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4 de diciembre de 2008

Borges y Neruda:Una secreta relación literaria



Por cartas que lamentablemente no se conservan, ambos poetas se hicieron amigos e intercambiaron textos que se encuentran en revistas de uno y otro lado de la cordillera. A treinta años de la muerte de Neruda, recordamos una amistad literaria olvidada.

Por Roberto Alifano Director revista Proa 28 de Septiembre de 2003

Si se los mira bajo el espectro de la política, fueron, en apariencia, dos mundos opuestos, inconciliables. Neruda era militante comunista y una de sus grandes preocupaciones era la cuestión social; provenía de una familia humilde, hijo de un ferroviario que conducía su tren por el lluvioso sur de Chile. Borges había nacido en un hogar de aristócratas venidos a menos; de muchacho tuvo un fugaz paso por la izquierda, del que luego se avergonzó. En España, hacia 1921, escribió un libro que no llegó a publicar, Los salmos rojos, y un poema titulado "Rusia", en el que celebra la revolución bolchevique; ya viejo, curiosamente, se afilió al Partido Conservador, "por aburrimiento", se justificaba. Era hijo de un abogado de ideas anarquistas spencerianas y descendía de militares, héroes de la guerra de la independencia. Pero Neruda y Borges eran esencialmente poetas, habían nacido poetas y desde jóvenes empezaron a darse a conocer. Jóvenes también, a través de la poesía tuvieron noticias el uno del otro y no tardaron en relacionarse

Cartas que vienen y van

Atravesar el Atlántico para llegar a Europa era hacia la década del veinte menos imposible que el cruce de los Andes para llegar a Chile. La cordillera era un muro difícil de superar y los viajes de chilenos y argentinos no eran frecuentes. El hábito epistolar, que la mayoría de la gente cultivaba, era la forma ideal de comunicarse. Por cartas, que lamentablemente no se conservan, ambos poetas se hicieron amigos e intercambiaron textos que se encuentran en revistas de uno y otro lado de la cordillera. "En la tertulia de Rafael Cansinos-Assens, que se hacía en Madrid en el café Colonial, conocí a un muchacho chileno llamado Salvador Reyes - me contó Borges­. Cuando regresamos a nuestros países nos seguimos escribiendo. Reyes me presentó por carta a Alberto Rojas Jiménez, que fue mi gran amigo epistolar; luego él me presentó a Pablo Neruda, con el que también nos carteamos durante un largo período". Las revistas Proa y Claridad dan testimonio de esa, casi secreta, relación literaria.

El oro de los tigres

Entre los años 1970 y 1973, durante el gobierno de la Unidad Popular, estuve radicado en Santiago de Chile como corresponsal de un diario argentino. Hacia fines de 1971, ya declarada la enfermedad que lo llevaría a la muerte, Pablo Neruda regresó de Francia, donde era embajador, para quedarse definitivamente en su país. Durante esos últimos años lo frecuenté en su casa de Isla Negra. En una de esas visitas le llevé un libro de Borges, que acababa de recibir de Buenos Aires, El oro de los tigres. Neruda lo tomó con cierta indiferencia y descalificó el título: "Las obsesiones de Borges... - murmuró- . Raro título para un libro de poemas". Pero pocos días después, en otra visita, me recibió entusiasmado para hablarme con admiración de ese libro. "Hay que rescatarlo como poeta - me dijo- . Es un maestro de la palabra; escucha este soneto conmovedor: ¿Dónde estará mi vida, la que pudo/ Haber sido y no fue, la venturosa/ O la de triste horror esa otra cosa/ Que pudo ser la espada o el escudo". Se refería al soneto "Lo perdido". Se detuvo después en el poema "El amenazado", y lo leyó en voz alta, marcando el acierto del verso final: "Me duele una mujer en todo el cuerpo". Señaló luego, casi como al pasar, las diferencias políticas que los distanciaban. "Hace poco pasé por Buenos Aires y lo quise saludar, pero él se negó; es una lástima que sea tan reaccionario", se lamentó. Pero ese Neruda, menos ortodoxo que en otras épocas, creía en el fondo, en curiosa coincidencia con Borges, que las opiniones políticas son quizá lo menos importante en un escritor. "Fuimos amigos cuando éramos muchachos ­agregó con nostalgia­. Nos escribimos durante un largo tiempo y nos publicamos nuestros poemas. Yo comenté su primer libro en la revista Claridad, que hacíamos los estudiantes de la Universidad de Chile. A principios de los años treinta, cuando fui cónsul en Buenos Aires, nos conocimos en casa de Oliverio Girondo, pero la relación no funcionó", concluyó Pablo, y agregó luego con ironía: "Claro, cómo nos íbamos a entender: Borges era un anarquista de derecha y yo un anarquista de izquierda".

En el número 2 de la segunda época de la revista Proa, en 1924, Borges publica un comentario sobre los "Veinte poemas de amor y una canción desesperada". "Entre la nueva generación poética de Chile, Pablo Neruda es uno de los dos o tres valores que se han definido ya y cuya obra ha de perdurar. Adolescente aún, viene del sur de la República y publica en Santiago su primer libro de poemas: 'Crepusculario'. La aparición del libro lo consagra sin réplicas. Muchos de los jóvenes le siguen e imitan (...). Si 'Crepusculario' le valió un nombre destacado en la República, los 'Veinte poemas' le colocará muy alto entre los líricos modernos de lengua hispana. Y Pablo Neruda alcanza el vértice más luminoso al cumplir los veinte años".

