 2012

Wislawa Szymborska / En la torre de Babel

Pieter Brughel (el Viejo) Torre de Babel


Uno de los mas bellos poemas de amor, aparentemente sencillo y comprensible y sin embargo inusualmente complejo en lo que al significado y al lenguaje poético se refiere este poema. Está escrito en forma de dialogo entre un hombre y una mujer, al parecer procedentes de la Torre de Babel. Oímos solo voces, la torre hace tiempo que debió haber desaparecido y ellos, es decir, sus voces, hablan de cosas importantes, poco importantes, de celos, de la catástrofe de la torre. ¿les oímos a través del aire?, ¿del tiempo?.

Es un bello y extraño poema erótico. Una nueva interpretación de la Torre de Babel. El amor, como la existencia, tiene su vertiente alegre y trágica o, simplemente triste. Y siempre se trata de uno de los aspectos del universo, de la vida, lo cual no quiere decir que no sea un sentimiento muy intenso.

 EN LA TORRE DE BABEL


¿Qué hora es? —Sí, soy feliz,
y sólo me falta una campanilla al cuello
que suene encima de ti cuando estés dormido.
¿Entonces, no has oído la tormenta? El viento ha sacudido
el muro;
la torre ha bostezado, como un león, con su gran puerta
de goznes chirriantes. —¿Cómo? ¿Lo has olvidado?
Yo llevaba un sencillo vestido gris
abrochado en el hombro. —E inmediatamente después
el cielo se rompió en mil destellos. —Cómo iba a entrar
si no estabas solo. —Vi de repente
los colores anteriores a la existencia de la vista. —Lástima
que no me lo puedas jurar. —Tienes razón,
probablemente fue un sueño. —¿Por qué mientes,
por qué me llamas con su nombre,
la amas todavía? —Oh, sí, me gustaría
que te quedaras conmigo. —No siento rencor,
tendría que haberlo imaginado.
¿Sigues pensando en él? —No, no estoy llorando.
¿ Y eso es todo? —A nadie como a ti.
Por lo menos eres sincera. —Puedes estar tranquilo,
me iré de la ciudad. —Puedes estar tranquila,
me iré de esta ciudad. —Tienes unas manos tan preciosas…
Es una vieja historia, el filo pasó
sin lesionar el hueso. —No hay de qué,
querido, no hay de qué. —No sé,
ni quiero saber, qué hora es.


Traducción de Abel A. Murcia
Sal [1962]

13 de abril de 2012

Wislawa Szymborska / Las mujeres de Rubens

Rubens
El juicio de Paris  Rubens

LAS MUJERES DE RUBENS


Titánides, fauna femenina,
desnudas como estruendo de toneles.
Hacen su nido en lechos aplastados
y duermen con la boca abierta en forma de chillido.

Sus pupilas han huido hacia el fondo
y penetran al interior de sus glándulas
desde las que gotea levadura como sangre.

Hijas del barroco. Se infla la masa en la artesa,
se llenan de vapor los baños, se ruborizan los vinos,
por el cielo galopan nubes de cochinillos,
relinchan las trompetas ante el peligro físico.

¡Oh acalabazadas, oh excesivas,
duplicadas al rechazar los vestidos,
triplicadas por la impetuosidad de la pose,
grasosos platillos de amor!

Sus flacas hermanas se levantaron antes,
antes de que alboreara en el cuadro.

Y nadie las vio avanzar en fila
por la parte trasera del lienzo.

Desterradas del estilo. Con las costillas contadas,
y pies y manos que parecen de ave.

Con sus omóplatos salidos intentan
levantar el vuelo.

El siglo trece les daría un fondo dorado.
El veinte, una pantalla a color.
El diecisiete, en cambio,
nada tiene que ofrecer a los palos de escoba.

Pues hasta el cielo es protuberante,
protuberantes los ángeles y protuberante dios:
un bigotudo Febo que en un corcel
sudoroso irrumpe en una alcoba hirviente.

Traducción Gerardo Beltrán

Sal [1962]

10 de abril de 2012

Cuento Hiperbreves - José de la Colina



Mitologías revisitadas

Teseo
Días y noches y años dando vueltas con la espada oxidándosele en la mano buscó al monstruo en el Laberinto y murió de hambre y fatiga sin que llegara a saber que allí no había más monstruo que el mismo Laberinto.

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Sentimiento del tiempo

El bufón de Francisco I de Francia, Triboulet, sabiéndose amenazado de muerte por un cortesano al que había ofendido con una de sus rudas bromas, acudió al rey a implorar protección.
—No te preocupes —le dijo el rey—, si alguien osara ponerte una mano encima, será ahorcado una hora después.
Y Triboulet respondió:
—Sire, yo os agradecería que lo hiciérais ahorcar una hora antes.

9 de abril de 2012

Kafka ocho veces plagiado - José de la Colina



Los detectives culturales han descubierto que algunos de los más célebres y digamos clásicos autores plagiarios (valga el oxímoron) son tan buenos técnicos del género que pueden actuar prescindiendo de la cronología y manifestarse más allá de la página impresa. Hemos tenido la buena fortuna de recibir algunos de los textos por ellos detectados.

La Metamorfosis, por El Espíritu Santo


En uno de los momentos del principio Dios inventó al hombre. Y vio Dios que eso no era bueno. Y dijo Dios: “Hágase la metamorfosis.” Y despertó el hombre convertido en escarabajo. Y se dijo Dios: “Tal vez esto tampoco sea bueno, pero es más divertido.”

