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25 de agosto de 2011

Albert Camus "La peste"

Esto que ocurre, tan cercano a mí, me recuerda esa inolvidable novela francesa que Camus escribiera por allá en 1947, en donde se cuenta la aparición de una peste en un pueblo de Argel (en aquel entonces colonia francesa) que amenaza abruptamente la vida de todo ser humano. Inmediatamente después del derrumbe de Europa por las dos grandes guerras del siglo XX, una situación de pestilencia agravaría más la situación de todo ser humano en el mundo. Aquí Camus supone que nuestro destino también depende de un poder mucho mayor que las mismas acciones humanas, evidentemente es el poder de la magnánima naturaleza.

La Peste es esa novela que relata de forma cruda cómo la naturaleza a través de un virus desconocido puede llegar a destruir miles de vidas, sin que la Humanidad tenga la posibilidad de hacer algo para evitarlo. Es una situación absurda e inevitable que cada ser humano tendrá que enfrentar como parte de su destino.

El modo de narración que utiliza Camus para relatar La Peste se distancia de aquel utilizado en su primera novela El Extranjero; recordemos que en esta última Mersault hablaba en primera persona y de modo introvertido –si lo analizamos psicológicamente-, mientras que en La Peste las situaciones son narradas en tercera persona centrándose en la figura del doctor Bernard Rieux, con situaciones mucho más sociales y detalladas de forma más minuciosa. Existen también más personajes que luchan por su existencia y buscan un lugar en la obra para expresar su voz: el padre Paneloux, Rambert el periodista, Grand, Michel, Jean Tarrou y Richard; son tan solo algunas de las personas que sufren y luchan contra el advenimiento y desarrollo de la peste en Orán. Sin dudarlo, pienso que la novela posiciona a Camus como uno de los más grandes escritores de la literatura existencialista y uno de los filósofos-literatos más importantes que el mundo contemporáneo haya podido concebir. A grandes rasgos, La Peste es una dramática situación que ataca inmisericorde y sin contemplaciones toda vida, no sólo humana, sino general.

El inicio de la peste en Orán

Lo que pasa actualmente en los países de América como México, Estados Unidos, Argentina y demás, podría ser similar a lo que ocurrió en el Orán de Camus, en Argel, lugar en donde una peste comenzó atacando a las ratas y luego a todos sus habitantes. Esta peste no contemplaba la situación de los individuos: mujeres, niños y ancianos, todos eran inevitables víctimas del poder de la naturaleza. Por supuesto, encontramos en personajes como Bernard Rieux y Rambert la condición humana que enfrenta este drama con resistencia, en busca de desesperadas formas de solventar la crítica situación. Todos somos igual de culpables al nacer, somos potenciales víctimas de la naturaleza, de la peste como una posibilidad de castigo divino. Nadie está exento de recibir a la muerte en cualquier momento.

Orán es una ciudad como cualquier otra: una antigua prefectura francesa en aquella época de 194… –no se precisa el año-. El narrador considera que es una ciudad fea, que en verano tiene un calor que puede llegar a ser insoportable. No es una ciudad original, por ejemplo: “Era Orán como en otras partes por falta de tiempo y de reflexión, en donde se ve uno obligado a amar sin darse cuenta”. Lo más original allí es la diferencia para encontrar la muerte. Orán es una ciudad sin vegetación, sin alma, que sirve de reposo para unos simpáticos habitantes a espaldas del mar.

El día 16 de Abril 194…, inicia el drama para Bernard Rieux y el resto de Orán. Las ratas comienzan a salir de sus nidos para morir en la superficie, emanando sangre y revolcándose agónicamente. Poco a poco las ratas aumentan su mortalidad y se van amontonando los cadáveres putrefactos en la ciudad. Para el 28 de abril, más de ocho mil ratas han muerto, mientras que la población se alarma. Para los habitantes de Orán comenzaría también la mortalidad, los síntomas se manifiestan de forma abrupta en seres inocentes. La gente vomita bilis roja, pierde sus fuerzas, la temperatura aumenta en sus cuerpos, y surgen la fiebre e inflamaciones.

