Me ven ahora

23 de abril de 2009

"Los Pocillos"-Mario Benedetti- Dia del libro


Los pocillos



Los pocillos eran seis: dos rojos, dos negros, dos verdes, y además importados, irrompibles, modernos. Habían llegado como regalo de Enriqueta, en el último cumpleaños de Mariana, y desde ese día el comentario de cajón había sido que podía combinarse la taza de un color con el platillo de otro. "Negro con rojo queda fenomenal", había sido el consejo estético de Enriqueta. Pero Mariana, en un discreto rasgo de independencia, había decidido que cada pocillo sería usado con su plato del mismo color.

"El café ya está pronto. ¿Lo sirvo?", preguntó Mariana. La voz se dirigía al marido, pero los ojos estaban fijos en el cuñado. Este parpadeó y no dijo nada, pero José Claudio contestó: "Todavía no. Esperá un ratito. Antes quiero fumar un cigarrillo". Ahora sí ella miró a José Claudio y pensó, por milésima vez, que aquellos ojos no parecían de ciego. La mano de José Claudio empezó a moverse, tanteando el sofá. "¿Qué buscás?" preguntó ella. "El encendedor". "A tu derecha". La mano corrigió el rumbo y halló el encendedor. Con ese tembló: que da el continuado afán de búsqueda, el pulgar hizo girar varias veces la ruedita, pero la llama no apareció. A una distancia ya calculada, la mano izquierda trataba infructuosamente de registrar la aparición del calor. Entonces Alberto encendió un fósforo y vino en su ayuda. "¿Por qué no lo tirás?" dijo, con una sonrisa que, como toda sonrisa para ciegos, impregnaba también las modulaciones de la voz. "No lo tiro porque le tengo cariño. Es un regalo de Mariana".

Ella abrió apenas la boca y recorrió el labio inferior con la punta de la lengua. Un modo como cualquier otro de empezar a recordar. Fue en marzo de 1953, cuando él cumplió treinta y cinco años y todavía veía. Habían almorzado en casa de los padres de José Claudio, en Punta Gorda, habían comido arroz con mejillones. y después se habían ido a caminar por la playa. El le había pasado un brazo por los hombros y ella se había sentido protegida, probablemente feliz o algo semejante. Habían regresado al apartamento y él la había besado lentamente, amorosamente, como besaba antes. Habían. inaugurado el encendedor con un cigarrillo que fumaron a medias.

Ahora el encendedor ya no servía. Ella tenia poca confianza en los conglomerados simbólicos, pero, después de todo, ¿qué servía aún de aquella época?

"Este mes tampoco fuiste al médico", dijo Alberto.
"¿Querés que te sea sincero?. "Claro."
"Me parece una idiotez de tu parte."
"¿Y para qué voy a ir? ¿Para oírle decir que tengo una salud de roble, que mi hígado funciona admirablemente, que mi corazón golpea con el ritmo debido, que mis intestinos son una maravilla? ¿Para eso querés que vaya? Estoy podrido de mi notable salud sin ojos."

La época anterior a la ceguera. José Claudio nunca había sido un especialista en la exteriorización de sus emociones, pero Mariana no se ha olvidado de cómo era ese rostro antes de adquirir esta tensión, este presentimiento. Su matrimonio había tenido buenos momentos, eso no podía ni quería ocultarlo. Pero cuando estalló el infortunio, él se había negado a valorar su 'amparo, a refugiarse en ella. Todo su orgullo se concentró en un silencio terrible, testarudo, un silencio que seguía siendo tal, aun cuando se rodeara de palabras. José Claudio había dejado de hablar de sí.

"De todos modos deberías ir", apoyó Mariana. "Acordate de lo que siempre te decía Menéndez". "Cómo no que me acuerdo: Para Usted No Está Todo Perdido. Ah, y otra frase famosa: La Ciencia No Cree En Milagros. Yo tampoco creo en milagros."
"¿Y por qué no aferrarte a una esperanza? Es humano".
"¿De veras?" Habló por el costado del cigarrillo.