La Metamorfosis, por Chuang Zu


Gregorio Samsa soñó que era un escarabajo y no sabía al despertar si era Gregorio Samsa que había soñado ser un escarabajo o un escarabajo que había soñado ser Gregorio Samsa.

La Metamorfosis, por Shakespeare


Ser o no ser. Ser escarabajo feliz o ser Gregorio Samsa infeliz: he ahí el dilema.

La Metamorfosis, por Cervantes


En un barrio de Praga de cuyo nombre no quiero acordarme vivía un joven viajante de comercio de los de corbata nunca bien anudada y camisa manchada de sopa de fideo, quien en los meses en que, como de costumbre, no vendía, pasaba las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio leyendo libros de entomología, de modo que vino a dar en el más extraño pensamiento en que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, para escapar al fisco y a los acreedores, convertirse en un escarabajo.

La Metamorfosis, por Lewis Carroll


Alicia vio al señor K, convertido en escarabajo y moviendo las patas sin parar.
—Oh, es terrible —dijo Alicia—. ¿No te sientes mal, acaso?
El escarabajo se atusó el bigote (último resto del señor K) y dijo:
—Me alegra tu visita, niña. Así podremos celebrar mis veintinueve o treinta o treintaiún o quién sabe cuántos nocumpleaños de este mes.
—No es de personas bien educadas cambiar de conversación —replicó Alicia.
—Vete, niña tonta —contrarreplicó el escarabajo—. Lo importante no es cambiar de conversación sino cambiar de interlocutor.

La Metamorfosis, transcrita por Sigmun Freud


Gracias doctor por ofrecerme el diván, que es bien acogedor y además con su exquisita blandura incita a que uno afloje al subconsciente. Tiene usted razón, para un psicótico como yo no hay nada como regalarse con una buena sesión de psicoanálisis. Perdone usted la agitación de mis patas, es que estoy nervioso, y bueno, creo que lo mejor es que ya de una vez le diga cuál es mi problema. Resulta doctor que yo, un escarabajo muy racional y decente, a cada rato tengo la pesadilla de que, horror, me he convertido en un monstruoso señor que es viajante de comercio y dice llamarse Gregorio Samsa ¡Ay doctor, ¿no será que sufro de complejo de inferioridad?

La Metamorfosis, por La de la Voz


La de la voz desea hacer constar ante el señor juez que reconoce que ella mató a su esposo Gregorio Samsa, apodado Goyo el Salsa, pero no lo hizo ni por instinto asesino ni por sucios intereses, sino porque ya estaba cansada de sufrir jaloneos y moquetes y hasta patadas a todas horas del día, y que todos los fines de semana el tal Goyo llegaba a la madrugada muy tomado de sus tanguarnises y que cuando la de la voz le solicitaba el dinero para el gasto del humilde hogar, él le sorrajaba una paliza a la de la voz, que es mujer que, la mera verdad, aunque otra cosa digan los moretones que muestra, no nació para ser mujer sufrida, y que ya el colmo fue cuando una noche el tal Goyo, o séase el hoy occiso, llegó ebrio hasta las manitas y ya tumbado en la cama se puso a sufrir del delirium tremens, y gritaba todo espantado diciendo que estaba volviéndose escarabajo, y que entonces la de la voz, aprovechó la ocasión (que la pintan calva, ¿no?) y agarró un periódico y lo enrolló y entonces, ¡zas!, que Dios perdone a la de la voz, pero sí, eso hizo: de una vez aplastó al escarabajo del tal Goyo para que el canijo hijo de su escarabaja madre no sea desconsiderado ni abusivo y de una vez aprenda a respetar a la de la voz.

La Metamorfosis, en “El Aviso Oportuno”


Hombre de 28 años, con mediano sueldo de viajante de comercio, con aspecto y hábitos de escarabajo, busca escarabaja joven, bonita y hacendosa pero sin grandes ambiciones de carácter monetario. Escribir a Gregorio Samsa, calle Kafka número 1001, apartamento 1001, Praga.

6 de abril de 2012

Provelengios, Aristomenis El mar: El regreso

Provelengios, Aristomenis, Poemas antiguos y nuevos: Mar, Librería Estía de G. Kasdonis, Atenas, 1896, pp. 291 – 294.