La desratización (limpieza de los cadáveres de las ratas) y la primera víctima humana (el portero del pueblo), traen consigo el fin de un periodo lleno de signos desconcertantes y el comienzo de otro periodo relativamente difícil, como se verá, la peste atacando toda vida humana.

Antecedentes de la peste

Como antecedentes de esta situación están las pestes de Constantinopla con diez mil muertos; en Cantón en el siglo XIX cuarenta mil ratas mueren. La gente ha concebido las pestes como un fenómeno irreal que no puede tocarlos, por ser una circunstancia excepcional. El autor dilucida al respecto:

“Las plagas en efecto, son una cosa común pero es difícil creer en las plagas cuando las ve uno caer sobre su cabeza. Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y, sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas (…) Nuestros conciudadanos, a este respecto eran como el mundo, pensaban en ellos mismo; dicho de otro modo, eran humanidad: no creían en las plagas. La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar y no siempre pasa, y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan y los humanistas en primer lugar porque no han tomado precauciones” 

El sufrimiento de un pueblo en el exilio

La epidemia es un mal inevitable para todo habitante de Orán. Esta desgracia, alcanza cada vez más todo aspecto de la vida de los hombres, desde su más profunda intimidad hasta la vida social, para ponerlos a luchar contra todo tipo de sentimiento:

“En el momento más grave de la epidemia no se vio más que un caso en que los sentimientos humanos fueron más fuertes que el miedo a la muerte entre torturas… Así, pues, lo primero que la peste trajo a nuestros conciudadanos fue el exilio” (Pág. 61)

Implacablemente, la peste comienza a separar a los enfermos de sus seres queridos, quienes no está preparados para alejarse de su propia gente. Para esta humanidad, ahora en la más funesta desgracia, la peste es la peor de todas las prisiones, el más insoportable exilio para quien lo padece. Por su absurdo advenimiento es una situación desesperanzadora, ya no existe expectativa alguna, sólo la certeza de la muerte. En su sentir, los dolientes conciben frases desconsoladoras como esta:

“Entonces comprendíamos que nuestra separación tenía que durar y que no nos quedaba más remedio que reconciliarnos con el tiempo. Entonces aceptábamos nuestra condición de prisioneros, quedábamos reducidos a nuestro pasado, y si algunos tenían la tentación de vivir en el futuro, tenían que renunciar muy pronto, al menos, en la medida de lo posible, sufriendo finalmente las heridas que la imaginación inflige a los que se confían a ella”

En medio de su exilio, sus tormentos se conjugan con un ayer escondido y experiencias de vida confinadas en sus memorias. Sólo era clara esa certeza de que la vida tiene un inminente final, la implacable muerte. En medio de esta certeza, los dolientes persisten y se aferran a lo único que en verdad consideran importante, sus propias vidas:

“El sufrimiento profundo que experimentaban era el de todos los prisioneros y el de todos los exiliados, el sufrimiento de vivir en un recuerdo inútil. Ese pasado mismo en el que pensaban continuamente sólo tenía el sabor de la nostalgia” 

Para agravar sus penas se suman al dolor del exilio, la soledad y la falta de colaboración de los prójimos sanos. Un individualismo exacerbado se evidencia entre los que aún no contraen el virus y los afectados que luchan por una cura para sus males. Ya no hay cabida para permitirse confiar cualquier tipo de secreto. Cada quien debe ensimismarse y sufrir en silencio su propio dolor.