Más tarde, en la revista Claridad, que la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile publicó entre 1920 y 1926, Pablo Neruda, con el seudónimo de Sashka, comentó el primer libro de Borges, "Fervor de Buenos Aires", calificándolo a su autor como "una de las voces líricas más originales de la joven poesía de nuestra América".

La revista Proa, en su segunda época entre 1924 y 1926, dirigida por Jorge Luis Borges, Ricardo Güiraldes, Pablo Rojas Paz y Alfredo Brandán Caraffa, alcanzó quince números. En el número 14, de diciembre del año 1925, aparece una colaboración de Pablo Neruda, "Poesía escrita de noche", que podemos considerar como un anticipo ­aún desfocalizado­ de lo que pocos años después consolidará en el libro "Residencia en la tierra". Ya ha quedado atrás el insuperable romanticismo amatorio de los Veinte poemas..., y Neruda con un espíritu experimental y bajo el influjo del surrealismo escribe una poesía alucinada, menos intimista que pretendidamente vanguardista, con metáforas audaces y sorprendentes. "Yo veo dirigirse el viento con propósito seguro/ como una flor que debe perfumar;/ abro el otoño taciturno, visito el lugar de los naufragios/ en el fondo del cielo de súbito aparecen los pájaros como letras". Ese Neruda, colaborador de Proa, alcanzará la cúspide de su poesía no mucho tiempo después con esa concatenación de imágenes alegóricas, vindicadas por Paul Eluard, donde símbolo y forma se conciben como inseparables de la intuición artística, logrando su máxima expresión poética.Borges, entre tanto, por otro camino, alcanzará también en esa época de juventud, con sus libros "Fervor de Buenos Aires" y "Luna de enfrente", una intensidad poética celebrada por maestros de la palabra como Ramón Gómez de la Serna, Francisco Luis Bernárdez y el ya reconocido joven poeta Pablo Neruda.

Evocaciones de Borges
De regreso en Buenos Aires, en 1973, tuve el privilegio de colaborar con Borges durante un largo tiempo, de ser amanuense del poeta ciego. Le conté una mañana aquella conversación que tuvimos con Neruda, cuando le hice llegar su libro "El oro de los tigres", y el entusiasmo que le despertó su poesía. "Yo también lo respeto y lo admiro a Neruda; fue un gran poeta, sobre todo un gran poeta del amor. Los veinte poemas es una de las obras mayores de todos los tiempos de la poesía amatoria", me respondió Borges. Refirió después un episodio que le ocurrió en París poco antes de obtener Neruda el Premio Nobel de Literatura. Un periodista le preguntó si consideraba justo que se lo otorgaran a él ese año. Borges respondió que teniendo la lengua castellana dos poetas como Jorge Guillén y Pablo Neruda, lo correcto era que el Premio Nobel se lo dieran a uno de ellos. "Neruda fue elegido y yo me puse muy contento", concluyó Borges. Consideraba también que "era lícito" que la política fuera uno de sus recursos poéticos. "Si la poesía prevalece y el comunismo le sirve de estímulo e inspiración, sin convertirse en algo panfletario, está muy bien." En otra oportunidad, con su humor tan particular, lo oí responderle a un defensor del verso libre que "si uno no toma la precaución de ser un Whitman o un Neruda, es preferible escribir respetando las formas clásicas de la poesía."