Ship, Konstantinos Volanakis

Con lágrimas me despido de ti, pequeña patria mía,
de ti que duermes en un fresco mar azul
donde los vientos te mecen.
¡De ti que te golpea eternamente una ola navegante
que rompe plateada en tus altas costas
donde las espumas te rocían!
¡Oh, recíbeme en las calmas colinas donde corra,
donde beba tu dulce luz, donde beba olores,
sintiendo alrededor mío ángeles,
que llegan de aquellos años viejos
y que vuelan con sus doradas alas aquí en el solaz
con santas, ocultas canciones!
Se torna blanca entre el verdor de las ramas nuestra casa.
¡Ah, cómo brinca y salta en el pecho el corazón
que vuelve a lo pasado!
¡Qué sueños y recuerdos en mi alma despiertan!
Así en la llanura los pájaros se levantan, dan vueltas,
en el paso del hombre sorprendidos.
Aquí la luz del sol encontré una vez,
aquí sentí por vez primera la dicha de esta tierra,
mi primera lágrima se desbordó.
Aquí acerqué por primera vez a mis mejillas el agua interminable
y corrí aquí y brinqué, como un vivaz niñito,
entre la isleña naturaleza.
Ahí está todavía nuestro gran y permanente moral,
donde de niño me mecí en sus fuertes ramas
y extendí sobre mí su sombra.
Él me despertaba dulcemente el suave pecho
y me enseñó a cantar mi primera canción
con su murmullo escondido.
Enyerbada sigue en pie la escuela desierta,
sus paredes se desquebrajaron ya por su vejez,
anidan ahora murciélagos
ahí donde los niñitos daban vida al pueblo
e iluminaba, como flores de jardín,
tantas pequeñas dichas y esperanzas.
Todavía florecía la palmera frente a la iglesia,
donde cortábamos los ramos, límpidos en el rocío.
Sobre su techo viejo
las golondrinas construyen, como otrora, los nidos,
y veo sus imágenes antiguas todavía,
que besaba con mi boca floreciente.
También el viejo molino sigue en pie,
lo veo y observo que no ha dejado de girar desde el antiguo tiempo
con sus alas todas blancas.
¡Alrededor de mí, el mar! ¡Frente a mis ojos
como vistosa pintura se abre, abarcando
desde los peñascos hasta las estrellas!
Balsas entre las olas surcan apacibles.
¡Oh, qué anhelo me llevaba hacia lugares lejanos,
como si pudiera verlos todavía como de niño!
Otra vez los veo; sueños no tengo en el corazón.
Vi el mundo y deseo a una región de tu arena
volver con el cuerpo cansado.
Me despido de ti con lágrimas, pequeña patria mía,
hada del Blanco mar, novia del rocío
e hija amada del viento del norte.
Tú que me llenaste de canciones el alma,
llévate hoy mi pobre canción que sale sonora
de un corazón conmovido.

Traducción: Alejandro Aguilar

5 de abril de 2012

Myrtiotissa (1885 – 1968)

ΑΦΙΕΡΩΜΑ ΣΤΗ ΜΥΡΤΙΩΤΙΣΣΑ

Myrtiotissa (1885 – 1968)



Myrtiotissa (pseudónimo literario de Theoni Drakopoulou) nació en el suburbio Bebeki de Constantinopla. Su padre fue diplomático y seis años después del nacimiento de Theoni, fue nombrado cónsul general de Grecia en la entonces Creta bajo la posesión turca, donde se mudó junto con su padre. Después de permanecer dos años en la isla, se establecieron permanentemente en Atenas, donde Theoni estudió en la Facultad Hill de Plaka. Desde su edad escolar tuvo inclinación hacia la poesía y el teatro. Formó parte de presentaciones amadoras de drama antiguo y colaboró con la Nueva Escena de Konstantinos Christomanou. Después de un pequeño lapso de descanso de su ocupación con el teatro, debido a la oposición de su familia, continuó sus estudios dramáticos en París (Escuela Dramática Estatal), donde se estableció después de su matrimonio con Spyros Pappás, con el cual tuvo un hijo, Giorgos, el cual siguió su carrera en el teatro griego. A Grecia regresó después de algunos años, al término de su extenso matrimonio, y trabajó como profesora en el conservatorio de Atenas. Determinante para su expresión poética fundó su acercamiento y amor con el poeta Lorenzo Mavili. Después de la dramática muerte de éste en la batalla de Driskos en 1912, Myrtiótissa volvió su mirada hacia su viejo amor expresando su dolor. En 1919 circuló su primera compilación poética con el título "Canciones". Importante también para su vida fue la profunda amistad que la acercó a Kostis Palamás, quien se volvió su guía. Fue homenajeada con premios estatales de poesía (en 1932 por los Regalos de amor y en 1939 por Gritos). Después de la pérdida temprana de su hijo, editó el libro Giorgos Pappás en su infancia (1962). Murió en Atenas. La poesía de Myrtiótissa está dominada por un potencial lirismo, mientras que entre sus temas se destacan la naturaleza y el binomio amor-muerte.

(Fuente: Archivo de Literatos Griegos)

Te amo

¡Te amo, no puedo

otra cosa decir

más profunda ni más simple

ni más grande!


Frente a tus pies aquí

con anhelo extiendo

la flor de muchas hojas

de mi vida.


Mis dos manos, aquí están…

Te las ofrezco atadas

para que asientes dulcemente

tu cabeza.


Y mi corazón salta

y todo mi celo pide

que todo esto se vuelva para ti

una almohada.


¡Ay abejita mía, bebe

de estos dulces y delicados aromas

de mi alma!


¡Te amo, no puedo

otra cosa decir

más profunda ni más simple

ni más grande!


Los pasos


Los pasos, tus pasos

conocidos y amados que están perdidos.

He echado de menos tus palabras,

tus ojos, tus dos manos.


También he tenido sed de tus besos

que ya me zahieren como cuchillos.

Cuando recuerdo tus pasos,

repentinamente se queman las estrellas.

Me encuentro entre tus brazos.

Los pasos, tus pasos.


Los pasos, tus pasos,

entre mis sueños asustados,

llegan a mí.

He olvidado tus palabras,

tus ojos, tus dos manos.


También he tenido sed de tus besos

que ya me zahieren como cuchillos.

Cuando recuerdo tus pasos,

repentinamente se queman las estrellas.

Me encuentro entre tus brazos.

Los pasos, tus pasos.