Se había escondido en sí mismo. Pero Mariana no estaba hecha para asistir, simplemente para asistir, a un reconcentrado. Mariana reclamaba otra cosa. Una mujercita para ser exigida con mucho tacto, eso era. Con todo, había bastante margen para esa exigencia; ella era dúctil. Toda una calamidad que él no pudiese ver; pero ésa no era la peor desgracia. La peor desgracia era que estuviese dispuesto a evitar, por todos los medios a su alcance, la ayuda de Mariana. El menospreciaba su protección. Y Mariana hubiera querido --sinceramente, cariñosamente, piadosamente- protegerlo.

Bueno, eso era antes; ahora no. El cambio se había operado con lentitud. Primero fue un decaimiento de la ternura. El cuidado, la atención, el apoyo, que desde el comienzo estuvieron rodeados por un halo constante de cariño, ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía siendo eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba manteniéndose solícita. Después fue un temor horrible frente a la posibilidad de una discusión cualquiera. El estaba agresivo, dispuesto siempre a herir, a decir lo más duro, a establecer su crueldad sin posible retroceso. Era increíble como hallaba siempre, aun en las ocasiones menos propicias, la injuria refinadamente certera, la palabra que llegaba hasta el fondo, el comentario que marcaba a fuego. Y siempre desde lejos, desde muy atrás de su ceguera, como si ésta oficiara de muro de contención para el incómodo estupor de los otros.

Alberto se levantó del sofá y se acercó al ventanal.

"Qué otoño desgraciado", dijo. "¿Te fíjaste?". La pregunta era para ella.
"No", respondió José Claudio. "Fíjate vos por mí".

Alberto la miró. Durante el silencio, se sonrieron. Al margen de José Claudio, y sin embargo a propósito de él. De pronto Mariana supo que se había puesto linda. Siempre que miraba a Alberto, se ponía linda. El se lo había dicho por primera vez la noche del veintitrés de abril del año pasado, hacía exactamente un año y ocho días: una noche en que José Claudio le había gritado cosas muy feas, y ella había llorado, desalentada, torpemente triste, durante horas y horas, es decir hasta que había encontrado el hombro de Alberto y se había sentido comprendida y segura. ¿De dónde extraería Alberto esa capacidad para entender a la gente? Ella hablaba con él, o simplemente lo miraba, y sabía de inmediato que él la estaba sacando del apuro. "Gracias", había dicho entonces. Y todavía ahora, la palabra llegaba a sus labios directamente desde su corazón, sin razonamientos intermediarios, sin usura. Su amor hacia Alberto había sido en sus comienzos gratitud, pero eso (que ella veía con toda nitidez) no alcanzaba a depreciarlo. Para ella., querer había sido siempre un poco agradecer y otro poco provocar la gratitud. A José Claudio, en los buenos tiempos, le había agradecido que él. tan brillante, tan lúcido, tan sagaz, se hubiera fijado en ella, tan insignificante. Había fallado en lo otro, en eso de provocar la gratitud, y había fallado tan luego en la ocasión más absurdamente favorable, es decir, cuando él parecía necesitarla más.

A Alberto, en cambio, le agradecía el impulso inicial, la generosidad de ese primer socorro que la había salvado de su propio caos, y, sobre todo, ayudado a ser fuerte. Por su parte, ella había provocado su gratitud, claro que sí. Porque Alberto era un alma tranquila, un respetuoso de su hermano, un fanático del equilibrio, pero también, y en definitiva, un solitario. Durante años y años, Alberto y ella habían mantenido una relación superficialmente cariñosa, que se detenía con espontánea discreción en los umbrales del tuteo y sólo en contadas ocasiones dejaba entrever una solidaridad algo más profunda. Acaso Alberto envidiara un poco la aparente felicidad de su hermano, la buena suerte de haber dado con una mujer que él consideraba encantadora. En realidad, no hacía mucho que Mariana había obtenido la confesión de que la imperturbable soltería de Alberto se debía a que toda posible candidata era sometida a una imaginaria y desventajosa comparación.

