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1 de abril de 2008

Arte y psiquiatría (II)

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Carmen Aldunate
Oleo sobre madera
130 x 175 cms

ESQUIZOFRENIA
Dr.Eduardo Durán


La esquizofrenia es la denominación a una de las enfermedades más graves y dramáticas que puede padecer el hombre: la locura.

Ser loco significa: percibir, leer, entender, sentir el mundo y su realidad de manera particular y diferente. Es la dislocación de los instrumentos mentales con los cuales operamos en la realidad.

Como experiencia es única, pero el precio es la soledad. Las alucinaciones de los sentidos que congelan el alma y las interpretaciones delirantes del entorno confunden y angustian. No hay alma gemela donde cobijarse. Es deambular solo en medio de las tinieblas.

La esquizofrenia es la mayor de las representantes de la locura. Es el desvarío mismo de la existencia.

Somos los psiquiatras quienes nos hemos preocupado de esta expresión de la locura tan tormentosa para el hombre. Y con el fin de que nos muestren otros caminos y conozcamos nuevas visiones, hemos invitado a artistas chilenos que con sensibilidad y por que no decirlo, con cierta ingenuidad, han aceptado este desafío.

Con Carmen Aldunate emprendimos esta dura tarea, comunicándonos con esquizofrénicos. En los hospitales psiquiátricos aprendimos a conocer y a percibir a los pacientes, a través de sus vivencias y sentimientos... una paciente nos clamaba su dolor aduciendo que le habían robado el esqueleto .... mire ... mire, estos huesos no son míos .... son de otra persona .... esta no soy yo ..... luego venía el llanto y el ensimismamiento completo.... otro se quejaba como le pinchaban, personajes extraños le acosaban para destruirle y robarle el cuerpo ..... otro se tapaba los oídos para no escuchar las alucinaciones de voces insultantes y ominosas.... son los gritos guturales de mi alma congelada, expresaba uno de los pacientes .....con Carmen nos hicimos parte de un otro, de un tú sufriente y malogrado, nos hicimos nosotros a costa del estremecimiento del alma. Experiencia sin igual que ha llegado a ser un hito en nuestra historia personal.

Luego vino la etapa final, traspasar esta experiencia a la tela. Carmen ocupa un formato grande, al centro una mujer en que se destaca en forma magistral la mirada, mirada perdida en la distancia, en el vacío y que a su vez está presentificada aquí, una mirada puesta en una cabeza que se escinde, que parte el alma en dos, en dos mundos propios de lo esquizo, claramente lo dividido, pero que aún no se escapa y que es. necesario retener ya, con unas manos pellizcándose los brazos, tocándose, re-encontrándose consigo misma, y a su vez con sus brazos maniatados presos de poder hacer o deshacer. Mientras clavos atraviesan dolorosamente la piel, didáctico ejemplo de las alucinaciones cenestésicas. Mujer envuelta en ropajes, portados sin erotismo alguno, y aún más, la zona genital cosida, con la prohibición de toda sexualidad. De un lazo al cinturón pende una llave, la esperanza de algún día abrir las tantas puertas que se cierran, aquí Carmen se deja llevar por un impulso lúdico, crea seis espacios, tres puertas por cada lado de la imagen central, logra un dinamismo, le agrega temporalidad a este perimundo del esquizofrénico. Puertas que se abren y se cierran, decenas de espacios y escenarios nuevos, aparecen rejas y más rejas, que van aprisionando a esta mujer, van apareciendo objetos del mundo claramente amenazantes, garras próximas al zarpazo, todo el entorno está lleno de dolor ..... y la mujer sigue impertérrita con su mirada en lontananza. Yo espectador estoy conmovido de este dolor existencias, que lo hago mío. Reconozco a ese prójimo puesto en la tela, reconozco un tú que me ofrenda su más transparente dolor, dolor que lo hago mío.

Carmen Aldunate, felicitaciones por tu cuadro, expresión artística al óleo disuelta en tus lágrimas.
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Osvaldo Peña
Escultura en Madera
105 X 205 X 50 cms.

DEPRESIÓN BIPOLAR
DR. JORGE CABRERA


La depresión bipolar, antaño denominada "enfermedad maníaco-depresiva", es un trastorno que cursa con fases de manía o euforia y depresión. La fase maníaca se caracteriza por la aparición, de un período de elevación del estado de ánimo, anormal, expansivo e irritable, de al menos una semana de duración. El ánimo elevado va de una extraordinaria capacidad de entusiasmarse hasta una exaltación desenfrenada. La irritabilidad se manifiesta con enfado cuando los que rodean al paciente no se muestran acordes con él. La elevación del ánimo se acompaña de un aumento de la autoestima o grandiosidad, una disminución de la necesidad de dormir, lenguaje verborreico, fuga de ideas, distrabilidad, agitación, e implicación excesiva en actividades placenteras que ponen en peligro su vida.

La fase depresiva es en muchos sentidos el polo opuesto de la manía. Se caracteriza por la aparición de un estado de ánimo depresivo, de una duración de al menos dos semanas, durante el cual hay una pérdida de interés o placer (anhedonia) en todas las actividades. Durante el episodio depresivo se experimentan abatimiento, inhibición de la actividad intelectual, cambios de apetito, peso y de la actividad psicomotora, falta de energía, sentimientos de infravaloración o de culpa; dificultad para concentrarse o tomar decisiones, y pensamientos recurrentes de muerte o ideación, planes o intentos suicidas. También se observan alteraciones físicas en el curso de la fase depresiva; la musculatura parece lacia, la expresión del rostro se paraliza y los movimientos se enlentecen.

La prevalencia de la depresión bipolar es de un 1 a 2%, esto es, una a dos de cada 100 personas la presentan. El cuadro con frecuencia comienza entre los 20 y los 50 años de edad, aunque también suele presentarse durante la adolescencia.

La creatividad y la depresión bipolar se asocian con frecuencia. Los estudios autobiográficos de artistas, poetas, escritores, pintores, compositores, músicos, y grandes líderes de la humanidad, muestran síntomas de este cuadro.

La evolución de esta enfermedad es extraordinariamente variable. Algunos pacientes sufren una fase maníaca o depresiva a lo largo de la vida. Sin embargo, la mayoría presentan varias fases y los intervalos libres de recidivas de la enfermedad se hacen cada vez más cortos.
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Gonzalo Cienfuegos
Técnica Mixta sobre tela 160 x 180 cms

TRASTORNO DE PÁNICO Y AGORAFOBIA


En el trastorno de pánico la ansiedad se manifiesta en la forma de ataques de angustia intensa (o pánico), repetidos, en que al menos algunos de los episodios son inesperados, es decir no se asocian a una situación desencadenante. Para las personas con trastorno de pánico, el ataque de angustia es una vivencia repentina y aterradora.

Entre los síntomas que se experimentan se encuentran dificultad para respirar, palpitaciones, sensación de atragantamiento, dolor o malestar torácico, sensación de mareo, inestabilidad o desmayo. Asimismo, pueden presentarse fenómenos de desrealización o despersonalización, temor a perder el control, enloquecer o morir. Los síntomas alcanzan su máxima intensidad en segundos o minutos, para luego desvanecerse y cesar en minutos o a lo más una hora.

Tan traumática puede ser la experiencia del ataque de angustia, que la persona puede desarrollar-una serie de conductas de evitación, las cuales pueden progresar hasta convertirse en temor a estar solo o en lugares públicos de los que le podría resultar difícil escapar o recibir ayuda (agorafobia).