“En tales momentos de soledad, nadie podía esperar la ayuda de su vecino; cada uno seguía solo en su preocupación. Si alguien por casualidad intentaba hacer confidencias o decir algo de sus sufrimientos, la respuesta que recibía le hería casi siempre” 

Pese a que un mal mayor aquejaba a los exiliados, un halo de esperanza se vislumbraba en su oscurecido horizonte. El sentimiento del amor logra prevalecer en muchos de los individuos como algo personal, muy de ellos dentro de sí:

“En el egoísmo del amor les preservaba, y si pensaban en la peste era solamente en la medida en que podía poner a su separación en el peligro de ser eterna” 

El Aislamiento en La Peste y su relación con Mersault

El dolor del aislamiento que sentían los enfermos de la peste en Orán, los hacía sentirse extraños frente al mundo, como si fuesen la peor escoria que haya existido jamás. Todos los enfermos entraban en cuarentena, tomándose con ellos medidas profilácticas, siendo confinados en pabellones de seguridad. Curiosamente, esta situación puede asemejarse, de cierta manera, con la aprehensión por parte de las autoridades a Mersault, después del asesinato del árabe, en la otra aclamada obra de Camus El Extranjero. De igual manera, su protagonista estaría confinado y aislado del resto del mundo de forma, insistimos, absurda.

La intertextualidad, que es una constante en las obras de Camus, por supuesto se retrata de forma abierta en La Peste. Vemos como se hace referencia a El Extranjero en medio de la peste. Grand discute con una vendedora de tabaco sobre el episodio de Mersault, ocurrido no muy lejos de Orán.

“En medio de una conversación, la vendedora había hablado de un proceso reciente que había hecho mucho ruido en Argel. Se trataba de un joven empleado que había matado a un árabe en una playa” 

La vendedora afirmaba que era mejor ver a ese tipo de chusma en la cárcel para que la gente decente respirara. Así mismo pasa con los enfermos: hay que confinarlos para que no contagien a los sanos. Probablemente a las situaciones absurdas que enfrentó Mersault se le pudo haber sumado la posibilidad de lidiar con la peste, como otro de los absurdos momentos de su vida.
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Se podría decir muchísimo más sobre La Peste, gran libro que no se agota en una sola lectura. Cada lector debe experimentar sus contenidos para sacar conclusiones propias.  Con esta reseña he dado apenas una humilde opinión desde mi lectura de la obra, imprescindible para comprender la llamada filosofía de rebelión en Albert Camus. Dejemos como final esta bella frase que siempre me ha acompañado y que, sin duda, muchos han sentido por su tránsito en la existencia:

"Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo"

9 de enero de 2010

Albert Camus regresa a Argelia


 

Viaje imaginario del autor de 'La peste' a su país natal, 50 años después de su muerte


Hagamos una hipótesis fantástica. Si Albert Camus (1913- 1960) regresara hoy a Argelia, sería un hombre muy viejo. Alguien -un secretario, una esposa más joven que él, un idólatra, una hija- se habría encargado de las gestiones burocráticas necesarias para obtener el visado. Habrían tratado de disuadirle, pero Albert no hubiese cejado en su empeño. Aunque los trámites con la Embajada argelina fueran interminables. Aunque tuviera que rellenar cuatro veces el mismo papel. Aunque no entendiese bien por qué ha de enseñar su frasco de jarabe para los bronquios en el control de seguridad de un aeropuerto europeo. Un taxista, enviado por una institución oficial, iría a recogerle al aeropuerto de Argel y cargaría con su equipaje. En el vehículo, el taxista le advertiría: "Monsieur Camus, no salga cuando haya anochecido, no se aleje. Tenga cuidado. Este país es un lugar muy peligroso".