Cosas en común

Las coincidencias literarias entre Neruda y Borges no se limitaban a la entrega de ambos a la poesía; una larga lista de cosas en común se entrecruzan en las preferencias de estos dos creadores. En primer término están Shakespeare y Whitman. Uno de los retratos que acompañó a Neruda durante toda su vida fue la del vate norteamericano, que se destacaba en su lugar de trabajo. Borges tradujo "Hojas de hierba" y, aunque poco aficionado a coleccionar libros, atesoraba en su biblioteca una edición de Whitman, impresa en el siglo diecinueve, heredada de su padre y que algunas veces mostraba con orgullo. Don Francisco de Quevedo era considerado por ambos como el gran poeta de la lengua. "Es el padre de los poetas", le oí decir a Neruda. Y Borges confesaba que no concebía un solo día de la vida sin pensar en Quevedo. Ambos eran devotos lectores de la literatura policial y consideraban a Edgar Allan Poe el creador del género. Chesterton y Conan Doyle figuraban entre sus autores predilectos. En la década del cincuenta Borges y Bioy Casares crearon la colección "El séptimo círculo", donde editaron a los principales autores del género policial. Neruda fue uno de los asiduos lectores de esa serie. Pero las preferencias comunes no concluyen aquí, ambos frecuentaron autores clásicos como Homero, Virgilio, Catulo, Dante y tantos otros grandes de la literatura de todas las épocas.Varias amigas en común también los unían. Las hermanas Bombal, en primer término. En una grabación que aún conservo, Pablo me contó su relación con ellas. María Luisa, según él, era la más talentosa y extravagante. "Las conocí de muchacho en Temuco. Solían venir en las vacaciones de verano, escandalizando al pueblo. Pelo cortado a la garçonne y vestidas a la moda de París." Borges, alguna vez recordó así su relación con las hermanas Bombal: "Fui muy amigo de ellas. María Luisa tenía talento literario, era una gran escritora, injustamente desconocida; "La amortajada" es una breve obra maestra."En los años veinte, los hermanos Borges habían sido también amigos de las hermanas Del Carril. Norah y Jorge Luis, las recordaban siempre con afecto y en especial unas vacaciones que habían compartido en las sierras de la provincia de Córdoba. "Fui más amigo de Adelina, la mujer de Ricardo Güiraldes, que de Delia, que fue la mujer de Neruda - me dijo Borges- . Delia, antes estuvo casada con un banquero, Adán Dihel, un personaje bastante extravagante, que construyó un hotel en Formentor, en las Islas Baleares. Güiraldes viajó algunas veces allí; yo fui invitado también. Delia quería hacer una comunidad de artistas; pero después no sé en qué quedó todo eso. Ella se separó de Dihel y la propiedad creo que se vendió". Rojas Giménez Las cartas, como ya señalamos, no se han conservado. En Chile, Neruda, Rojas Giménez y Salvador Reyes ­los interlocutores epistolares de Borges­ llevaban por esa época un estilo de vida bohemio, casi sin domicilio fijo, lo que hizo que la correspondencia se traspapelara o se perdiera definitivamente. "La vida transcurría por aquellos años de pensión en pensión ­recordaba Neruda en sus memorias­. Llegado a Santiago tuve que buscar en pleno invierno, dando tumbos por las calles, un sitio donde alojarme. Lo encontré en una lavandería. En esa casa y en esa habitación pasé un tiempo; pero todo era transitorio y debí seguir deambulando por otras pensiones." Borges, en Buenos Aires, jamás conservó cartas. "Yo nunca tuve agenda ni archivo y mi epistolario fue muy breve y disparejo y no lo conservo", me confesó una vez. Ese descuido lo tuvo también con casi todos los originales de sus libros, que fueron olvidados en los cajones de viejos muebles e irremediablemente se perdieron; los que se conservan fueron salvados por editores o alguna amiga, alcanzando en nuestros días una alta cotización en el mercado coleccionista (El manuscrito de El Aleph, que conservó la escritora Estela Canto, una de sus novias, fue comprado por la Biblioteca Nacional de Madrid en casi veinticinco mil dólares, en los años ochenta).Pero el amigo epistolar con el que Borges mantuvo una prolongada relación fue Alberto Rojas Giménez. "Él fue mi gran amigo chileno. La última carta me llegó una semana antes de su trágica muerte ­recordaba Borges­. Durante más diez años nos escribimos al menos una vez al mes. A través de él yo estaba al tanto de lo que ocurría en la literatura chilena. Qué curioso, nunca llegamos a conocernos personalmente; los viajes no eran fáciles por esos tiempos. Rojas Giménez estuvo varias veces a punto de venir a Buenos Aires, y alguna vez yo le prometí ir a Santiago, pero no era nada fácil cruzar la cordillera entonces."Alberto Rojas Giménez falleció en 1934 y sus colaboraciones en Prisma y Proa se remontan a principios de los años veinte.Borges siempre tuvo en su recuerdo el nombre de Alberto Rojas Giménez. "Era un excelente poeta ­me dijo en otra oportunidad­. Yo publiqué en Proa algunos poemas de Carta-Océano, antes de que apareciera el libro." Gran memorioso, Borges recordaba muchos versos de Rojas Giménez: "Adolescencia acodada al marco de las ventanas./ Comenzó por entonces la canción que hoy continúo./ Era la vieja historia del arcoiris y la palabra amor"; y el comienzo de otro poema: "Tu gesto era dulce y triste/ cuando hablabas de tu infancia." "Mi memoria conserva muchos versos de Rojas Giménez. Cuando viajó a París escribió unas crónicas muy lindas, que yo hice publicar en Buenos Aires, en la revista Nosotros; Rojas Giménez era además un excelente prosista." Borges recordaba los nombres de otros integrantes de la revista Claridad: Romeo Murga, Armando Ulloa, Rosamel del Valle y Humberto Díaz Casanueva; con este último también había mantenido correspondencia. No sabemos si se conservan algunas de esas cartas.

19 de noviembre de 2008

Encuesta 100 latinoaméricanos mas influyentes en la cultura


Clasificación definitiva de los 100 personajes latinoamericanos que más han influido en la cultura latinoamericana:

Según una encuesta hecha por Antena 3 en votación popular, no todos estarán de acuerdo con todos los nombrados.