El agorafóbico puede evitar estar en una muchedumbre, viajar en un vehículo o avión, transportarse en metro o bien enfrenta estas situaciones con gran sufrimiento o ansiedad por el temor a presentar un ataque de pánico. Si bien los factores psicológicos, como dificultades en la adquisición de la autonomía personal, experiencias de abandono y separaciones traumáticas pueden influir en la génesis del trastorno, la causa primaria parece ser un desequilibrio biológico que afecta al sistema nervioso central.

En el cuadro de Gonzalo Cienfuegos el hecho de que la condición se presenta preferentemente en mujeres, en proporción de dos o tres a uno, se deja adivinar. Hacia la izquierda se aprecia a una mujer, probablemente en estado grávido/puerperal, acompañada de un niño angustiado, en una actitud hiperalerta y de mirada aterrorizada, lo que habla del impacto familiar de la enfermedad y de que el trastorno se da en mujeres jóvenes, que es lo que en realidad sucede.

A la derecha, la inversión de la cabeza de la figura allí ubicada inmediatamente evoca al psiquiatra el fenómeno de la despersonalización, síntoma frecuente de ver en los panicosos. De vuelta a la izquierda, hacia el extremo, contrasta con la atmósfera del resto del cuadro una mujer intocada. Su presencia admite, entre otras, dos posibles lecturas: representa el estado de completa normalidad de muchos pacientes entre las crisis o bien nos recuerda que estamos frente a una sicopatología para la cual se dispone de tratamientos efectivos en la actualidad.

El supersticioso gesto de la mano derecha de la mujer del primer plano nos trae a la memoria la imagen de estrategias similares utilizadas por nuestros pacientes en su lucha frente a la evitación. Lo inerme del gato del tercio superior del cuadro actúa por contraste y resalta el carácter amenazante y sombrío del paisaje urbano en que el pintor, acertadamente, sitúa a los protagonistas de esta enfermedad.
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Omar Gatica
Oleo sobre Tela 140 x 170 cms


FOBIA SOCIAL

Dr. Alejandro Gómez



El fóbico social tiene un sentido desmedido de la vergüenza. Teme verse colocado en situaciones de exposición a otros, en que pueda ser criticado o humillado, por lo que intenta en lo posible evitarlas, aún en su propio desmedro. Tanto sobrevalora la crítica ajena como subvalora sus propias capacidades. Es hipersensible a la crítica, cuyos efectos serían devastadores. Por esta razón entra en situaciones sociales con una elevada ansiedad.

El fóbico social anticipa la catástrofe, y aprehensivamente busca en su propio cuerpo señales de ella. Teme que su ansiedad pueda ser percibido, por lo que una sensación (de rubor por ej.) puede desencadenar una verdadera crisis de angustia. El fóbico social teme al temor

El fóbico social probablemente presentaba rasgos de timidez en la infancia, o carecía de habilidades sociales. A partir de una experiencia traumática vivida en la niñez o adolescencia, su timidez se acrecentó adquiriendo la característica evitacional propia de lo fóbico. Es posible que los padres hayan sido experimentados como sobreprotectores y a la vez fríos, o quizás por diversas razones no fueron modelos o imágenes apropiados.
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Ernesto Banderas
Técnica mixta sobre papel Detalle Tríptico 100 x 80 c/u


BULIMIA NERVIOSA
Dr. Otto Dörr



"Bulimia" es una palabra griega que deriva de¡ "bous" (buey) y "limos" (hambre). En griego se dice que es "boulimos" aquella persona que sufre de un hambre excesiva, lo que en castellano diríamos, "hambre canina". "Hiperfagia", también una palabra griega, significa comer en exceso. Ambas palabras se usan casi como sinónimos en clínica, aunque la primera pone el acento en el deseo y la segunda en el acto de comer. Episodios aislados de bulimia y/o hiperfagia empezaron a ser observados por distintos autores desde comienzos de los años 60, tanto en mujeres que usaban inhibidores del apetito como en momentos de la evolución de una anorexia nerviosa, enfermedad esta última ya conocida desde fines del siglo pasado. La primera descripción de bulimia no como un síntoma aislado, sino como una enfermedad independiente, se debe al autor chileno Otto Dörr (1972), siendo sus características las siguientes:

1) deseo imperioso de comer grandes cantidades de alimentos, realizado lo cual la paciente se provoca vómitos; 2) estas -crisis tienden a presentarse primero en forma episódica, para terminar transformándose en una conducta permanente; 3) otras manifestaciones son: estreñimiento, abuso de laxantes y compromiso del ánimo; 4) no hay aumento ni disminución significativa del peso; 5) es posible establecer diferencias clínicas esenciales con respecto a otros síndromes psiquiátricos, 6) la personalidad previa y la estructura familiar muestra cierta similitud con lo observado en la anorexia nerviosa; sin embargo, se postula su independencia con respecto a ella, dada la falta de pérdida de peso y el carácter dual de la conducta perversa; hiperfagia seguida de vómito. Como esta publicación fue hecha en castellano, no fue conocida por la comunidad científica internacional, aceptándose durante mucho tiempo como descripción original la hecha por el inglés Gerald Russell en la revista Psychological Medicine (1979): 1) La paciente sufre de un impulso incontrolable a ingerir grandes cantidades de alimento. 2) La paciente busca la forma de evitar el alza de peso, induciéndose el vómito, abusando de laxantes o haciendo ambas cosas. 3) La paciente tiene un miedo morboso a engordar. 4) La mayoría de las pacientes se mantiene en un peso relativamente normal. En 1980 el DSM-111 (Diagnostie and Statistical Manual of Mental Disorders), de la Asociación Americana de Psiquiatras, incorporó la descripción de Russell a su clasificación, agregándole algunos síntomas complementarios, como el ánimo deprimido y el autodesprecio después de los episodios de voracidad. El DSM IV distinguió dos subtipos: el "purgativo" (con vómitos y abuso de laxantes y diuréticos) y el "no purgativo" (sólo con crisis de hiperfagia, que alternan con períodos de dicta). Otros hechos asociados a esta enfermedad son los siguientes: mayor frecuencia de abuso de alcohol, drogas y anorexígenos: alteraciones anátomo-fisiológicas tales como: compromiso de la dentadura, hipertrofia de las glándulas salivales, irregularidades menstruales y alteraciones del metabolismo electrolítico (disminución de los niveles plasmáticos de potasio, sodio y cloro).

Se trata de una enfermedad bastante nueva, casi podría decirse de la postmodernidad, que afecta a las mujeres jóvenes de los países desarrollados o en vías de desarrollo, no así a las de los países muy pobres, como los africanos, o con culturas muy diferentes, como la India. En USA la bulimia es mucho más frecuente en la población blanca que en los demás grupos étnicos. En la Anorexia Nerviosa - el otro gran trastorno de la conducta alimentaria- la incidencia y la prevalencia en los distintos países y culturas son similares a las de la bulimia, aún cuando lo que tienen en común es sólo el odio a la gordura. La AN es una enfermedad mucho más grave, porque pone en peligro la vida, siendo la preocupación de la paciente no sólo la gordura, sino la búsqueda de un cuerpo en cierto modo descarnado, que no ocupe volumen en el espacio; la bulímica, igualmente detenida en la oralidad, en cambio, a no engordar, a pesar de sus "atracones" de comida, y de paso, a alcanzar una cierta armonía corporal que cree haber perdido.