Al viejo Albert ya no le quedarían fuerzas para rebelarse contra las recomendaciones y sonreiría al reconocer el paisaje a través de la ventanilla. Un paisaje que para él fue sol, mar, luminosidad estridente, la patria perdida. De lejos serían iguales los edificios, con sus fachadas blancas y su rejería azul. Las mismas cortinas rayadas protegerían los interiores del sol punzante de esta ciudad que es como una fotografía sobreexpuesta a la luz. El viejo Albert sentiría el deseo purificador de darse un baño de mar, de chuparse con la punta de la lengua los redondeles de sal cristalizada sobre la piel de los brazos. Le llegaría a su ya mala memoria el retazo de una frase que en El extranjero puso en boca de Meursault justo antes de que, empujado por ese mismo sol, la misma luz, la necesidad o la inanidad, también por la tristeza, disparase contra el árabe. Albert silabea: "Comprendí que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa donde había sido feliz". Enseguida desecharía la idea del baño; no sabría bien por qué, pero no querría caer en la trampa de asociar los lugares a la felicidad, a la soledad; querría limpiarse los ojos y ver, como un niño, paisajes que ya no son lo que se recuerda, paisajes de cuya contemplación se puede prescindir, pero sin los cuales la experiencia se aloja en una especie de orfanato donde se niegan sensaciones, no estrictamente físicas, como la incertidumbre o como un miedo inoculado desde algún punto indefinible.

Al tratar de penetrar en la sombra de los portales, el viejo Camus se daría cuenta de que, en primer plano, las casas ya no son las mismas: las baldosas están rajadas; las estatuas, incompletas; los patios, sucios; de cada balcón penden tres antenas parabólicas. Oiría las llamadas de los almuédanos y definitivamente, en un segundo, reconocería lo que de antemano ya estaba claro para él: la ciudad no es la misma. En sus libros, Albert siempre había estado muy atento a los sonidos; otra vez Meursault, el extranjero, le viene a la memoria: "Reconocí por un breve instante el olor y el color de la tarde de verano. En la oscuridad de mi prisión móvil, volví a encontrar uno a uno, como desde el fondo de mi cansancio, todos los ruidos de una ciudad que amaba y de una cierta hora en la que solía sentirme contento. El grito de los vendedores de periódicos en el aire ya sosegado, los últimos pájaros en la plazoleta, el reclamo de los mercaderes de bocadillos, el lamento de los tranvías en los altos virajes de la ciudad y este rumor del cielo antes de que la noche caiga sobre el puerto, todo recomponía para mí un itinerario de ciego...". Albert, jugando a la ceguera, cerraría los ojos y volvería a escuchar la llamada a la oración. Cuando era un joven y llevaba los ojos bien abiertos, hubo cosas que no fue capaz de ver: los árabes alejados de los cines y de los paseos elegantes, los rezos a escondidas; la vasta extensión de Argelia, hacia abajo, hacia el desierto, el segundo país con mayor superficie de África. Más tarde se daría cuenta de todo y, como un profeta, temería que la independencia de aquel lugar perdido acabara en una plutocracia militar dependiente de las potencias europeas. Albert, aun con sus cataratas, ahora los ve muy bien: esos muchachos apoyados en las paredes fuman en silencio.


El ensueño sensorial


Monsieur Camus se dirigiría, en el taxi, a su habitación reservada en el hotel L'Aurassi, una gran mole inexistente en su imagen evocada de las colinas de Argel. En la habitación disfrutará de espléndidas vistas a la bahía y a la maraña de callejas serpenteantes que suben y bajan por los montículos entre una vegetación tan tupida como siempre. El mar a un lado y, de espaldas al mar, encerrada, la vida de la urbe: La Poste, la universidad en la que Albert estudió filosofía; el tumulto; un olor a panes, a pastelillos, a pescado expuesto sobre carretones de madera. El olor ácido de las mandarinas. El ensueño sensorial del nonagenario Camus se fracturaría, como la luna de un escaparate, al detenerse su chófer ante el primer control policial. Uno cada pocos kilómetros, en tramos de un país cuya cifra de muertes violentas es de casi un millón en quince años.