1) Pablo Neruda
2) Gabriel García Márquez
3) Vinicius de Moraes
4) Octavio Paz
5) Andrés Bello
6) Jorge Luis Borges
7) Rubén Darío
8) Rómulo Gallegos
9) Gabriela Mistral
10) Simón Bolívar
11) Miguel Ángel Asturias
12) Carlos Gardel
13) Raúl García Zárate
14) Oscar Niemeyer
15) Juanes
16) Alejo Carpentier
17) Frida Kahlo
18) Augusto Roa Bastos
19) Julio Jaramillo
20) Franz Tamayo
21) Astor Piazzolla
22) Antonio Carlos Jobim
23) Alfonso Reyes
24) Arturo Uslar Pietri
25) José María Figueres Ferrer
26) Quino
27) Jorge Amado
28) María Isabel Granda Larco
29) Pedro Henríquez Ureña
30) Eugenio María de Hostos
31) Mercedes Sosa
32) Cecilia Meireles
33) Fernando Botero
34) Violeta Parra
35) José Martí
36) Machado de Assis
37) Ernesto Guevara
38) Rigoberta Menchú
39) Miguel Hidalgo
40) Tarsila do Amaral
41) Julio Cortázar
42) Francisco José de Caldas
43) Roque Dalton García
44) Jesús Soto
45) João Gilberto
46) Benito Juárez
47) Víctor Jara
48) Gonzalo Arango
49) Mario Moreno
50) Joaquín Torres García
51) José Carlos Mariátegui La Chira
52) Francisco de Paula Santander
53) Jorge Negrete
54) Froylán Turcios
55) Ricardo J. Alfaro
56) Mário de Andrade
57) Domingo Faustino Sarmiento
58) Justo Arosemena
59) Policarpa Salavarrieta
60) Oswaldo Guayasamín
61) Shakira
62) Augusto César Sandino
63) Pelé
64) Paulo Coelho
65) Juan Carlos Onetti
66) José Antonio Abreu
67) José Vasconcelos Calderón
68) Mario Vargas Llosa
69) Juan Luis Guerra Sijes
70) Roman Chalbaud
71) Julia de Burgos
72) Carlos Mérida
73) Juan Diego Flórez Salom
74) José Hernández
75) Manuel Elkin Patarroyo
76) Juana Inés de la Cruz
77) Adela Zamudio
78) Alicia Moreau de Justo
79) João Guimarães Rosa
80) Eloy Alfaro
81) Pancho Villa
82) Gertrudis Gómez de Avellaneda
83) José Napoleón Duarte
84) Carlos Drummond de Andrade
85) Graciliano Ramos
86) Dolores del Río
87) Luis Alberto del Paraná
88) José Gabriel Condorcanqui
89) Juan Pablo Duarte
90) Guillermo Meneses
91) Ricardo Arjona
92) Adolfo Pérez Esquivel
93) Luis Muñoz Marín
94) Carmen Lyra
95) Wilfredo Lam
96) Manuel Ricardo Palma Soriano
97) Jorge Icaza Coronel
98) José Alfredo Jiménez Sandoval
99) Eduardo Abaroa Hidalgo
100) José Francisco Morazán Quezada

6 de abril de 2008

La pérdida de la tristeza (reflexiones)


"Si por desgracia se abriera alguna rendija de tiempo en la sólida sustancia de sus distracciones, siempre queda el soma: medio gramo para una de asueto, un gramo para fin de semana, dos gramos para viaje al bello Oriente , tres para una oscura eternidad en la luna”

"Un mundo feliz" ("Brave New World") de Aldous Huxley

¿Qué ocurriría si se descubriera un fármaco que nos cure de la tristeza como si fuese una enfermedad?

En 1980, la Sociedad Americana de Psiquiatría elaboró la tercera versión de su célebre manual para el diagnóstico de los trastornos mentales -Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorder, habitualmente conocido como DSM-, cuya influencia es tan vasta como silenciosa. El proyecto, originado a fines de los años 60, consiste en desarrollar un lenguaje neutro teóricamente, que permita el diagnóstico de las enfermedades mentales mediante una sintomatología objetiva, cuantificable y estándar. La reunión de 1980 se calificó como una "revolución del diagnóstico", dando lugar "a una nueva era de la psiquiatría".

Una de las modificaciones más importantes introducidas allí es la supresión de la antigua distinción entre depresión exógena y endógena o, dicho en otros términos, entre una "causada" y otra "incausada". A cambio de ello, se propuso una enumeración de síntomas -bastante conocidos, porque aparecen frecuentemente en los medios de comunicación-, en torno a un mínimo de los cuales, si persisten por cierto tiempo, se configura el diagnóstico de "depresión mayor", el que autoriza y aconseja la intervención profesional y la medicamentación.

Los académicos Allan Horwitz y Jerome Wakefield acaban de publicar un libro que lleva el título de esta columna, en el que atacan los presupuestos metodológicos y culturales del DSM-III y sus sucesores y, en particular, el cambio que allí se llevó a cabo respecto de la depresión. Su tesis central es que a partir de dicha reforma no existe un criterio de fondo que permita distinguir la tristeza (aflicción) sana de la patológica, y, así, muchas de las aflicciones y penas hoy diagnosticadas como depresión -que han aumentado gigantescamente desde entonces- son falsas depresiones. Ellos denuncian como un error muy grave el abandono de la distinción (que se remonta a Hipócrates y Aristóteles) entre la pena causada y proporcional a su causa, y aquella otra "incausada".

Hay una tristeza que es una emoción normal, y, aunque nos perturbe en extremo, no constituye un desorden mental. Este debate no es privativo de la psiquiatría: tiene consecuencias en políticas de salud pública y atañe a preguntas esenciales sobre la condición humana. Muchos miembros de las sociedades contemporáneas, compelidos a vivir en una "alegría artificial", están empezando a echar de menos la tristeza perdida, y acaso les resulta hoy más plena de sentido aquella pregunta de John Keats: "¿No ves cuán necesario es el mundo del dolor y de las tribulaciones para educar una inteligencia y convertirla en un alma?