En mi soledad

         I

Clavaste tus ojos divinos

en mis ojos, un día de ensueño,

tiró de ti la profunda melancolía

que hace su nido en ellos, misteriosa.



Tu mano fuerte, ¡oh encanto!

Me conduce a toda cima

y alrededor de mi desgraciada vida

tejía una vida inimaginable.



Ahora, muda, llena de desesperación

busco, noche y día cansada

en los libros de la muerte,

tu alma enigmática.



            II

Ni mi dolor te atrapa

ni tampoco mis lágrimas,

todos los días te vas lejos

y cada vez más lejos de mí.



Envuelto entre las nubes

y la niebla, ay de mí,

no te distingue claramente

mi mirada empañada.



Y si te perdieras de mí a todos lados,

mi Amor doloroso,

irán las alas de mi alma,

irá también la joya de mi corazón…



III

¡Oh, alejada y bella alma!

Entre la absoluta calma en que caminas

desde nuestra vida pasada

parece que nada recuerdas.



Pero yo que espero la salvación,

y la salvación no viene hacia mí,

¿qué sería yo sin el dolor

y sin recordarte a Ti?



IV

¿Qué más, querido mío, pides de mi,

que estás de pie triste frente a mi figura,

si mi corazón, si tu alma,

- aunque estés muerto – se inundan de Ti?



Tus canciones divinas una a una

las vive cada noche mi voz cantora,

se volvieron ellas mi única oración.

¡Suave oración, nacida de Ti!



¿Por qué me miras con ojos tristes?

Enciendo tu lámpara, mi propia alma,

y día a día expande mi vida

hacia Ti, sus rosas empalidecidas…



V

En la ventana

y frente a mí,

el árbol seco,

mi compañía.



Tanto la fuerte y repentina llovizna

que cae

como la oscuridad

entran en mí.



Tus palabras suenan

como vacías en mi interior,

oscurecido,

mi pensamiento.



Muda ya en el ruido

del mundo

como una rota

vieja guitarra…



VI

Alguna vez fui

con mi alma

a una dulce isla mía

de ensueño.



Todo, como antes:

Bosques, costas,

olían intensamente

las naranjas.



Olivos, junto con

los cipreses

y como niditos

las iglesias.



Te volví a encontrar

¡Qué dicha! Dicha mía,

¡Qué alegría

en mi corazón!



VII

¡Noche, luna,

y tú frente a mí,

vivo,

muerto Amor mío!



Algo me muestra

tu divino dedo:

a veces la ola,

a veces una estrella.



Te digo: ¡Mi amor,

cuánto te tardaste!

¿Qué podría ya

darte?



Me dices: ¡Mi luz

te iluminará

y mi vida sin materia

te adornará!



Y caminamos…

Y la luna

nos corona -

¡dicha celestial!



De repente te pierdo…

¡Y frente a mí,

el árbol seco,

mi compañía!



Ahora que otra vez comenzó…



Ahora que otra vez comenzó el divino sosiego

a esparcir lentamente dentro de mí un rocío aromático,

mi pensamiento nostálgicamente regresa al pasado,

y del amargo vaso del recuerdo vuelve a beber.



Y anclo nuevamente en la isla de los olivos dorados

y de los ricos y profundamente verdes cipreses.

Ahí está mi dulce pueblo y las pueblerinas

que bajan la montaña con sus leves cuerpos.



Y yo contigo doy una vuelta en las laderas y en los bosques,

y escalo en las altas e inexploradas cimas,

toda nuestra se volvió la encantadora creación

dándonos inimaginables dichas de ensueño.



¿Pero de veras me encontraba cerca de ti?

¿La agüita cristalina que me diste de la fuente?

¿Me tranquilizó tu sombra? ¿Me calentó tu presencia?

¿Me humedeció tu amor como el amanecer a los pájaros?



¿En verdad estuve contigo? ¿Mi mano ha apretado

tu mano? De tus ojos salía esa luz

que iluminaba mis ojos; habías ahogado mi anhelo,

¡y despertabas mi adoración como un dios antiguo!



Visión tú, cantante, y visión, la costa,

visión también, la isla bañada de sol.

Y la guerra de cuento, dragón de dos cabezas,

¡oh Muerte! Miedo infantil también tú.



Pero todo es sueño, y si todo es mentira

aun nuestra muda y nocturna despedida,

y tu última vestimenta que parecía como sangra,

y lo dorado, y la espada cuando estabas vivo,



¡mentira, todo mentira! También aquél día,

el día cruel, en que vinieron dolorosamente a decirme

que moriste, que te extinguiste heroicamente allá

y que nunca nuestros ojos se volverían a ver…



Me decían consuelos, pero yo me encerraba en mí,

era como si el tiempo y la vida se hubieran detenido,

por eso no podía decir lo que sentía ni si me dolía,

las palabras se apagaban dentro de mí y se volvían respiro.



Y cuando me encontré sola en la oscuridad de la noche

demoró todavía más la verdad en iluminarme,

y se había mostrado ya el amanecer como si yo ya hubiera conocido el Ades,

como si me hubiera despellejado, gritado, cansado mi pecho…



Ahora que otra vez comenzó el sosiego divino

a esparcir en mí un rocío aromático,

ahora que sé saborear el apacible dolor

sin agacharme hacia la tierra como un doblado Sauce,

te pondré escondido en el fondo de mi alma

¡ahí donde no cabe más dolor y son conocidos los sufrimientos!