"La violencia, ¿de quién?", pensaría el viejo escritor, distraído de pronto por los gatos, gordos gatos, que relamen las bolsas entreabiertas de basura. Cosas tan iguales y tan diferentes, porque el anciano Albert, que ya habría obtenido el Premio Nobel por El extranjero, El mito de Sísifo, Calígula, La peste, El hombre rebelde y otros libros que ni siquiera imaginamos, se fijaría en el retrato de Zinedine Zidane -el fútbol siempre le ha interesado- en las paredes del café La Perla; también se quedaría prendido a la pantalla donde se proyectan dibujos animados de Tom y Jerry: en el centro de una plaza, todos los desocupados de Argel observan las persecuciones y las trampas del gato y del ratón. Cuesta abajo, un mar roto por las grúas del puerto y por los diques. Escalinatas que son calles.

Albert está al tanto -y no precisamente por leer la prensa-, y no le han sorprendido los grupos de jóvenes que pasan las horas apoyados en la pared mientras fuman, cesantes de todo, ni las mujeres que visten con ropas occidentales un poco pasadas de moda; otras van completamente cubiertas, y otras sólo se tapan la cabeza con un hermoso pañuelo y se pintan los ojos y lucen zapatos de tacón de aguja con los talones al aire. El viejo escritor no sabe si son una contradicción viviente, pero se prohíbe a sí mismo juzgarlas. Para él, todo sería a la vez familiar y extraño. Permanecen la kasbah, y Notre Dame de l'Afrique, y los cementerios, judío, cristiano y musulmán; lucen, modernizados, el paseo marítimo y la avenida de soportales que ahora lleva el nombre de Ernesto Che Guevara. Albert tampoco extrañaría la comida: el canard, el foie, el lapin... Bebería una copa de vino que materializaría junto a él al fantasma de su padre, el colono asentado en el departamento de Constantina que trabajó para un comerciante de vinos; el padre que murió pronto en una guerra y que dejó niño, pobre y enfermo, a Albert, susceptible a la tisis, a la fraternidad, al humanismo, al árabe invisible que reclama, desde los arrabales, su derecho a existir. El árabe que Albert -y hoy se lo reprocharía- no supo ver a tiempo.


Males propios y ajenos


Los ojos de Camus, pese al culo de vaso de vidrio de su memoria, no serían muy diferentes tal vez de mis humildes ojos y, precavido, le costaría juzgar. Comprender. No sentirse culpable de casi todos los males propios y ajenos. Recuerda que en La peste escribió: "... dando demasiada importancia a las bellas acciones, se tributa un homenaje indirecto y poderoso al mal. Pues se da a entender de ese modo que las bellas acciones sólo tienen tanto valor porque son escasas y que la maldad y la indiferencia son motores mucho más frecuentes en los actos de los hombres". Albert se olvida de lo que sigue, pero se le pone la carne de gallina cuando recupera el hilo: "El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin clarividencia puede ocasionar tantos desastres como la maldad". El viejo Camus no querría hacerlo -ya es demasiado mayor para culparse de nada-, pero no podría evitar pensar que tal vez en algún momento él fue como esos hombres de buena voluntad, como cuando hace poco se estremeció al oír un retazo de un informe sobre los desaparecidos en Argelia: secretarias, comerciantes, estudiantes, ganaderos, médicos, profesores que desaparecen de sus casas, de sus centros de trabajo, Abdelakrim, Omar, Amina, Salim, Naima y Nadjova, Hamid..., argelinos retirados de la circulación por las fuerzas de seguridad de esta nueva Argelia. Nunca más se supo de ellos ni de los tres mil expedientes que Amnistía Internacional tiene abiertos. Se los llevó la policía y a nadie le dan una razón. A Albert se le puso la carne de gallina, pero ya no tuvo fuerzas para más: desde hace mucho se siente demasiado anciano. Incluso -en ese instante lo estaría notando- para este viaje a un lugar tan difícil, este regreso que se habría empeñado en perpetrar.