"Y ayer estuvo Trelles", estaba diciendo José Claudio; "a hacerme la clásica visita adulona que el personal de la fábrica me consagra una vez por trimestre. Me imagino que lo echarán a la suerte y el que pierde se embroma y viene a verme".

"También puede ser que te aprecien", dijo Alberto, "que conserven un buen recuerdo del tiempo en que los dirigías, que realmente estén preocupados por tu salud. No siempre la gente es tan miserable como te parece de un tiempo a esta parte".

"Qué bien. Todos los días se aprende algo nuevo". La sonrisa fue acompañada de un breve resoplido, destinado a inscribirse en otro nivel de ironía.

Cuando Mariana había recurrido a Alberto, en busca de protección, de consejo, de cariño, había tenido de inmediato la certidumbre de que a su vez estaba protegiendo a su protector, de que él se hallaba tan necesitado de amparo como ella misma, de que allí, todavía tensa de escrúpulos y quizá de pudor, había una razonable desesperación de la que ella comenzó a sentirse responsable. Por eso, justamente, había provocado su gratitud, por no decírselo con todas las letras, por simplemente dejar que él la envolviera en su ternura acumulada de tanto tiempo atrás, por sólo permitir que él ajustara a la imprevista realidad aquellas imágenes de ella misma que había hecho transcurrir, sin hacerse ilusiones, por el desfiladero de sus melancólicos insomnios. Pero la gratitud pronto fue desbordada. Como si todo hubiera estado dispuesto para la mutua revelación, como si sólo hubiera faltado que se miraran a los ojos para confrontar y compensar sus afanes, a los pocos días lo más importante estuvo dicho y los encuentros furtivos menudearon. Mariana sintió de pronto que su corazón se había ensanchado y que el mundo era nada más que eso: Alberto y ella.

"Ahora sí podés calentar el café", dijo José Claudio, y Mariana se inclinó sobre la mesita ratona para encender el mecherito de alcohol. Por un momento se distrajo contemplando los pocillos. Sólo había traído tres, uno de cada color. Le gustaba verlos así, formando un triángulo.

Después se echó hacia atrás en el sofá y su nuca encontró lo que esperaba: la mano cálida de Alberto, ya ahuecada para recibirla. Qué delicia, Dios mío. La mano empezó a moverse suavemente y los dedos largos, afilados, se introdujeron por entre el pelo. La primera vez que Alberto se había animado a hacerlo, Mariana se había sentido terriblemente inquieta, con los músculos anudados en una dolorosa. contracción que le había impedido disfrutar de la caricia. Ahora estaba tranquila y podía disfrutar. Le parecía que la ceguera de José Claudio era una especie de protección divina.

Sentado frente a ellos, José Claudio respiraba normalmente, casi con beatitud. Con el tiempo, la caricia de Alberto se había convertido en una especie de rito y, ahora mismo, Mariana estaba en condiciones de aguardar el movimiento próximo y previsto. Como todas las tardes la mano acarició el pescuezo, rozó apenas la oreja derecha, recorrió lentamente la mejilla y el mentón. finalmente se detuvo sobre los labios entreabiertos. Entonces ella, como todas las tardes, besó silenciosamente aquella palma y cerró por un instante los ojos. Cuando los abrió, el rostro de José Claudio era el mismo. Ajeno, reservado, distante. Para ella, sin embargo, ese momento incluía siempre un poco de temor.

Un temor que no tenía razón de ser, ya que en el ejercicio de esa caricia púdica, riesgosa, insolente, ambos habían llegado a una técnica tan perfecta como silenciosa.
"No lo dejes hervir, dijo José Claudio.