(Fuente: Las llamas amarillas [trad. Alejandro Aguilar], Ed. Grammata, Alejandría, 1925)

2 de abril de 2012

Miliá Emmanouil Roídis (O por qué en muchas partes existe la costumbre de dar a cualquier analfabeto el puesto de ministro de educación.)

Miliá


Miliá

Emmanouil Roídis, 1ª publicación en “Acrópolis Navideña”, 1895


En un pueblo de la Magna Grecia vivía una niña de corazón tan bueno y agraciado que todo el mundo quería. Aunque no era rica, encontraba la manera de ayudar siempre a los pobres, pues cualquier cosa que le daban, la compartía con ellos, y cuando sus manos estaban vacías, su corazón y su boca estaban llenos siempre de buenos sentimientos y buenas palabras para consolarlos. No solamente los hombres y los animales de casa, sino también las aves del bosque la querían. Cuando la veían pasar, bajaban de los árboles y la seguían como perritos para que les diera la mitad de su pan.
Le decían Miliá (manzano) porque la habían encontrado, una mañana de abril, bajo un árbol de manzanas, cubierta de flores blancas que había posado sobre ella el viento en la noche.
La pareja de ancianos que la había adoptado era tan pobre que sólo les alcanzaba lo que ganaban, la anciana con la costura y el anciano cortando leña, para que no tuviera hambre. Miliá hacía también lo que podía para ayudarlos. Recogía en el bosque  frutos salvajes, violetas y otras flores que ofrecía a los transeúntes con una sonrisa tan dulce que rara vez le negaban cinco monedas quienes tenían para darle. Pero de éstos no había muchos en aquél pueblo humilde, y el pan y las castañas que comían el anciano y la anciana eran siempre menos que su hambre, y aún más pequeña la ración de Miliá, pues lo compartía con los pobres y las aves.
Miliá tenían diecisiete años, cuando, una noche, creyendo sus papás adoptivos que dormía, escuchó decir el anciano a su mujer:
“No sé qué será de nosotros, si Dios no nos hace algún milagro para ayudarnos. Los leños que puedo levantar en mi vieja espalda cada vez son menos, y tú en lugar de tres, necesitas ahora cinco horas para bordar un calcetín. Miliá come poco, pero adora compartir el pan con los pobres y las aves. Pienso en qué puede pasar si muriéramos. Si fuera uno o dos años mayor, la mandaría a la ciudad a conseguir trabajo. Madura y esforzada como es, encontraría fácil un buen puesto, y no se olvidaría de la gente pobre que la crió, cuando ya no tenga fuerza para cortar leña ni tú dedos para bordar”.
Miliá hizo como que no escuchó nada. A la mañana siguiente se levantó antes de irse. Acomodó sus pocas cosas, apretó su corazón, se enjugó los ojos, que corrían como una llave, y fue a despedirse de la anciana pareja. También lloraron ellos, después, sin embargo, pensaron que era una aparición de la voluntad divina que Miliá pensara también aquella noche lo mismo que habían pensado ellos. Dejaron que se fuera apenas le dieron muchos besos, sus buenos deseos y una pita para que comiera en el camino.
Todo el pueblo quiso acompañarla una hora en el camino hacia la Llave Fría. La siguieron hasta ahí un tullido que era jalado por su perro y dos enfermos con muletas. La acompañaron también cabras, cabritos, gallinas, gansos, patos, gallos y pájaros, porque todos los hombres y los animales la querían y a todos dolía su despedida.
Mientras más lejos se veía la despedida con el paño de los ancianos, Miliá intentaba encontrar fuerza. Cuando, sin embargo, se detuvo a ver aquello, sintió, por primera vez, que estaba sola en el mundo; la queja se apoderó de ella y comenzó de nuevo a llorar. Caminó todo el día sin descansar y sin ni siquiera haber mordido su pita. El dolor del corazón llena como pan el estómago vacío de los desdichados.
Habiendo caminado diez horas enteras, se sentó bajo un castaño para descansar. Ni siquiera se había sentado bien, cuando la asustaron dos disparos de rifle y el ladrido de un perro ronco. Se volteó para ver y vio una nube de aves que huían asustadas.
- Vengan hacia mí, gritaba, vengan rápido a esconderse entre estos arbustos. No tengan miedo, las liberaré, si no me mata a mi también el cazador y si no me come el perro.
Las aves reconocieron su voz y se reunieron a su alrededor, apresurándose a esconderse bajo las ramas bajas, juntitas la una de la otra. Miliá escuchaba el latido de los cien corazones de las aves, tic-toc, como los relojes en el taller del relojero.
En aquél momento, surgió el cazador con su perro, animal formidable de pelaje amarillo, dientes afilados y ojos rojos que ardían como el carbón.
- Nena, preguntó, ¿no viste pasar por aquí a unas aves o a algún otro animal de caza? Desde la mañana estoy corriendo tras algo y no he matado nada. Te voy a dar estas dos monedas de plata si me enseñas el camino correcto.
Mientras el cazador hablaba, el perro seguía ladrando y el corazón de las aves, latiendo más fuerte. El atardecer del sol hacía que las monedas de plata brillaran como si fueran de oro.
- Hiciste muy bien en preguntarme, respondió Miliá. Antes de que vinieras, vi una bandada de perdices que volaban hacia el norte, dos liebres que corrían por aquí derecho, un ciervo que huía hacia el oriente y una pareja de faisanes, hacia el occidente. Tienes que escoger entonces, pues no tienes mucho tiempo que perder, si quieres alcanzarlos.
El cazador le dio las monedas y se fue hacia el oriente; el perro, sin embargo, no quería irse, insistía en oler las ramas, en ladrar y en enseñar sus terribles dientes. Miliá pensó entonces en darle su pita para que se calmara; su dueño le dio una patada y sólo entonces decidió el animal malo seguirlo, no muy contento, continuando su ladrido como si dijera al cazador que es una pena que las niñas se burlen de tal manera de un hombre tonto.