A monsieur Camus, ya instalado en su terraza, la nostalgia se le tornaría en desilusión o en esperanza, o acaso en nuevas ideas sobre la libertad, la igualdad y la fraternidad. Albert miraría el mar y el espantoso monumento a los mártires, y retornaría al comienzo de una de sus novelas para darle una aplicación práctica a su extraña circunstancia de hombre resucitado para palpar un futuro no vivido. De nuevo en La peste, escribió: "El modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere". Ahora, al releerse y tratar de valorar cómo puede serle útil su pensamiento, el escritor concluye que va a costarle mucho saber cómo trabajan, cómo aman, cómo mueren estos argelinos del siglo XXI, con salarios de diez mil dinares al mes (unos cien euros), con religiones cruzadas, convicciones distintas, abandonados de la mano de Dios -por supuesto, él sigue creyendo que Dios no está aquí ni en ninguna otra parte- y de los hombres, bajo un gobierno en el que la corrupción se ha convertido en hábito. El dinero de Argelia retorna a la antigua Francia colonial, a la aséptica Suiza blanca y bancaria, a los países que no exhiben casas sucias ni rotas, al menos en el centro de sus ciudades, y Camus se preguntaría en qué consiste la independencia de una nación. Su dignidad. También decide que Grand, el personaje de La peste que reescribe continuamente el comienzo de su obra, pensaría que la palabra "cómoda" no es la más acertada en la expresión "el modo más cómodo de conocer una ciudad...". Albert está seguro de que todo es mejorable, y aunque en determinadas situaciones ha de esforzarse, conserva la fe en el género humano: el Camus muerto en accidente, pese a apoyar el proceso que conduciría a la independencia de Argelia, no tuvo tiempo de vivirla; tampoco vio La batalla de Argel, ni la reforma agraria, ni la nacionalización de la república socialista de Ben Bella, ni la deposición de éste en beneficio de Houari Boumediane, ni la suspensión del proceso electoral en el que los islamistas del FIS obtuvieron la victoria en 1991, ni el gobierno de Abdelacid Bouteflika, el actual presidente, que morirá por supuesto en París en un sanatorio especializado en el tratamiento del cáncer y en los ateísimos cuidados paliativos. El Camus resucitado piensa que, en la peste que asoló Orán en su novela, no hubo tantas víctimas como en esta otra peste que padece Argelia. Y que esta enfermedad de hoy es más grave. La plaga y el hombre tienen distintas dimensiones: aunque el hombre se crea libre, "nadie será libre mientras haya plagas".

Camus se duerme, mientras oye a los ejecutivos recorrer los pasillos. Celebran un congreso sobre estrategias de desarrollo sostenible de la energía. Gas. Petróleo. Una tierra rica en Zinc. Hierro. Plata. Cobre. Fosfatos. Se importan, sin embargo, alimentos de primera necesidad y casi todas las medicinas. Mañana, Albert partirá en avión hacia Orán. No le permiten revisitar Tipassa. No podrá ver su propia estatua allí erigida entre las ruinas de otro imperio. Razones de seguridad. Albert vuelve a sonreírse ante la idea de cómo van sucediéndose los imperios, ante la paradoja de un binomio que él declaró eje de las inquietudes éticas de la modernidad: libertad y justicia. Hoy el concepto de justicia se ha metamorfoseado extrañamente: seguridad. Seguridad y libertad. Ese grumo informe que se resuelve en devastadores procedimientos profilácticos.

En el aeropuerto de nuevo, el viejo Camus sentiría las cosquillas de un sentido que, quizás por vergüenza, no practicó mucho durante su juventud: el sentido del humor. Las mujeres árabes con sus ropajes hasta los pies, con sus pañuelos, sufren los cacheos de los controles de seguridad. Se levantan las faldas, las telas, los envoltorios. El Albert más pícaro, malintencionado, se preguntaría si es más importante el pecado o la bomba, el pudor o el estallido de un avión en pleno vuelo. Enseguida se daría cuenta de que la pregunta no tiene, en realidad, ninguna gracia.