La mano de Alberto se retiró y Mariana volvió a inclinarse sobre la mesita. Retiró el mechero, apagó la llamita con la tapa de vidrio, llenó los pocillos directamente desde la cafetera.

Todos los días cambiaba la distribución de los colores. Hoy sería el verde para José Claudio, el negro para Alberto, el rojo para ella. Tomó el pocillo verde para alcanzárselo a su marido, pero, antes de dejarlo en sus manos, se encontró además, con unas palabras que sonaban más o menos así: "No, querida. Hoy quiero tomar en el pocillo rojo".


(1959)
De "MONTEVIDEANOS"

12 comentarios:

  1. a mi profe de taller le encanta Benedetti , es Su Maestro!!

    cosas de gusto , lo que es a mi sólo me gustan sus poemas , su prosa no me llama la atención jajja sorry:=)

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  2. Solamente se puede decir MAGISTRAL!!!!

    Cariños

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  3. Mariana:
    Aparenta sumisión, pero es capaz de engañar al marido con su cuñado.
    Rasgos de independencia, en pequeñas decisiones domésticas.
    Se sintió insignificante, y agradecida de que José Claudio se fijara en ella.
    Se presenta como dúctil, pero a la vez exige un trato cuidadoso, con mucho tacto.
    Es eficiente, pero no disfruta mantenerse solícita.
    Ha devenido de ser una esposa cariñosa, atenta, a una que sólo actúa en forma mecánica.
    Se siente con José Claudio, incomprendida e insegura.
    Se mueve en el juego del amor entre querer y agradecer, provocar gratitud en los seres a quienes ama.
    Piensa que la gente que la rodea, (su marido, su cuñado), también al igual que ella necesita protección.
    Ya rota la barrera del pudor, cuando está en adulterio consumado, se muestra tan segura que es capaz de dejarse acariciar por el amante delante del marido (supuestamente ciego). Se siente hasta cómoda con la situación, que espera a la caricia del amante, repetida como en un rito todos los días a la hora del café.
    Sin ser completamente plano, este Personaje tiene un desarrollo dentro de sus mismas características iniciales, que lo que hace es que confirman su dependencia, su inclinación a que quiere sentirse segura, bien sea con el marido y después con el amante. Se comporta más con la emoción que con las ideas. Actúa siguiendo un ritmo emotivo, que la lleva a no plantearse si su actitud es o no correcta.
    José Claudio: Sus características:
    El autor no los presenta como brillante, sagaz, lúcido. Aunque esas características nos las enumeran y no las vemos sino en algunos destellos.
    Se ha convertido desde un hombre cariñoso, que sabía besar, acariciar, proteger (aunque no particularmente abierto a expresar emociones), al taciturno hombre que no habla de sí mismo y que desde el infortunio de quedar ciego, no acepta la ayuda ni la protección de la esposa, es más la menosprecia y se comporta como un resentido, falto de esperanzas, irónico.
    Después de la ceguera se volvió hasta agresivo, hiriente, dispuesto a proferir injurias.
    No se sabe lo que piensa porque se esconde detrás de ese mundo mudo y ciego. Sus arrebatos devienen en ironía, ordenes, desesperanza.
    Conclusión:
    Si tomamos en cuenta que este personaje ha sufrido un cambio en el modo cómo ahora se tiene que enfrentar al mundo, es decir, privado de la vista; su actitud ante él tiene por fuerza que ser diferente. Toma su infortunio de la peor manera y se convierte en un amargado e irónico. Este cambio, sin embargo, se nos muestra más evidente, que en el caso de Mariana. Aquí José Claudio, nos parece a veces que está representando el papel de ciego, más que serlo de verdad. Trata de dejar la duda, a veces con sus frases irónicas "Todos los días se aprende algo nuevo"; "Estoy podrido con mi notable salud sin ojos”; "Fíjate vos por mí" o con la clave del final:"No, querida, hoy quiero tomar en el pocillo rojo".