26 de marzo de 2008

Roberto Matta, Bororo, Benmayor

Matta Echaurren, Roberto (1911-2002)

Sus estudios secundarios los realiza con los jesuitas marianos del Sagrado Corazón de Jesús y de María, continúa estudios superiores en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Chile.

1933 Emigra a Europa, en París trabaja en el taller de Le Corbusier, durante su estadía Gabriela Mistral lo invita a pasar una temporada en Lisboa.

1936 Viaja a Londres, donde tiene la oportunidad de compartir con Gropius y Moholy Nagy.

1937 Regresa a París para participar en "La Exposición Internacional", trabajando en el pabellón español, allí comparte con Magritte, Picasso y Miró; por intermedio de García Lorca y de Dalí conoce a André Bretón y se incorpora al grupo surrealista.

1938 Conoce a Marcel Duchamp con quien establecerá una permanente amistad. Mientras reside en París vive con Pablo Neruda en La Roche-Guyon, participa en la exposición Internacional de Surrealismo, que se celebra en la Galería Breaux-Arts de París.

1939 Se inició la Segunda Guerra Mundial, junto con Duchamp y Tanguy deciden abandonar Europa y establecerse en Nueva York, allí ejerce una enorme influencia en los pintores jóvenes que darían vida al fenómeno de la pintura norteamericana de los í50.

1946 Visita París. Participa en la Exposición Surrealista de la Galería Maeght.

1948 Se establece nuevamente en Europa, donde es expulsado del grupo surrealista, será readmitido 11 años más tarde.

1950 Reside en Roma y Polonia.

1951 Expone en el Institute of Contemporary Art, de Londres.

1956 Pinta para la UNESCO el mural "Las dudas de tres mundos", realiza una serie de retrospectivas de su obra en Nueva York, Estocolmo y París.

1968 Visita Cuba y preside el Congreso Cultural de la Habana. Expone un discurso con el título de "La guerra interior".

1970 Realiza una exposición retrospectiva en la National Galerie de Berlín.

1970/1972 Viaja a nuestro país invitado por el Presidente Salvador Allende, trabaja en murales colectivos con la brigada "Ramona Parra".

1971 Los trabajadores de la Peugeot organizan una retrospectiva de Matta en la villa francesa de Sochaux.

1975 Participa en la Exposición itinerante "el gran Burundún-Burunda ha muerto" para apoyar la declaración del tribunal Russell sobre los crímenes de la Junta Militar en Chile, inaugurada en el Museo de Arte Moderno de México.

1982 Viaja a Nicaragua con ocasión del Congreso Interamericano sobre "Autonomía cultural de nuestra América", donde participa junto a Julio Cortázar y García Márquez.

1983 Realiza la exposición retrospectiva "Mediterráneo verbo América" en Valencia y Barcelona en España.

1990 En 27 de Agosto recibe el Premio Nacional de Arte; en Noviembre del mismo año se realiza una retrospectiva de su obra en el Museo de Bellas Artes, actualmente es considerado el mejor pintor vanguardista del mundo aún vivo.


Abrir el cubo y encontrar la vida
Autor: Roberto Matta
Técnica: Óleo sobre tela
Colección: Museo Nacional de Bellas Artes




Roberto Matta realizó estudios de arquitectura y se trasladó tempranamente a París donde se formó como artista plástico, tomando contacto no sólo con los surrealistas, sino que también con el amplio espectro de artistas de vanguardia que existían a mediados de siglo en Europa. Este hecho que no es menor a la hora de analizar su obra, dejó al artista en una posición favorable al momento de la elaboración de su discurso plástico. La posición de Matta dentro del circuito internacional y la solidez de su pintura hablan de un artista consolidado, con fuertes conexiones surrealistas y que cuenta con el privilegio de haber inventado un lenguaje visual particular. El arte de Matta se produce en la creación de signos y una visualidad originaria. "Abrir el cubo y encontrar la vida" es una obra en donde la gestualidad individual del pintor se hace presente primero en el formato antropomorfo, que significa la salida del cuadro y luego en la relación sistemática de todos los elementos presentes que se organizan como universo .
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CARLOS MATURANA, BORORO
Nació en Santiago el 10 de noviembre de 1953, de niño sintió afición por el dibujo y la pintura. Ingresó a la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile en 1972, de donde egresó como Licenciado en Artes Plásticas. Allí fue alumno del destacado artista nacional Rodolfo Opazo.
Entre 1975 y 1981 Bororo se desempeñó como profesor ayudante y profesor de Cátedras de Pintura, Dibujo y Croquis en la Facultad de Arte de la Universidad de Chile.
También se desempeñó como profesor de Taller de Color y Expresión Gráfica para la carrera de Diseño en Gastonia College (1982).
Su labor de docente continuó en el Instituto de Arte y Cultura del Colegio Médico de Chile (1983-1985) y en el Taller de Pintura "La Brocha" de la Plaza del Mulato Gil de Castro (1983-1984).
Carlos Maturana ha participado en numerosas exposiciones individuales y colectivas en Chile y el extranjero. AdeMás, ha sido becado por la Sociedad de Amigos del Arte (1977, 1980, 1981); por la Universidad de Chile en un Proyecto de Investigación Financiero (1979-1980) y por la Galería Arte Actual (1982, 1983, 1987).
Retrato
Autor: Bororo (Carlos Maturana)
Técnica: Óleo sobre tela
Colección: Museo de Arte Contemporáneo



Carlos Maturana es representante de un periodo de la pintura chilena donde se llevó a cabo una reacción a la escena de avanzada que tendía a la realización de un arte con fuertes contenidos conceptuales. Maturana y Benmayor, entre otros, respondieron con una pintura que vuelve a la materia, a los juegos pictóricos y a las temáticas frente a una postura que era organizada y regida por ideas. En "Retrato" el artista despliega su conocimiento de los elementos básicos de la pintura, conjugando la línea expresiva con la figuración.

La cazuela, 1987, Carlos Maturana (Bororo).



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SAMY BENMAYOR

Pintor chileno. Nació en Santiago el 24 de enero de 1956.
Pertenece a la Generación de los 80 integrada también por Bororo, Ismael frigerio, Omar Gatica y Jorge Tacla.
Benmayor junto a sus compañeros de Generación intentaron recuperar la pintura, el lenguaje y oficio propio de ésta, que se había perdido con la tendencia conceptual.

Samy Benmayor ha recibido el apoyo de importantes instituciones que le han otorgado becas con las que ha podido incrementar su formación artística.


Encuentro entre Circe y Odiseo (2000)

Autor: Sammy Benmayor
Técnica: Óleo y acrílico sobre tela
Colección: Museo Nacional de Bellas Artes





Dentro de las constantes en Benmayor, está la variedad de materiales que ocupa en la ejecución de la obra junto a una disposición del lienzo que fluctúa entre el exceso de materia y la ausencia total de ella. Encuentro entre Circe y Odiseo narra un momento de la leyenda griega que se representa como ilustración.