Percepciones subjetivas


Orán es la ciudad de La peste. El anciano escritor dice para sí mismo una de sus frases: "El sol de la peste extinguía todo color y hacía huir toda dicha". Todos los entornos son agresivos cuando están enfermos e incluso Notre Dame de París se puede descomponer, como un lagrimón, después de la lectura del periódico. El viejo Albert no cree que sea sólo un problema de percepciones subjetivas. Como Tarrou, uno de sus personajes, aspira a ser un santo sin creer en Dios y a asumir la responsabilidad que le toca respecto a las penas de muerte, la segregación, los recursos esquilmados, el abandono, el vampirismo de los procesos de pseudo-descolonización, la sangría económica y humana que está en la raíz del reforzamiento del Islamismo más vesánico. París, Madrid, Nueva York son ciudades habitadas por miles de Poncios Pilatos con las manos limpísimas. Con esos ojos, el escritor llega a la plaza del Ayuntamiento de Orán, entra en la bombonera del Teatro de la ópera, se inmiscuye en los portales y pasa el dedo por el dibujo de unos azulejos para descubrir unas flores delicadas y bellísimas debajo del polvo. Antes los árabes no podían vivir en estas casas. Baja hacia el barrio español y en la plaza de la Perla se detiene ante la mezquita, a esa hora, llena de fieles. Demasiado llena de hombres descalzos que miran en dirección a La Meca y sienten un odio asentado en una carga de razones que, cada vez más, tienen que ver con ese número de muertos que parece carecer de importancia. Albert recorre la calle Madrid y coge un taxi para subir hasta la fortaleza española de la Santa Cruz y contemplar desde allí el patio de Santa María de la Peste. Las pestes han castigado Orán. Camus convierte una realidad en una metáfora que desentierra lo más real de entre las capas de arena que lo cubren. Recorre con la vista la línea de costa: las bases militares, los túneles que horadan la montaña, Mazalquivir, la posibilidad geográfica de cerrar la ciudad. Las chabolas de los emigrados de las zonas rurales se asientan sobre regueros en las pendientes de las colinas: sus moradores son las posibles víctimas de un nuevo brote de peste que, de hecho, el año pasado renació. Camus cree que, en su trabajo, sacó lo mejor de sí mismo y ya puede morir. Incluso como fantasma que regresa para ayudarnos a mirar.

Cerremos la hipótesis fantástica con la que se abría este texto. En Orán, en Argel, yo, viajero sin vocación, me dejo llevar por la fatalidad, me dejo ir sacando lo mejor de mí mismo, evito sentirme enfermo, aunque a veces la falta de comprensión y los miedos, individuales y colectivos, se somaticen. Sufro una diarrea y una noche creo que me deshidrato sin remedio, que me voy a morir. A la mañana siguiente, una mujer argelina me dice: "Tiene usted mala cara." Le explico con todo el pudor del que soy capaz la causa de mi desmadejamiento y de mi palidez. Ella baja a la calle, se acerca al mercado, me regala un paquete lleno de comino molido. Me aplica el tratamiento: "Una cucharada de comino y un vaso de agua." Me curo, absolutamente me curo, y, pese a mis prejuicios, comprendo. A la vuelta, todo mi equipaje huele a cominos.

Argelia, hoy, es la amenaza informe del terrorismo islamista: a los occidentales se nos inflaman los ganglios y contraemos la peste bubónica sin querer saber hasta qué punto somos cómplices de la enfermedad. Camus, el muerto, el resucitado, la hipótesis, me abre una ventana: "Es evidente que un hombre tiene que batirse por las víctimas. Pero si por eso deja de amar todo lo demás, ¿de qué sirve que se bata?". Después, Tarrou y Rieux, los protagonistas de La peste, se sumergen de noche en el mar.