Las sociedades contemporáneas compelen a una "alegría artificial".

Pablo Neruda

Oda a la tristeza

Tristeza, escarabajo
de siete patas rotas,
huevo de telaraña,
rata descalabrada,
esqueleto de perra:
Aquí no entras.
No pasa.
Ándate.
Vuelve
al sur con tu paraguas,
vuelve
al norte con tus dientes de culebra.
Aquí vive un poeta.
La tristeza no puede
entrar por estas puertas.
Por las ventanas
entra el aire del mundo,
las rojas rosas nuevas,
las banderas bordadas
del pueblo y sus victoria.
No puedes.
Aquí no entras.
Sacude
tus alas de murciélago,
yo pisaré las plumas
que caen de tu mano,
yo barreré los trozos
de tu cadáver hacia
las cuatro puntas del viento,
yo te torceré el cuello,
te coseré los ojos,
cortaré tu mortaja
y enterraré, tristeza, tus huesos roedores
bajo la primavera de un manzano.
Cuando yo muera quiero tus manos en mis ojos:
quiero la luz y el trigo de tus manos amadas
pasar una vez más sobre mí su frescura:
sentir la suavidad que cambió mi destino.
Quiero que vivas mientras yo, dormido, te espero,
quiero que tus oídos sigan oyendo el viento,
que huelas el aroma del mar que amamos juntos
y que sigas pisando la arena que pisamos.

Quiero que lo que amo siga vivo
y a ti te amé y canté sobre todas las cosas,
por eso sigue tú floreciendo, florida,

para que alcances todo lo que mi amor te ordena,
para que se pasee mi sombra por tu pelo,
para que así conozcan la razón de mi canto.
_______

18 de enero de 2008

Inmigración Española y Pablo Neruda

Foto: Winnipeg

Inmigración española y Pablo Neruda

Luego de estallar la Guerra Civil española, Pablo Neruda se entera de los refugiados republicanos españoles que se encuentran en campos de concentración franceses hacinados y en condiciones miserables.

El poeta, que en ese entonces se encontraba en Chile, sensibilizado por la situación de los españoles, decide embarcarse en una empresa que comprendía trasladar a los 2.000 refugiados desde Francia hacia Chile. Antes de trabajar en Francia, Pablo Neruda se había desempeñado como cónsul de Chile en Motivado por la amistad entre ambos países, su amor por España, y gracias al auspicio del Presidente chileno Pedro Aguirre Cerda (al que le agradaba la idea de traer trabajadores y hombres de esfuerzo al país, capacitados en las más diversas áreas), el poeta decide organizar este viaje. El Presidente lo nombra cónsul especial de emigración española en el país galo.

A pesar que el buque era un viejo carguero francés que normalmente no llevaba más de 20 personas, fue adaptado para acomodar a los de 2.200 refugiados españoles.
Neruda participa activamente en la organización de la travesía del Winnipeg, como reunir a las familias separadas por la guerra. Además de la colaboración de sus amigos escritores artistas, lo ayuda su esposa Delia del Carril.
La noche que el Winnipeg elevó anclas, en el puerto francés de Trompeloup - Pauillac, Pablo Neruda escribió lo siguiente, recordado en sus Memorias:

"Que la crítica borre toda mi poesía, si le parece. Pero este poema, que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie.".

Pablo Neruda, Trompeloup, 4 de Agosto de 1939.