Cuando el cazador se perdió lejos en el bosque y se dejó de escuchar la voz del perro, salieron de su escondite las aves sin saber qué hacer para agradecer a Miliá. Estaban sentadas sobre su hombro, cantaban en su oído “gracias”, aleteaban para refrescarla y le hacían cosquillas en las manos, en los labios, en las mejillas y en su cuello. Los pinzones y los petirrojos se alejaron y regresaron para traerle cerezas, flores de loto, zarzamoras y uvas salvajes para que cenara, mientras los pajaritos y los halcones peregrinos le preparaban una cama suave de hojas de castaño, menta y lavanda para que durmiera. Habiendo rezado, se acostó en aquella olorosa cama, la taparon con helecho para que no tuviera frío y se posaron sobre los árboles de alrededor para cuidarla.
A la mañana siguiente, la despertó el canto matutino de la cagujada y vinieron a darle los buenos días también las otras aves. Habiendo terminado el canto de las aves, tomó la palabra el dulce orador, el ruiseñor, y le dijo lo siguiente en la lengua de las aves, la cual entendía bien y hablaba más o menos Miliá:
- Nos dijiste ayer que vas a la capital a conseguir suerte y hoy en la mañana supimos por un gayo que se presenta una oportunidad única que tienes que aprovechar. El rey, que enviudó el año antepasado, se cansó de sus grandezas, sus glorias, sus riquezas y de cuanto más envidia el mundo. Tanta es su pena y su melancolía que se atrevió a prometer la mitad de su reino a aquél que consiga hacerlo pasar una sola hora sin bostezos ni suspiros. Muchos llegaron de todas partes a probar. Esta noche es la prueba y a la capital son solamente cinco horas de camino. Levántate, Miliá, y arréglate para ir al palacio a que ganes el premio. Te acompañaré yo con otras aves y te diré al oído qué debes hacer.
- Queridas aves, respondió Miliá, tienen un buen corazón, pero no muy buen conocimiento. Me ordenan que vaya sin pensar que sólo a ustedes Dios cuidó de dotarlas de plumas. Yo no tengo nada que ponerme más que esta falda vieja que visto. ¿Con esto quieren que vaya a que me reciba el rey y su séquito?
- Las aves no son tan tontas como lo cree la gente, respondió el ruiseñor. No te diría que te arreglaras si no hubiéramos preparado tu vestido. Somos amigos de unos gusanos de seda y los pusimos a trabajar para que te hiciera este vestido que no tiene par en todo el reino.
Trajeron entonces un vestido de satín blanco de una sola pieza que tenía encima tejidos la primavera con todas sus flores y el cielo con todas sus estrellas.
- Yo, dijo el abejaruco, corrí toda la noche para encontrar esta flor blanca para que te la pongas en tus cabellos.
- Yo, dijo el petirrojo, junté gotitas de rocío y te hice un collar que brilla más que los diamantes.
- Yo, dijo el torcecuello, te traigo este abanico, hecho con una pluma de cada ave.
Habiéndose puesto el vestido y sus adornos, Miliá pareció tan bella que comenzaron a entonar un canto esplendoroso todas las aves juntas. Sólo Miliá permanecía pensativa y sin decir palabra.
- ¿Qué va a pasar cuando me hable el rey y sepa desde que hable que soy una aldeana de la montaña que no sabe nada del mundo? Dijo.
- Eso no importa, respondió el ruiseñor. Esta amiga mía, la corneja gris, que ves a mi lado, anida desde hace veinte años en el techo del palacio y conoce todos sus secretos. La traje a propósito para que te los enseñe. En una hora te enseñará cuantas cosas alcancen para que conozcas los puntos débiles del rey.
Con las monedas que le dio el cazador, Miliá rentó una elegante carroza y exactamente a las nueve de la noche se presentó en el gran salón del palacio. La sensación que provocaron la belleza de su cara y el brillo de su vestido fue tamaña que todas las mujeres despintadas se pusieron amarillas de envidia, y desde aquella noche quedó claro quiénes se arreglan y quiénes no.
El rey bajó de su trono y vino a presentarse, cosa que no había hecho en otra ocasión, más que cuando vino de visita la emperatriz de Levante. Sin cuidar de la costumbre, la tomó de la mano y la sentó a su lado, preguntándole de qué reino venía o si había bajado del cielo, porque no creía cómo la tierra podía haber dado a luz a una mujer tan bella.
Miliá se sonrojó y le respondió con mucha humildad y gracia que era una aldeana humilde y que había venido a competir con los otros por el premio.
- Debes saber, le dijo el rey, que tanto me ha satisfecho y hecho reír toda diversión y espectáculo, que ya nada disfruto. Tengo años enteros que no río. Todo me parece insípido, aburrido y cocido en agua. Pero esa belleza tuya cegó mis ojos sin curar el hastío y la pena de mi alma. Deseo que tu arte me divierta y tu belleza sea grande.
Y habiendo dicho esto, ordenó que comenzara la competencia.
Sus palabras asustaron a Miliá, tanto que no sabía cómo conseguiría hacer reír a aquél rey que no había reído en años. Habría perdido su ánimo, si no hubiera venido en aquél momento el ruiseñor a cantarle en el oído: “No te preocupes, las aves prepararon todo”.
El primer competidor se presentó. Era un famoso ciudadano de aquella parte que podía hacer aparecer cosas, tan capaz que todos lo consideraban mago y fue obligado a huir de aquella ciudad, donde acostumbraban entonces quemar magos. Éste adivinó la carta, as de espadas, que había pensado el rey; frió huevos en el sombrero del jefe del séquito real y mandó la peluca rubia de la Gran Señora a cubrir la calvicie del caballerizo. Después logró sacar de la nariz del ministro de justicia una cuerda de lazo y del bolsillo del general del ejército, una liebre salvaje. Todo iba bien, sólo que el rey no se había reído hasta ahora. Con la esperanza de lograr también eso, se concentró en hacer aparecer la corona real en la cabeza de un cerdo salvaje, la cual estaba puesta en la mesa de la cena. El rey, sin embargo, parecía que no estaba dispuesto a ello, y en lugar de reír, encontró sin chiste el acto y mandó a que lo sacaran con un vergazo en la zona baja que está abajo de la espalda.