    Alberto:Solitario, tranquilo, equilibrado, generoso, dispuesto a socorrer a Mariana, a la cual considera alguien especial y encantadora.
    Capaz de entender a la gente, tolerante, mediador, calmado, con la palabra justa.
    Tierno, enamorado desde siempre de Mariana, no necesito sino que ella se le acercara para pedirle protección, consejo, para sacar sus sentimientos a relucir.
    Conclusión:
    No tiene mayor transformación durante el relato. Sus emociones controladas, permanecen igual. Es hasta frío, engañar delante de sus propias narices, con su propia mujer y no sentir o demostrar el más mínimo sentimiento de culpa o de remordimiento. Un personaje que permanece en un solo plano.
    Otras consideraciones:
    En este relato con situaciones melodramáticas, propias de las historias intimas dónde lo que se ventilan son los sentimientos, y más que ideas que dejen algo en el ánimo del lector, vemos un desfile de emociones en cada uno de los personajes. Allí se trata entre otras el desamor, el desprecio, la inseguridad, el resentimiento, la desesperanza, el desamparo.
    En relación a la fidelidad monogámica cómo elemento de construcción del relato, pienso que es en realidad el hilo conductor de la historia. De eso se trata, de cómo un hecho infortunado, la ceguera que le deviene al marido, hace que se trastoquen los valores. La esposa se vuelve infiel porque se siente dejada de lado, y la destinataria del resentimiento y agresividad del marido. Por otra parte ese mismo hecho hace que el hermano, al sentirse necesitado por la esposa, se olvide del más elemental principio de "No codiciaras la mujer de otro" y que sin miramientos él lo transgreda, y para mayor culpa, con la mujer de su hermano.
    La consideración final es que deja como la duda de si en realidad el personaje de José Claudio estaba o no ciego. La respuesta a ello nos lleva a la relectura minuciosa en búsqueda de algún dato o indicio, y aún encontrando los mismos, (pensó por milésima vez, que aquellos ojos no parecían de ciego; a una distancia ya calculada, la mano izquierda…) ellos son vagos y la duda persiste. De eso también se trata, del final inesperado, imprevisible.

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  4. Bienvenido amigo, se nota que has estado de descanso, yo aun no...

    Vamos a ver, lo descrito esta maravillosamente llevado, cuando vi la extensión, me dije dame paciencia...

    Pero según iba avanzando, te va enganchando y de que modo, pero al mismo tiempo me empecé a sentir mal y perdí el interés...

    Aun llegando al final y luego leyendo lo que has dejado en el comentario, es una obra desarrollada pefectamete...

    Pero hay algo que me puede y me dice que no es correcto y ahí me quedo por muy buena que sea...

    Lo que intenta el escritor es llegar y engancharte, de acuerdo lo ha conseguido, pero la temática que ha usado, conmigo no va...

    No me voy a extender más, abiertamente que lo podría hacer, pero seria ponerme al descubierto y no me merece la pena por causas tan absurdas, creado por una mente que Te lo quiere hacer ver de ese modo.

    Te dejo un abrazo y una sonrisa, para que compartas alegría con los que aprecias y te aprecian.

    ¡¡FELIZ FIN DE SEMANA!!

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  5. Ulysses
    Me he dado cuenta que tienes mal el link de mi Blog. Volví a Blogger entonces es:
    http://aposentosnegros.blogspot.com/

    En el link que tienes aparece otra cosa. Por si lo quieres corregir.
    Saludos

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  6. Mis respetos al Gran Benedetti. Grandioso texto. Besos, cuidate.

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  7. ahora son parte de mis vidas <3 los amo

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  8. hola por favor me podrían ayudar con unas preguntas sobre el cuento los pocillos
    ¿por que se titula así?¿por que es tan importante para la obra?

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