El “Winnipeg“ se mueve lentamente con todas sus luces encendidas, por el estuario de la Gironda, alejándose de Trompeloup – Pauillac. Acelera su andar al salir a mar abierto. Días después pasó cerca de las Azores, isla portuguesa, dirigiéndose hacia la Isla Guadalupe, isla francesa de las Pequeñas Antillas, en el Caribe, a fin de reabastecerse de agua, alimentos y combustible.
En el interior del barco, en los primeros días de navegación, se despliega un gigantesco trabajo de organización, que los refugiados cumplen en forma disciplinada. No podía ser de otra forma, dado lo que significaban las más de 2.000 personas, hombres, mujeres y niños, hacinados en el viejo barco de carga, apresuradamente provisto de apretadas literas de madera, servicios higiénicos improvisados, comedores provisorios, cocinas funcionando al máximo día y noche, sistemas de ventilación precarios, bodegas transformadas en dormitorios, etc, etc.
En primer lugar, se repartieron las literas por sorteo. Las mujeres se separaron de los hombres. Los niños pequeños iban con las mujeres en la popa del buque. Cada litera tenía una frazada y una colchoneta de paja. En cada dormitorio de literas, de a tres en altura, cabían cincuenta personas y sólo había un excusado provisorio. Ventiladores eléctricos trataban de ventilar los espacios.
Se establecieron varios turnos de comida, mientras la cocina del barco funcionaba día y noche. En general, la comida consistió en garbanzos, porotos, lentejas, con papas, a veces tortillas. También vendían cervezas y algunos licores en un pequeño bar improvisado que funcionaba en cubierta.
La tripulación era toda francesa, pero evidentemente el grueso de los servicios de atención a los refugiados era realizado por ellos mismos en forma organizada. El barco, como es de imaginar, estaba lleno de voluntarios: para pelar papas, limpiar los baños, cuidar los 350 niños, ayudar en la enfermería, etc etc.
No fue una tarea fácil, pero todos colaboraron en la medida de sus fuerzas. El viaje en el “Winnipeg” y sus incomodidades fue apreciado en distinta forma por los refugiados. Para los menos que habían sido atendidos en casas de franceses, el viaje fue desagradable, dado el hacinamiento en que se encontraban.. Pero, para la mayoría, aquellos que venían de los campos de concentración franceses, el viaje fue un paraíso. Las estrechas literas de madera con una frazada eran una delicia para aquellos que, sólo días antes, dormían en un hoyo en la arena, en los campos de concentración franceses, sin techo y soportando la lluvia y los fuertes vientos.
Se organizaron juegos y clases para distraer a los cerca de 350 niños que venían en el barco. También se organizó una guardería para los más pequeños. Todo lo cual era atendido por personal voluntario de los mismos refugiados.
Más adelante se formaron grupos corales. Los pocos chilenos que iban en el barco dictaban conferencias sobre Chile. Se discutía sobre la actualidad internacional.
Los niños, en general, disfrutaron del viaje, para ellos fue la gran aventura. Ya adultos, algunos niños y niñas que venían en el barco confesaron haberlo pasado muy bien. Subiendo y bajando por las escaleras del buque. Escondiéndose en los vericuetos más inverosímiles del "Winnipeg". Compenetrándose de la novedad que significaba navegar en alta mar. Haciendo las típicas diabluras infantiles, etc...
Fueron los que más disfrutaron del viaje.
La Segunda Guerra Mundial estaba a punto de comenzar de un momento a otro. Hasta un par de periódicos editados en el barco, informaban sobre las noticias mundiales y sobre Chile. Se reparte entre los refugiados un folleto sobre Chile que había escrito Neruda especialmente para los refugiados.
Los hombres y mujeres dormían en dormitorios separados. Sin embargo, las parejas más fogosas descubrieron en los botes salvavidas, cubiertos por una lona impermeable, un lugar estupendo para sostener encuentros íntimos, instantes respetados por los refugiados.
También hubo nacimientos en el barco, el 6 de Agosto de 1939, dos días después del zarpe, nació Agnes América Winnipeg hija de los refugiados Eloy Alonso y Piedad Bollada. Semanas después nació un niño, Andrés Martí , hijo de Eugenio Castell y de Isabel Torelló. Los partos fueron atendidos, sin contratiempos, en la enfermería del barco trayendo alegría y felicidad a los pasajeros del buque.
El 15 de Agosto de 1939, once días después del zarpe de Francia, el “Winnipeg” llegó a la Isla de Guadalupe, posesión francesa, donde en algunas horas se abastece de alimentos, agua y combustible. Luego el barco continuó su marcha a Panamá. En el viaje hasta la Isla de Guadalupe, el buque había soportado fuertes tormentas que lo remecen como a una cáscara de nuez, asustando a los refugiados, la mayoría de los cuales navegaba por primera vez y ya creían que el viejo barco se hundía entre las olas tormentosas.
En el trayecto hasta Panamá por el Mar Caribe, los refugiados escucharon la noticia de la inminencia del estallido de una nueva conflagración mundial.
El barco llegó al puerto de Colón, en Panamá el día 20 de Agosto de 1939, donde permaneció alrededor de cinco días soportando las altas temperaturas panameñas. El “Winnipeg“ se había transformado en un gigantesco horno. La demora se debió a que nadie se había preocupado de pagar los derechos de paso por el Canal de Panamá, grandiosa obra de ingeniería que permite el cruce de los barcos desde el Caribe hasta el Océano Pacífico y viceversa, subiendo y bajando, mediante esclusas, una considerable elevación.

Resuelto el problema, el barco continuó su peregrinación y en un día cruzó el Canal por entre la densa floresta tropical que lo rodeaba. Pese al calor, los inmigrantes miraban extasiados y sorprendidos la naturaleza exuberante de la vegetación tropical.