23 de marzo de 2008

Camilo Mori


Camilo Mori,  (Valparaíso, 1896 - Santiago, 1973)


Artista perteneciente a la Generación del 28.Ingresó a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile en 1914. Sus maestros fueron Juan Francisco González, Richon Brunet y Valenzuela Llanos.En 1920 viajó pensionado por el gobierno chileno a Europa. Vivió un año en Italia, al año siguiente se traslada a París, donde entabla amistad con Pablo Picasso.Perteneció un tiempo al Grupo Montparnasse, después de volver de Europa, pero se separa de él por motivos personales.En 1928 fue nombrado Subdirector del Museo Nacional de Bellas Artes, cargo que desempeña por un año, porque en 1929 fue designado por el gobierno en calidad de inspector de los artistas pensionados por el Estado en Europa.También practica la docencia en la Escuela de Arquitectura de la U. de Chile, donde fue profesor de dibujo y colorido.En 1939 realizó un mural para el pabellón de Chile en la Feria Mundial de Nueva York.En 1950 recibió el Premio Nacional de Arte.
Técnica: Oleo sobre tela Dimensiones 100 x 70 cms.
Museo Nacional de Bellas Artes. Santiago, Chile.

la viajera


En una extensa labor pictórica, Camilo Mori logró un dominio técnico destacable y una inquietud estética que se manifiesta en una evolución creadora que no descansó. Desarrolló estilos que tomados de las vanguardias de principios del siglo XX, lo hicieron transitar por el cubismo, la abstracción y el realismo. El trabajo de Mori está dominado por una mirada subjetiva guiada por la razón, una dualidad que se presenta en toda su obra. "La viajera" participa de esa dualidad conjugando amplias zonas monocromáticas que favorecen lo expresivo del retrato.

El boxeador
 Óleo sobre tela.
el boxeador
 Museo Nacional de Bellas Artes

El boxeador
 Óleo sobre tela.
el boxeador
 Museo Nacional de Bellas Artes


"El boxeador" es un ejemplo de la etapa de transición de Camilo Mori que, sin embargo, no constituye un periodo menor dentro de su obra. Mori desarrolla una pintura monumental que está basada en la valoración de los pasajes cromáticos como le llamó a las grandes zonas de color en convivencia con otras. El recurso de exagerar las formas en la figura central también es la característica de un periodo donde las influencias de las vanguardias europeas se hacían cada vez más fuertes.

12 de marzo de 2008

¿Adiós o hasta luego?


¡ADIÓS!

Las cosas que mueren jamás resucitan,
Las cosas que mueren no tornan jamás,
¡Se quiebran los vasos y el vidrio que queda
Es polvo por siempre y por siempre será!

Cuando los capullos caen de la rama
Dos veces seguidas no florecerán...
¡Las flores tronchadas por el viento impío
Se agotan por siempre, por siempre jamás!

¡Los días que fueron, los días perdidos,
Los días inertes ya no volverán!
¡Qué tristes las horas que se desgranaron
Bajo el aletazo de la soledad!

¡Qué tristes las sombras, las sombras nefastas,
Las sombras creadas por nuestra maldad!
¡Oh, las cosas idas, las cosas marchitas,
Las cosas celestes que así se nos van!

¡Corazón... silencia!... ¡Cúbrete de llagas!...
-De llagas infectas- ¡Cúbrete del mal!
¡Que todo el que llegue se muera al tocarte,
Corazón maldito que inquieras mi afán!

¡Adiós para siempre mis dulzuras todas!
¡Adiós mi alegría llena de bondad!
Oh las cosas muertas, las cosas marchitas,
Las cosas celestes que no vuelven más!...

Alfonsina Storni

4 de marzo de 2008

Dos pesos de agua Juan Bosch


Juan Bosch República Dominicana, (1909-2001)

Dos pesos de agua

La vieja Remigia sujeta el aparejo, alza la pequeña cara y dice:
—Dele ese rial fuerte a las ánimas pa que llueva, Felipa.
Felipa fuma y calla. Al cabo de tanto oír lamentar la sequía levanta los ojos y recorre el cielo con ellos. Claro, amplio y alto, el cielo se muestra sin una mancha. Es de una limpieza desesperante.
—Y no se ve nadita de nubes —comenta.
Baja entonces la mirada. Los terrenos pardos se agrietan a la distancia. Allá, al pie de la loma, un bohío. La gente que vive en él, y en los otros, y en los más remotos, estará pensando como ella y como la vieja Remigia. ¡Nada de lluvia en una sarta bien larga de meses! Los hombres prenden fuego a los pinos de las lomas; el resplandor de los candelazos chamusca las escasas hojas de los maizales; algunas chispas vuelan como pájaros, dejando estelas luminosas, caen y florecen en incendios enormes: todo para que ascienda el humo a los cielos, para que llueva... Y nada. Nada.
—Nos vamos a acabar, Remigia —dice.
La vieja comenta:
—Pa lo que nos falta.
La sequía había empezado matando la primera cosecha; cuando se hubo hecho larga y le sacó todo el jugo a la tierra, les cayó encima a los arroyos; poco a poco los cauces le fueron quedando anchos al agua, las piedras surgieron cubiertas de lama y los pececillos emigraron corriente abajo. Infinidad de caños acabaron por agotarse, otros por tornarse lagunas, otros lodazales.
Sedientos y desesperados, muchos hombres abandonaron los conucos, aparejaron caballos y se fueron con las familias en busca de lugares menos áridos.
La vieja Remigia se resistía a salir. Algún día caería el agua; alguna tarde se cargaría el cielo de nubes; alguna noche rompería el canto del aguacero sobre el ardido techo de yaguas. Algún día...