El segundo competidor era un filósofo serio de barba blanca de la zona de Holanda. Éste había traído consigo un aparato extraño con una especie de recipiente de vidrio encima. Lo abrió y echó adentro carbón ahumado, una cucharada de mercurio, una pizca de piedra de caballo, una rama de romero y una buena ración de mercurio verde. Lo mezcló todo con una cuchara de oro e inmediatamente se calentó, se prendió, se inflamó, después se enfrió, se cristalizó y el recipiente quedó repleto de diamantes, grandes como huevos de paloma. Todo el séquito se quedó extasiado y todas las damas extendían su mano para agarrar uno de los diamantes que comenzó el filósofo a repartir. Pero el rey se enojó de nuevo, ordenó que las damas entregaran todo de regreso y dijo con enojo al químico: “¿No pensaste, estúpido, que si los diamantes los llegaran a tener todos como piedras de río, toda mi riqueza perdería su valor, la cual es de las primeras en el mundo y que si necesito dinero, puedo vender cuanto quiera? Lárgate de aquí, y si haces de nuevo diamantes, te quebraré la cabeza con tu propia máquina”.
El tercero era el primer científico de un nuevo mundo, que había descubierto otro Colón, más allá de la masa de agua a la que llaman Atlántico. Este neo-mundista había logrado, después de muchos estudios y pruebas, atrapar los rayos solares en unas botellitas que parecían pequeñas peras, antes de que llegaran a enterrarse en sus cuevas. Después de haber mareado a la gente con su discurso, el científico comenzó a explicar que estas peras de rayos solares eran un nuevo sistema de iluminación y que con la mitad de dinero darían luz diez veces más que el aceite, cuyo precio se multiplicaría diez veces, ya que no servía más que para freír y hacer ensalada.
- ¡No sabes, imbécil – lo interrumpió el rey, amarillo del coraje-, que las propiedades de mi reino, las mías y las del pueblo, son todas campos de olivo, y vienes aquí a elevarnos el precio del aceite! Desaparece de mi vista, y si mañana te encuentro todavía por la región, te cubriré de aceite y te quemaré vivo.
Era turno entonces de Miliá, temblaba toda, viendo cuán malvado había sido el rey. Pero otra vez el ruiseñor le cantó al oído y le dio ánimos. Los ojos de todos estaban clavados en ella y el silencio, tan perfecto, que alguien podía escuchar a una hormiga volando o a una hierba creciendo.
Miliá ordenó entonces que las veinte ventanas del salón se abrieran. Inmediatamente volaron, dentro de la sala, pequeñas aves de todo tipo y de toda especie: abejarucos amarillos, petirrojos, aves de pesca plateadas, mirlos negros, tordos emplumados, cardenales amarillos, pinzones, frentones, colibrís, aves de río, castañuelas, malatritas, cornejas grises, collalbas rubias, pájaros carpinteros y alcaudones. Después de que aletearon por uno o dos minutos, aquí y allá, alrededor de las lámparas y las lámparas de aceite, como las aves locas que eran, hicieron después un gran círculo. El ruiseñor se colocó en el centro dirigiendo como director de orquesta, con sus alas, el ritmo, escuchándose entonces una sinfonía tan dulce que dirías que la habría compuesto la música del paraíso, Santa Cecilia. De todos los fragmentos gustó mucho más un cuarteto de pinzones que hizo llorar a todos, y la cómica canción del gayo, tan juguetona y vivazmente entonada, que todo el séquito comenzó a dejarse llevar y a mover los pies como si los calcetines se les hubieran llenado de hormigas.
- Bailen ahora, aves mías, ordenó Miliá.
Veinte parejas de canarios comenzaron entonces a bailar un vals juguetón y original. Con un ala eran sostenidos dos pájaros abrazados y volaban hacia la otra. Las parejas recorrían la sala como el viento y daban diez veces la vuelta a la sala. Después bailaba en el piso una cuadrillada deliciosa de abubillas, pero aún más éxito alcanzó el cotellón con todas sus piruetas. En esto, las gracias de un inaceptable jilguero hizo que el corazón de todos se saliera, pues lo presentaron diez series de bailarines y a nadie le gustó que mirara con altanería, diciendo no con la cabeza. La onceava vez, sin embargo, le gustó al jilguero, pues para que lo aceptara se le tuvo que dar una hormiga que había atrapado. Abrazó a su bailarina y comenzaron a dar vueltas por la sala con gracia y una técnica única.
No terminaría nunca si quisiera contarte todo. El espectáculo cerró con una lluvia de flores raras que habían traído las gaviotas del extranjero. Lo más raro de todo fue una flor de loto azul traída del Nilo que ofreció Miliá al rey.
El rey estaba tan feliz y contento. La sangre se le subió a la palidez de su cara pintándolo y sus ojos echaban chispas. No tenía cabeza para pensar en la grandeza ni en sus antepasados ni en nada que dijeran los príncipes, los duques, los soldados, los ministros, los mandatarios. Se agachó y besó a Miliá en la frente, en las dos mejillas y cerca de la oreja. Aquél beso cruzado, como le decían, equivalía entonces en la Magna Grecia a una señal de matrimonio. No puedo decir si a todo el séquito le gustó aquél matrimonio. Todos, sin embargo, fueron obligados, queriéndolo o no, a gritar: ¡Viva nuestra reina! Lo mismo gritaron en su lengua también las aves, y viendo que Miliá lloraba, mientras se despedían de ella, le prometieron visitarla seguido.
Los matrimonios se realizaron una semana después con mucha solemnidad y lujo. Fueron invitados los padres adoptivos de Miliá, el anciano y la anciana, cuya alegría los hacía parecer diez años más jóvenes.
El rey, para tenerlos cerca de su esposa, pidió que se les encontrara algún puesto público en la capital. Viendo cómo la anciana era cuidadosa, buena ama de casa, que no comía mucho y que en todo era ordenada, la hizo ministra de economía. El anciano era ya algo irremediable. No sabía el hombre ni escribir ni leer. El rey se rompía la cabeza pensando cómo era posible emplearlo, cuando pasó que murió el ministro de educación pública. No encontrando otra solución, dio al anciano el puesto del finado, y desde entonces nació y continúa hasta el día de hoy, en muchas partes, la costumbre de dar a cualquier analfabeto el puesto de ministro de educación.