En todo el trayecto hasta Panamá, los refugiados temían que estallara la Segunda Guerra Mundial y que los franceses, presionados por Alemania y España, hicieran regresar al “Winnipeg” a Francia. Por lo anterior, el viejo barco, ahora navegando en el Océano Pacífico, aceleró su viaje a Chile, pasando de largo frente a las costas de Colombia, Ecuador y Perú.
El temor que tenían los refugiados en volver a Francia y caer en manos de Hitler no era infundado sino muy real. En 1940, luego de invadir a Francia, la Alemania nazi tomó prisioneros a miles de republicanos españoles los cuales fueron enviados a realizar trabajos forzados. Cabe señalar que cerca de 7.000 españoles republicanos murieron en el campo de concentración de Mathausen, en Austria, durante la Segunda Guerra Mundial, como consecuencia de los trabajos forzados y las cámaras de gas. Durante la Segunda Guerra Mundial, miles de republicanos españoles que pelearon por el Ejército francés y en las guerrillas contra los nazis, al ser hechos prisioneros no fueron reconocidos como prisioneros de guerra por Alemania y fueron enviados a campos de concentración y trabajos forzados con los resultados ya señalados.
El temor de los refugiados republicanos españoles del Winnipeg era, por lo tanto, muy real, en Septiembre de 1939.
Se esperaba que el “Winnipeg” llegara a Valparaíso en los primeros días de Septiembre de 1939. En Chile, mientras tanto, se preparaba la recepción de los refugiados con gran entusiasmo. Se solicitaba a los empresarios de distintas actividades productivas que definieran la cantidad de trabajadores que estaban dispuestos a contratar; se inscribía a familias españolas y chilenas que quisieran recibir en su hogar a los refugiados; se abrieron registros de alojamiento en pensiones y hoteles; se abrió una caja para recibir donaciones de ayuda a los refugiados, junto con actos y festivales benéficos.
En las primeras horas del día miércoles 30 de Agosto de 1939, el “Winnipeg” dando pitazos fondeó en el puerto chileno de Arica, ubicado en la frontera con Perú, dos mil kilómetros, al Norte de Santiago de Chile. Coros españoles, formados por los refugiados en el barco, entonaban sus canciones típicas, felices de haber llegado a la seguridad que les ofrecía el territorio chileno. Hasta ese momento, siempre habían pensado que el “Winnipeg” podría recibir una orden de regresar a Francia.
En Arica, subieron al barco, médicos y enfermeros chilenos, que sometieron a una revisión médica a los refugiados detectándose que no existían casos de gravedad a bordo y que, en general, todos estaban en buenas condiciones de salud.
En ese puerto, veinticuatro refugiados españoles desembarcaron y se quedaron, ya que había ofertas de trabajo para ellos. La mayoría eran pescadores que se integraron a las faenas pesqueras en el Norte de Chile, otros se integraron a labores mineras y a tareas de construcción del ferrocarril de Arica a la ciudad de La Paz, la capital de Bolivia.
El mismo día en la noche, el “Winnipeg” continuó su viaje al Puerto chileno de Valparaíso, viajando ya por aguas chilenas, lo que trajo un alto grado de tranquilidad, a los refugiados españoles. El buque recorrió los 2.000 km. que separan Arica de Valparaíso, en un par de días, en tal forma que, en la noche del sábado 2 de Septiembre de 1939, el "Winnipeg" ancló en la Bahía de Valparaíso, en la zona central de Chile.
Las autoridades chilenas, dada la situación de normalidad existente en el buque, determinaron postergar el desembarco para las primeras horas del Domingo 3 de Septiembre. Los refugiados no durmieron esa noche. Contemplaron extasiados, llenos de asombro, el gigantesco anfiteatro iluminado que forman los cerros que rodean Valparaíso y cuya infinidad de luces se confundía con las estrellas del cielo. Esa noche, en el "Winnipeg" se repartió champagne a los refugiados para festejar el feliz término del viaje.


Valparaíso


En las primeras horas del amanecer el “Winnipeg” ingresó al Puerto y realizó las maniobras de atraque guiado por los marinos chilenos. En uno de sus costados el buque tenía un gigantesco retrato del Presidente de Chile, Pedro Aguirre Cerda, que había sido pintado durante el viaje por un inmigrante.
Ese mismo día se supo la noticia del estallido de la Segunda Guerra Mundial.
En Valparaíso, la bienvenida a los refugiados del " Winnipeg" fue apoteósica. Una impresionante masa humana colmaba muelles, edificios aduaneros, grúas y maquinarias del Puerto. Bandas de música tocaban tonadas y cuecas chilenas. Banderas y pancartas ondeaban por todas partes. La gente gritaba, reía y aplaudía.
A las nueve de la mañana se inicia el desembarco de todos los refugiados, que se realiza en forma muy ordenada, cumpliendo instrucciones adoptadas previamente por las autoridades chilenas.
Inmediatamente de tendido el puente y después de las comprobaciones finales de documentos, se inició el desembarco, el cual estuvo a cargo de los funcionarios especiales del Gobierno de Chile y el recibimiento en tierra a cargo del Comité de Recepción. Al bajar, los refugiados se colocaban en filas a fin de dar cumplimiento a la última disposición sanitaria: vacuna antitífica, la que se hizo por medio de una brigada especial que atendió en el interior de uno de los galpones. Se determinó que dos inmigrantes requerían hospitalización y fueron llevados al hospital.
A medida que cada uno era vacunado, y daba sus datos, salía enseguida a colocarse en los diversos grupos que se había formado. Aquellos cuyas vestimentas eran exiguas y deficientes, eran atendidos por un comité de damas españolas y chilenas, las cuales entregaban a cada refugiado una caja conteniendo mudas completas de ropa blanca. Se les daba también ternos completos, zapatos, chaquetas, etc.
La labor de desembarco se realizó calmadamente, sin inconvenientes de ninguna especie. Doctores y enfermeras chilenas procedían a vacunar a los inmigrantes con la vacuna antitífica a fin de prevenir problemas posteriores a los refugiados.
Se aproximó al barco un tren especial, con doce vagones, dispuesto para llevar a Santiago de Chile a 1.600 refugiados que iban a ser distribuidos entre la capital chilena y las ciudades del sur de Chile.
Gran multitud de porteños habían llegado al Puerto a presenciar el desembarco, la Banda Municipal interpretó los himnos patrios de Chile y España. La recepción otorgada a los refugiados fue calurosa. El Alcalde de Valparaíso y los regidores se hicieron presentes para el desembarco. También se encontraba presente don Rodrigo Soriano, último embajador del Gobierno Republicano en Chile.
Esperaban en Valparaíso los familiares de setenta refugiados republicanos cuyo reencuentro dio lugar a conmovedoras y emotivas escenas.