Desde que se quedó con el nieto, después que se llevaron al hijo en una parihuela, la vieja Remigia se hizo huraña y guardadora. Pieza a pieza fue juntando sus centavos en una higera con ceniza. Los centavos eran de cobre. Trabajaba en el conuquito, detrás de la casa, sembrando maíz y frijoles. El maíz lo usaba en engordar los pollos y los cerdos; los frijoles servían para la comida. Cada dos o tres meses reunía los pollos más gordos y se iba a venderlos. Cuando veía un cerdo mantecoso, lo mataba; ella misma detallaba la carne y de las capas extraía la grasa; con ésta y con los chicharrones se iba también al pueblo. Cerraba el bohío, le encarbaba a un vecino que le cuidara lo suyo, montaba el nieto en el potro bayo y lo seguía a pie. En la noche estaba de vuelta.
Iba tejiendo su vida así, con el nieto colgado en el corazón.
—Pa ti trabajo, muchacho —le decía—. No quiero que pases calores, ni que te vayas a malograr, como tu taita.
El niño la miraba. Nunca se le oía hablar, y aunque apenas alzaba una vara del suelo, madrugaba con su machete bajo el brazo y el sol le salía sobre la espalda, limpiando el conuco.
La vieja Remigia tenía sus esperanzas. Veía crecer el maíz, veía florecer los frijoles; oía el gruñido de sus puercos en la pocilga cercana; contaba las gallinas al anochecer, cuando subían a los palos. Entre días descolgaba la higuera y sacaba los cobres. Había muchos, llegó también a haber monedas de plata de todos tamaños.
Con un temblor de novia en la mano, Remigia acariciaba su dinero y soñaba. Veía al muchacho en tiempo de casarse, bien montado en brioso caballo alazano, o se lo figuraba tras un mostrador, despachando botellas de ron, varas de lienzo, libras de azúcar. Sonreía, tornaba a guardar su dinero, guindaba la higuera y se acercaba al nieto, que dormía tranquilo.
Todo iba bien, bien. Pero sin saberse cuándo ni cómo se presentó aquella sequía. Pasó un mes sin llover, pasaron dos, pasaron tres. Los hombres que cruzaban por delante de su bohío la saludaban diciendo:
—Tiempo bravo, Remigia.
Ella aprobaba en silencio. Acaso comentaba:
—Prendiendo velas a las ánimas pasa esto.
Pero no llovía. Se consumieron muchas velas y se consumió también el maíz en sus tallos. Se oían crujir los palos; se veían enflaquecer los caños de agua; en la pocilga empezó a endurecerse la tierra. A veces se cargaba el cielo de nubes; allá arriba se apelotonaban manchas grises; bajaban de las lomas vientos húmedos, que alzaban montones de polvo...
—Esta noche sí llueve, Remigia
—aseguraban los hombres que cruzaban.
—¡Por fin! Va a ser hoy —decía una mujer.
—Ya está casi cayendo —confiaba un negro.
La vieja Remigia se acostaba y rezaba: ofrecía más velas a las ánimas y esperaba. A veces le parecía sentir el roncar de la lluvia que descendía de las altas lomas. Se dormía esperanzada; pero el cielo amanecía limpio como ropa de matrimonio.
Comenzó la desesperación. La gente estaba ya transida y la propia tierra quemaba como si despidiera llamas. Todos los arroyos cercanos habían desaparecido; toda la vegetación de las lomas había sido quemada. No se conseguía comida para los cerdos; los asnos se alejaban en busca de mayas; las reses se perdían en los recodos, lamiendo raíces de árboles; los muchachos iban a distancias de medio día a buscar latas de agua; las gallinas se perdían en los montes, en procura de insectos y semillas.
—Se acaba esto, Remigia. Se acaba —lamentaban las viejas.
Un día, con la fresca del amanecer, pasó Rosendo con la mujer, los dos hijos, la vaca, el perro y un mulo flaco cargado de trastos.
—Yo no aguanto, Remigia; a este lugar le han hecho mal de ojo.
Remigia entró en el bohío, buscó dos monedas de cobre y volvió.
—Tenga; préndamele esto de velas a las ánimas en mi nombre —recomendó.
Rosendo cogió los cobres, los miró, alzó la cabeza y se cansó de ver cielo azul.
—Cuando quiera, váyase a Tavera. Nosotros vamos a parar un rancho allá, y dende agora es suyo.
—Yo me quedo, Rosendo. Esto no puede durar.
Rosendo volvió el rostro. Su mujer y sus hijos se perdían ya en la distancia. El sol parecía incendiar las lomas remotas

El muchacho se había puesto tan oscuro como un negro. Un día se le acercó:
—Mamá, uno de los puerquitos parece muerto.
Remigia se fue a la pocilga. Anhelantes, resecas las trompas, flacos como alambres, los cerdos gruñían y chillaban. Estaban apelotonados, y cuando Remigia los espantó vio restos de un animal. Comprendió: el muerto había alimentado a los vivos. Entonces decidió ir ella misma en busca de agua para que sus animales resistieran.
Echaba por delante el potro bayo; salía de madrugada y retornaba a medio día. Incansable, tenaz, silenciosa, Remigia se mantenía sin una queja. Ya sentía menos peso en la higuera; pero había que seguir sacrificando algo para que las ánimas tuvieran piedad. El camino hasta el arroyo más cercano era largo; ella lo hacía a pie, para no cansar la bestia. El potro bayo tenía las ancas cortantes, el pescuezo flaco, y a veces se le oían chocar los huesos.
El éxodo seguía. Cada día se cerraba un nuevo bohío. Ya la tierra parda se resquebrajaba; ya sólo los espinosos cambronales se sostenían verdes. En cada viaje el agua del arroyo era más escasa. A la semana había tanto lodo como agua; a las dos semanas el cauce era como un viejo camino pedregoso, donde refulgía el sol. La bestia, desesperada, buscaba donde ramonear y batía el rabo para espantar las moscas.
Remigia no había perdido la fe. Esperaba las señales de lluvia en el alto cielo.
—¡Ánimas del Purgatorio! —clamaba de rodillas—. ¡Ánimas del Purgatorio! ¡Nos vamos a morir achicharrados si ustedes no nos ayudan!
Días más tarde el potro bayo amaneció tristón e incapaz de levantarse; esa misma tarde el nieto se tendió en el catre, ardiendo en fiebre. Remigia se echó afuera. Anduvo y anduvo, llamando en los distantes bohíos, levantando los espíritus.
—Vamos a hacerle un rosario a San Isidro —decía.
—Vamos a hacerle un rosario a San Isidro —repetía.
Salieron una madrugada de domingo. Ella llevaba el niño en brazos. La cabeza del muchacho, cargada de calenturas, pendía como un bulto del hombro de su abuela. Quince o veinte mujeres, hombres y niños desharrapados, curtidos por el sol, entonaban cánticos tristes, recorriendo los pelados caminos. Llevaban una imagen de la Altagracia; le encendían velas; se arrodillaban y elevaban ruegos a Dios. Un viejo flaco, barbudo, de ojos ardientes y acerados, con el pecho desnudo, iba delante golpeándose el esternón con la mano descarnada, mirando a lo alto y clamando:

¡San Isidro Labrador!
¡San Isidro Labrador!
Trae el agua y quita el sol,
¡San Isidro Labrador!


Sonaba ronca la voz del viejo. Detrás, las mujeres plañían y alzaban los brazos.
Ya se habían ido todos. Pasó Rosendo, pasó Toribio con una hija medio loca; pasó Felipe; pasaron unos y otros. Ella les dio a todos para las velas. Pasaron los últimos, una gente a quienes no conocía; llevaban un viejo enfermo y no podían con su tristeza; ella les dio para las velas.
Se podía tender la vista sin tropiezos y ver desde la puerta del bohío el calcinado paisaje con las lomas peladas al final; se podían ver los cauces secos de los arroyos.
Ya nadie esperaba lluvia. Antes de irse los viejos juraban que Dios había castigado el lugar y los jóvenes que tenía mal de ojo.
Remigia esperaba. Recogía escasas gotas de agua. Sabía que había que empezar de nuevo, porque ya casi nada quedaba en la higuera, y el conuco estaba pelado como un camino real. Polvo y sol; sol y polvo. La maldición de Dios, por la maldad de los hombres, se había realizado allí; pero la maldición de Dios no podía acabar con la fe de Remigia.

***

En su rincón del Purgatorio, las ánimas, metidas de cintura abajo entre las llamas voraces, repasaban cuentas. Vivían consumidas por el fuego, purificándose; y, como burla sangrienta, tenían potestad para desatar la lluvia y llevar el agua a la tierra. Una de ellas, barbuda, dijo:
—¡Caramba! ¡La vieja Remigia, de Paso Hondo, ha quemado ya dos pesos de velas pidiendo agua!
Las compañeras saltaron vociferando:
—¡Dos pesos, dos pesos!
Alguna preguntó:
—¿Por qué no se le ha atendido, como es costumbre?
—¡Hay que atenderla! —rugió una de ojos impetuosos.
—¡Hay que atenderla! —gritaron las otras.
Se corría la voz, se repetían el mandato:
—¡Hay que mandar agua a Paso Hondo! ¡Dos pesos de agua!
—¡Dos pesos de agua a Paso Hondo!
—¡Dos pesos de agua a Paso Hondo!
Todas estaban impresionadas, casi fuera de sí, porque nunca llegó una entrega de agua a tal cantidad; ni siquiera a la mitad, ni aun a la tercera parte. Servían una noche de lluvia por dos centavos de velas, y cierta vez enviaron un diluvio entero por veinte centavos.
—¡Dos pesos de agua a Paso Hondo! —rugían.
Y todas las ánimas del Purgatorio se escandalizaban pensando en el agua que había que derramar por tanto dinero, mientras ellas ardían metidas en el fuego eterno, esperando que la suprema gracia de Dios las llamara a su lado.