27 de marzo de 2012

Giannis Ritsos


Giannis Ritsos


Octubre 1940

Abren las ventanas
quienes saludan a aquellos que se van
y viceversa.
Las calles se llenaron de tambores y banderas.
Alzado el amanecer abandera nuestros sueños
y Grecia brilla entre las luces de nuestros sueños.
El sol lavado
con su cara limpia y mirando al hombre,
saluda las calles que van a la lucha.
Automóviles pasan llenos de gente.
Se despiden en las puertas y ríen,
después se escuchan las botas militares en el asfalto,
la gran canción de los pasos valerosos
que se alarga y se apaga en el fondo de la calle
como la estación nocturna con las luces apagadas.
Ahí esperan los trenes,
silban por un tiempo fuera de la ciudad,
se escuchan los disparos de despedida
y enseguida todo calla y espera.
Leemos los últimos encabezados:
Vencimos. Vencimos
¡Siempre gana la razón!
Un día vencerá el hombre.
Un día la libertad vencerá la guerra.
Un día venceremos para siempre.
Atenas, Noviembre de 1940, Giannis Ritsos.
Traducción: Alejandro Aguilar

La figura de la ausencia



Lo que se fue, aquí echa raíz, en la misma posición, triste, mudo

como un gran florero de casa que fue vendido alguna vez

en momentos difíciles,

y en la esquina de la recámara, ahí donde se sostenía el florero,

queda el vacío denso en la misma figura del florero, inmovible,

reluciendo claro en el rayo solar, cuando abren a veces

las ventanas,

y dentro del mismo florero, que ha cambiado su esencia

con la misma equivalente esencia del cristal del vacío,

queda de nuevo aquél mismo espacio, un poco más dolorosamente sonante

tan sólo.

Detrás del florero se distingue el color de la pared

más oscuro, más profundo, más onírico,

como si quedara la sombra del florero dibujada en un sarcófago.

Y, alguna vez, en la noche, en un momento silencioso,

o también en el día, entre las conversaciones,

escuchas en el fondo de ti algún sonido agudo, amargo y ondulante

como un dedo invisible que traspasara

aquél ausente, sensible, cristalino recipiente

Traducción: Alejandro Aguilar.


Mira, hermano mío

Mira hermano mío, cómo hemos aprendido a conversar
de forma muy tranquila y sencilla.
Nos entendemos ahora, no se necesita más.

Y mañana propongo volvernos aún más sencillos.
Encontraremos esas palabras que pesan lo mismo
en todos los corazones, en todos los labios.
Así, llamando al pan, pan y al vino, vino.[*]

Y de tal forma que sonrían los demás y digan
“Poemas así te hago cien cada hora”.
Eso queremos nosotros también.

Porque nosotros no cantamos para distinguirnos, hermano mío,
de la gente.
Nosotros cantamos para juntar a la gente.

Traducción de BEATRIZ CÁRCAMO
[NOTA:
* La expresión en traducción literal es “llamar a los higos, higos y a la artesa, artesa”]