***

Abajo, en Paso Hondo, se nubló el cielo. Muy de mañana Remigia miró hacia oriente y vio una nube negra y fina, tan negra como una cinta de luto y tan fina como la rabiza de un fuete. Una hora después inmensas lomas de nubes grises se apelotonaron, empujándose, avanzando, ascendiendo. Dos horas más tarde estaba oscuro como si fuera de noche.
Llena de miedo, con el temor de que se deshiciera tanta ventura, Remigia callaba y miraba. El nieto seguía en el catre, calenturiento. Estaba flaco, igual que un sonajero de huesos. Los ojos parecían salirle de cuevas.
Arriba estalló un trueno. Remigia corrió a la puerta. Avanzando como caballería rabiosa, un frente de lluvia venía de las lomas sobre el bohío. Ella sonrió de manera inconsciente; se sujetó las mejillas, abrió desmesuradamente los ojos. ¡Ya estaba lloviendo!
Rauda, pesada, cantando broncas canciones, la lluvia llegó hasta el camino real, resonó en el techo de yaguas, saltó el bohío, empezó a caer en el conuco. Sintiéndose arder, Remigia corrió a la puerta del patio y vio descender, apretados, los hilos gruesos del agua; vio la tierra adormecerse y despedir un vaho espeso. Se tiró afuera, rabiosa.
—¡Yo sabía, yo lo sabía, yo lo sabía! —gritaba a voz en cuello.
—¡Lloviendo, lloviendo! —clamaba con los brazos tendidos hacia el cielo—. ¡Yo lo sabía!
De pronto penetró en la casa, tomó al niño, lo apretó contra su pecho, lo alzó, lo mostró a la lluvia.
—¡Bebe, muchacho; bebe, hijo mío! ¡Mira agua, mira agua!
Y sacudía al nieto, lo estrujaba; parecía querer meterle dentro el espíritu fresco y disperso del agua.

***

Mientras afuera bramaba el temporal, soñaba adentro Remigia.
—Ahora —se decía—, en cuanto la tierra se ablande, siembro batata, arroz tresmesino, frijoles y maíz. Todavía me quedan unos cuartitos con que comprar semillas. El muchacho se va a sanar. ¡Lástima que la gente se haya ido! Quisiera verle la cara a Toribio, a ver qué pensaría de este aguacero. Tantas rogaciones, y sólo me van a aprovechar a mí. Quizá vengan agora, cuando sepan que ya pasó el mal de ojo.
El nieto dormía tranquilo. En Paso Hondo, por los secos cauces de los arroyos y los ríos, empezaba a rodar agua sucia; todavía era escasa y se estancaba en las piedras. De las lomas bajaba roja, cargada de barro; de los cielos descendía pesada y rauda. El techo de yaguas se desmigajaba con los golpes múltiples del aguacero. Remigia se adormecía y veía su conuco lleno de plantas verdes, lozanas, batidas por la brisa fresca; veía los rincones llenos de dorado maíz, de arroz, frijoles, de batatas henchidas. El sueño le tornaba pesada la cabeza.
Y afuera seguía bramando la lluvia incansable.

***

Pasó una semana; pasaron diez días, quince... Zumbaba el aguacero sin una hora de tregua. Se acabaron el arroz y la manteca; se acabó la sal. Bajo el agua tomó Remigia el camino de Las Cruces para comprar comida. Salió de mañana y retornó a media noche. Los ríos, los caños de agua y hasta las lagunas se adueñaban del mundo, borraban los caminos, se metían lentamente entre los conucos. Una tarde pasó un hombre. Montaba mulo pesado.
—¡Ey, don! —llamó Remigia.
El hombre metió la cabeza del animal por la puerta.
—Bájese pa que se caliente —invitó ella.
La montura se quedó a la intemperie.
—El cielo se ta cayendo en agua —explicó él al rato. —Yo como usté dejaba este sitio tan bajito y me diba pa las lomas.
—¿Yo dirme? No, hijo. Horita pasa este tiempo.
—Vea —se extendió el visitante—, esto es una niega. Yo las he visto tremendas, con el agua llevándose animales, bohíos, matas y gente. Horita se crecen todos los caños que yo he dejado atrás, contimás que ta lloviéndoles duro en las cabezadas.
—Jum… Peor que esto fue la seca, don. Todo el mundo le salió huyendo, y yo la aguanté.
—La seca no mata, pero el agua ahoga, doña. Todo eso —y señaló lo que él había dejado a la puerta— ta anegado. Como tres horas tuve esta mañana sin salir de un agua que me le daba en la barriga al mulo.
El hombre hablaba con voz pausada, y sus ojos grises, atemorizados, vigilaban el incesante caer de la lluvia.
Al anochecer se fue. Mucho le rogó Remigia que no cogiera el camino con la oscuridad.
—Dispué es peor, doña. Van esos ríos y se botan...
Remigia se fue a atender al nieto, que se quejaba débilmente.

***

Tuvo razón el hombre. ¡Qué noche, Dios! Se oía un rugir sordo e inquietante; se oían retumbar los truenos; penetraban los reflejos de los relámpagos por las múltiples rendijas.
El agua sucia entró por los quicios y empezó a esparcirse en el suelo. Bravo era el viento en la distancia, y a ratos parecía arrancar árboles. Remigia abrió la puerta. Un relámpago lejano alumbró el sitio de Paso Hondo. ¡Agua y agua! Agua aquí, allá, más lejos, entre los troncos escasos, en los lugares pelados. Debía descender de las lomas y en el camino real se formaba un río torrentoso.
—¿Será una niega? —se preguntó Remigia, dudando por vez primera.
Pero cerró la puerta y entró. Ella tenía fe; una fe inagotable, más que lo que había sido la sequía, más que lo sería la lluvia. Por dentro, su bohío estaba tan mojado como por fuera. El muchacho se encogía en el catre, rehuyendo las goteras.
A medianoche la despertó un golpe en una esquina de la vivienda. Se fue a levantar, pero sintió agua hasta casi las rodillas. Bramaba afuera el viento. El agua batía contra los setos del bohío.
¡Ay de la noche horrible, de la noche anegada! Venía el agua en golpes; venía y todo lo cundía, todo lo ahogaba. Restalló otro relámpago, y el trueno desgajó pedazos de oscuro cielo.
Remigia sintió miedo.
—¡Virgen Santísima! —clamó—. ¡Virgen Santísima, ayúdame!
Pero no era negocio de la Virgen, ni de Dios, sino de las ánimas, que allá arriba gritaban:
—¡Ya va medio peso de agua! ¡Ya va medio peso!

***

Cuando sintió el bohío torcerse por los torrentes, Remigia desistió de esperar y levantó al nieto. Se lo pegó al pecho; lo apretó, febril; luchó con el agua que le impedía caminar; empujó, como pudo, la puerta y se echó afuera. A la cintura llevaba el agua; y caminaba, caminaba. No sabía adónde iba. El terrible viento le destrenzaba el cabello, los relámpagos verdeaban en la distancia. El agua crecía, crecía. Levantó más al nieto. Después tropezó y tornó a pararse. Seguía sujetando al niño y gritando:
—¡Virgen Santísima, Virgen Santísima!
Se llevaba el viento su voz y la esparcía sobre la gran llanura líquida.
—¡Virgen Santísima, Virgen Santísima!
Su falda flotaba. Ella rodaba, rodaba. Sintió que algo le sujetaba el cabello, que le amarraban la cabeza. Pensó:
—En cuanto esto pase siembro batata.
Veía el maíz metido bajo el agua sucia. Hincaba las uñas en el pecho del nieto.
—¡Virgen Santísima!
Seguía ululando el viento, y el trueno rompía los cielos. Se le quedó el cabello enredado en un tronco espinoso. El agua corría hacia abajo, hacia abajo, arrastrando bohíos y troncos. Las ánimas gritaban, enloquecidas:
—¡Todavía falta; todavía falta! ¡Son dos pesos, dos pesos de agua! ¡Son dos pesos de agua!


22 de febrero de 2008

¡Diles que no me maten! - Juan Rulfo (México, 1917-1986)

Juan Rulfo
AOriginalmente publicado en la revista América Nº 66, agosto, 1951


El Llano en llamas,(1953)


¡Diles que no me maten!


-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.

-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.

-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.

-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.

-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.

-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.

Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:

-No.

Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.

Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:

-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?

-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:

Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó  el pasto para sus animales.

Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.

Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:

-Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.

Y él contestó:

-Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.

Y me mató un novillo.

Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.

Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.

Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me avisaban:
"-Por ahí andan unos fureños, Juvencio.

"Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida."

Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. "Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz".

Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.

Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.

Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.

Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.

Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.

Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.

Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.

Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: "Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos", iba a decirles, pero se quedaba callado. "Más adelantito se los diré", pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de  vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.

Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.

Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.

Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.

Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:

-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.

Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres  oscurecidos por el color negro de la noche.

-Mi coronel, aquí está el hombre.

Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:

-¿Cuál hombre? -preguntaron.

-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.

-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro.

-¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.

-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.

-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.

-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.

-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.

Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:

-Ya sé que murió -dijo-. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:

-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.

"Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.

"Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca".

Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:

-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!

-¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates...!

-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.

-...Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!.

Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.

En seguida la voz de allá adentro dijo:

-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.

Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y  había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.

Lo echó encima del burro. Lo apretó bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le  metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.

-Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.

FIN

19 de febrero de 2008

Jorge Luis Borges- La intrusa

Borges, poco habla de amor en su obra, tal vez pensaba que era un tema muy sentimental, o de fácil acceso.

Esta es una de las historias mas crueles que haya escrito Borges.

La intrusa

Por Jorge Luis Borges
(El informe de Brodie - 1970)

2 Reyes, I, 26

Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Moran. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor.


En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas durmieron en catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hoja corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio los temía a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se sabe ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes.


Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno era contar con dos enemigos.

Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristian llevó a vivir con él a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucia en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados, bastaba que alguien la mirara para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.


Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos.


Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado al palenque. En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo: -Yo me voy a una farra en lo de Farias. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, úsala.
El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía qué hacer, Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.


Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban, razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.


Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián.

La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto.

Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serian las cinco de la mañana cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristian cobró la suma y la dividió después con el otro.

En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la maraña (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristián se fue a Morón; en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristián le dijo:

-De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano.

Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos.

Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los Nilsen era muy grande -¡quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido!- y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que había traído la discordia.
El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo:

-Vení; tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los cargué, aprovechemos la fresca.

El comercio del Pardo quedaba, creo, más al Sur; tomaron por el Camino de las Tropas; después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche. Orillaron un pajonal; Cristian tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro:

-A trabajar, hermano. Después nos ayudaran los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con sus pilchas. Ya no hará más perjuicios.

Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro vínculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.

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Notas:

1.- Empiezo a releer La Intrusa, digo, y tropiezo -como hará todo lector que comience por el principio- con la referencia bíblica, que sin duda debe tener alguna importancia en el relato, puesto que Borges ahí la dejó: 2 Reyes 1, 26. Sorpresa: El primer capítulo del segundo libro de Reyes, en cuyo versículo 26 debía hallar yo la respuesta a mis inquietudes, termina en el 18. Imagino entonces que acaso todo se deba a un juego borgiano: se refiere una cita inexistente. Al final encontré:
La versión de la Septuaginta de la Biblia, une 1 y 2 Samuel mas 1 y 2 Reyes, en 1 Reyes a 4 Reyes, por lo tanto 2 Samuel en la Biblia actual corresponde 2 Reyes en la Septuaginta, al buscar en 2 Samuel, 1, 26 dice: "
Angustiado estoy por ti, hermano mío Jonatás. Tú eras para mí especialmente amable. Tu amistad me era más dulce que el amor de las mujeres".Entonces se aclara todo, Borges utilizó la versión Septuaginta de la Biblia. Esta cita aclara el sentido del cuento, que por mantener la amistad entre hermanos, se puede llegar al asesinato. Existen otras versiones, algunos comentaristas opinan que se trata de un error, que nunca fue corregido. Otros, que Borges lo colocó deliberadamente para evitarse problemas con la Iglesia Católica, por la posible interpretación homosexual del versículo. Esta última interpretacion sugiere que el amor entre Los Nilsen era homosexual. Pero todos están de acuerdo, en el versículo citado en 2 Samuel 1, 26.

2.- De otra parte, hay también en el cuento de Borges una mención del episodio más conocido de Caín y Abel, en Génesis 4: "Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los Nilsen era muy grande...". De la unión de esos dos polos, el del amor fraternal en Reyes con el del odio fraternal en Génesis, proviene el modelo para el desarrollo del cuento.

3.- Creo conveniente reproducir una anécdota que Borges le contó a Richard Burgin y que repite Emir Rodríguez Monegal en Jorge Luis Borges.
A Literary Biography (458). Tiene que ver con el hecho de que Borges, que a esas alturas estaba completamente ciego, no escribió él, con su propia mano, el cuento que ahora nos ocupa sino que lo dictó. Se lo dictó a su madre, a la severa doña Leonor Acevedo Suárez, a quien lo que ella oía le pareció odioso en extremo, pero que estoicamente se resignó a ponerlo sobre el papel. Pero he aquí que Borges declara también, en esa misma entrevista, que él tenía dudas acerca de cómo resolver el problema del final feroz de la historia y que fue su señora madre quien lo sacó de ese atolladero -de un atolladero que no es sólo técnico. Se refiere a los parlamentos últimos, sin duda los más crudos de todo el relato, y que como vemos le pertenecen a la victorianísima doña Leonor

13 de febrero de 2008

Una Mujer Admirable


RITA LEVI-MONTALCINI,
NEURÓLOGA


Rita Levi-Montalcini nació en Turín Italia el 22 de abril de 1909 y obtuvo la licenciatura en Medicina doctorándose en Neurocirugía. Por su ascendencia judía se vio obligada a abandonar Italia poco antes del comienzo de la II guerra mundial. Emigró a Estados Unidos en donde trabajó en el Laboratorio Viktor Hamburger del Instituto de Zoología de la Universidad de Washington en Saint Louis.

Sus trabajos, conjuntos con Stanley Cohen, sirvieron para descubrir que las células sólo comienzan a reproducirse cuando reciben la orden de hacerlo, orden que es trasmitida por unas sustancias llamadas factores de crecimiento.

Obtuvo el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en el año 1986 que compartió con Stanley Cohen

En la actualidad se desempeña como senadora vitalicia, designada por el presidente italiano Carlo Azeglio Ciampi.

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Entrevista otorgada... el 22/12/2005


Menuda, enjuta, afable y señorial, esta leyenda viva de la ciencia del siglo XX . Impresiona su energía, la viveza de su discurso, su celeridad en las respuestas. Lamenta que la vista le falle para leer, pero se alegra de que el resto le funcione muy bien, lo que atribuye al buen estado de sus circuitos neuronales.

-¿Cómo celebrará sus 100 años?

- Ah, no sé si viviré, y además no me placen las celebraciones. ¡Lo que me interesa y me da placer es lo que hago cada día!

-¿Y qué hace?

- Trabajo para becar a niñas africanas para que estudien y prosperen ellas y sus países. Y sigo investigando, sigo pensando...

- No se jubila.

- ¡Jamás! ¡La jubilación está destruyendo cerebros! Mucha gente se jubila, y se abandona... Y eso mata su cerebro. Y enferma.

- ¿Y cómo anda su cerebro?

- ¡Igual que a mis 20 años! No noto diferencia en ilusiones ni en capacidad. Mañana vuelo a un congreso médico...

- Pero algún límite genético habrá...

- No. Mi cerebro pronto tendrá un siglo..., pero no conoce la senilidad. El cuerpo se me arruga, es inevitable, ¡pero no el cerebro!

- ¿Y viviré más años?

- Vivirá mejor los años que viva, que eso es lo interesante. La clave es mantener curiosidades, empeños, tener pasiones...

- La suya fue la investigación científica...

- Sí, y sigue siéndolo.

- Descubrió cómo crecen y se renuevan las células del sistema nervioso...

- Sí, en 1942: lo llamé nerve growth factor (NGF, factor de crecimiento nervioso), y durante casi medio siglo estuvo en entredicho, ¡hasta que se reconoció su validez y en 1986 me dieron por ello el premio Nobel!

- ¿Cómo fue que una chica italiana de los años veinte se convirtió en neurocientífica?

- Desde niña tuve el empeño de estudiar. Mi padre quería casarme bien, que fuese buena esposa, buena madre... Y yo me negué. Me planté y le confesé que quería estudiar...

- Qué disgusto para papá, ¿no?

- Sí. Pero es que yo no tenía una infancia feliz: me sentía patito feo, tonta y poca cosa... Mis hermanos mayores eran muy brillantes, y yo me sentía tan inferior...

- Veo que convirtió eso en un estímulo...

- Me estimuló también el ejemplo del médico Albert Schweitzer, que estaba en África para paliar la lepra. Deseé ayudar a los que sufren, ¡ése era mi gran sueño...!

- La religión ¿frena el desarrollo cognitivo? (del conocimiento)

- Si la religión margina a la mujer frente al hombre, la aparta del desarrollo cognitivo.

- ¿Existen diferencias entre el cerebro del hombre y el de la mujer?

- Sólo en las funciones cerebrales relacionadas con las emociones, vinculadas al sistema endocrino. Pero en cuanto a las funciones cognitivas, no hay diferencia alguna.

- Y lo ha hecho..., con su ciencia.

- Y, hoy, ayudando a niñas de África para que estudien. Luchemos contra la enfermedad, sí, ¡pero todo mejorará si acaba la opresión de la mujer en esos países.

- ¿Por qué todavía hay pocas científicas?

- ¡No es así! ¡Muchos hallazgos científicos atribuidos a hombres los hicieron en verdad sus hermanas, esposas e hijas

- ¿De veras?

- No se admitía la inteligencia femenina, y la dejaban en la sombra. Hoy, felizmente, hay más mujeres que hombres en la investigación científica: ¡las herederas de Hipatia!

- La sabia alejandrina del siglo IV...

- Ya no acabaremos asesinadas en la calle por monjes cristianos misóginos, como ella. Desde luego, el mundo ha mejorado algo...

- Nadie ha intentado asesinarla a usted...

- Durante el fascismo, Mussolini quiso imitar a Hitler en la persecución de judíos..., y tuve que ocultarme por un tiempo. Pero no dejé de investigar: monté mi laboratorio en mi dormitorio... ¡y descubrí la apoptosis, que es la muerte programada de las células!

- ¿Por qué hay tan alto porcentaje de judíos entre científicos e intelectuales?

- La exclusión fomentó entre los judíos los trabajos intelectivos: pueden prohibírtelo todo, ¡pero no que pienses! Y es cierto que hay muchos judíos entre los premios Nobel...

- ¿Cómo se explica usted la locura nazi?

- Hitler y Mussolini supieron hablar a las masas, en las que siempre predomina el cerebro emocional sobre el neocortical, el intelectual. ¡Manejaron emociones, no razones!

- ¿Sucede eso ahora?

- ¿Por qué cree que en muchas escuelas de Estados Unidos se enseña el creacionismo en vez del evolucionismo?

- ¿La ideología es emoción, es sinrazón?

- La razón es hija de la imperfección. En los invertebrados todo está programado: son perfectos. ¡Nosotros, no! Y, al ser imperfectos, hemos recurrido a la razón, a los valores éticos: ¡discernir entre el bien y el mal es el más alto grado de la evolución darwiniana!

- ¿Nunca se ha casado, no ha tenido hijos?

- No. Entré en la jungla del sistema nervioso ¡y quedé tan fascinada por su belleza que decidí dedicarle todo mi tiempo, mi vida!

- ¿Lograremos un día curar el alzheimer, el parkinson, la demencia senil...?

- Curar... Lo que lograremos será frenar, retrasar, minimizar todas esas enfermedades

- ¿Cuál es hoy su gran sueño?

- Que un día logremos utilizar al máximo la capacidad cognitiva de nuestros cerebros.

- ¿Cuándo dejó de sentirse patito feo?

- ¡Aún sigo consciente de mis limitaciones!

- ¿Qué ha sido lo mejor de su vida?

- Ayudar a los demás.

- ¿Qué haría hoy si tuviese 20 años?

- ¡Pero si estoy haciéndolo!

9 de febrero de 2008

Caja Romana Carlos López Degregori

Cajas, Claudio Bravo , Pintor Chileno

Caja Romana

Me trajeron de Roma una caja vacía.
Para que encierres milagros,me dijeron, camaleones
quizás te ayuden a cambiar
porque deben ustedes saber que siempre he sido cruel
y desertor y anodino.
Pesaba.
La cerradura era de sangre.
Las esquinas reforzadas de perfecto
metal.
Y no tenía fondo: paredes interminables oscurecidas de
saliva,
respiración, murmullos entrecortados
pero de quién.

No la abras, me ordenaron.
Conténtate con mirar por el ojo marchito.
Ocúltala si quieres. Húndela como un sacrificio postrero
en el perdido lamentable mar.
Siempre la contemplo. Extiendo mi mano y simulo
una caricia:
Entonces me precipito vencido
y espero temblando un nuevo día.
Hasta que me canse cartero y deba partir a medianoche
continuaré guardando cajas
pero de quién.

Carlos López Degregori nació en Lima, en 1952. Sus poemas figuran en importantes antologías peruanas e hispanoamericanas.