Estación Mapocho Santiago de Chile (1912)


Después de almorzar, se embarcaron en el tren especial a Santiago de Chile, del orden de 1.600 inmigrantes, quedando alrededor de 600 en Valparaíso.
Otros treinta refugiados viajaron por vía marítima, al puerto de Antofagasta, al norte de Chile, a trabajar en faenas de pesca. El tren partió a las 15.00 horas desde el mismo puerto de Valparaíso.
La distancia entre Valparaíso y Santiago de Chile era sólo de 150 km, sin embargo el recorrido del tren fue demorado por las manifestaciones de aprecio de los chilenos que se produjeron en todos los pueblos por los cuales pasaba la vía férrea.
El tren especial con los refugiados llegó a la Estación Mapocho de la capital chilena alrededor de las 20.30 horas, fueron recibidos por una multitud que los recibió en forma muy cariñosa.
Entre los refugiados venía Leopoldo Castedo, hijo de Sabastián Castedo, Ministro de Economía de Alfonso XIII. Posteriormente, en Chile, fue un célebre historiador. En España había trabajado con Federico García Lorca en "la Barraca". También era amigo de Rafael Alberti, gracias al cual tomó contacto con Neruda en París, y luego embarcado con su familia en el Añadir leyendaWinnipeg con destino a Chile.
En sus " Contramemorias de un Transterrado", Leopoldo Castedo describe la llegada del tren con los refugiados a Santiago de Chile :

"Si la recepción en Valparaíso fue emocionante, la de Santiago llegó a límites inimaginables. La Estación Mapocho de airosa arquitectura metálica, estaba repleta de entusiastas, hombres, mujeres, viejos y jóvenes. Estos se habían trepado a las farolas y a las estructuras sobresalientes del edificio. Los gritos, los abrazos, no tenían límite ni descanso. A los españoles del exilio, sustantivo que empleo transitoriamente, porque no cuadra utilizarlo en Chile, se nos había transmutado de proscritos abyectos en héroes de una guerra que Chile había seguido apasionadamente, como si hubiera sido suya".

Algunos afortunados encontraron trabajos en la misma estación repleta de gente, luego todos los refugiados y sus familias fueron invitados a una cena en los Centros Republicanos, Catalán y Vasco de Santiago, Finalizada la cual fueron conducidos a los distintos alojamientos preparados para ellos.

A algunos les esperaban, en Valparaíso y Santiago, inmediatas ofertas de trabajo y alojamientos de gentes de diferentes ciudades y pueblos de Chile, por lo que todos los llegados en el Winnipeg tuvieron desde el primer momento donde comer y dormir.Nadie quedó sin la debida atención desde el primer día, mediante la generosa hospitalidad que les ofreció la comunidad chilena y la española residente, arraigada desde antes en el país austral.
Los Centros españoles, fueron al comienzo, un gran apoyo para los refugiados. En ellos los inmigrantes realizaban reuniones, en las cuales, al mismo tiempo que se rememoraban los tristes últimos días de la guerra civil y el paso por Francia con sus campos de concentración y las experiencias pasadas, se intercambiaban novedades, informaciones sobre oportunidades de trabajo, nuevos hospedajes, atención médica y otros aspectos.
Inicialmente, los refugiados tenían la esperanza que se produjera un cambio en la situación política de España que les permitiera retornar, sin problemas, a la tierra natal, pero pasaron los años y esto no sucedió. Así, los refugiados se fueron integrando cada vez más en el país austral que tan cordialmente los había acogido. Los refugiados del Winnipeg se fueron separando entre sí, hasta llegar casi a no relacionarse entre ellos mismos, salvo los que mantenían una antigua amistad. Además, que, como hemos dicho, estaban repartidos a lo largo de los cuatro mil kilómetros de largo de Chile.

27 de noviembre de 2007

Discurso al Alimón sobre Rubén Darío





Por Federico García Lorca y Pablo Neruda

Hacia el año 1933, Pablo Neruda es enviado al Consulado de Chile en Buenos Aires. Ahí comenzará a conocer la resonancia internacional de su poesía. Además intimará con destacados escritores argentinos. Pero el encuentro más importante como relata Emir Rodríguez Monegal en su Neruda: El viajero inmóvil "ocurrirá un día de octubre de 1933, cuando es presentado a Federico García Lorca, de paso en el Río de la Plata para asistir al estreno de Bodas de sangre, por Lola Membrives, y para dar algunas conferencias. La fecha está marcada con piedra blanca en la poesía hispánica de este siglo, porque la personalidad avasalladora de Federico (seis años mayor, y ya famosísimo) y la calidad recién alumbrada de Neruda se reconocen a primera vista, fundan una amistad que sólo corregirá la muerte y establecen un puente perdurable entre las dos orillas de la nueva poesía en lengua española. Para marcar este encuentro , el P.E.N. Club argentino organiza un banquete de homenaje a ambos poetas y ellos agradecen con un discurso en colaboración, sobre Rubén Darío, "el padre americano de la lírica hispánica de este siglo."
Más tarde, Neruda habría de recordar que: "tanto García Lorca como yo, sin que se nos pudiera sospechar de modernistas, celebrábamos a Rubén Darío como uno de los grandes creadores del lenguaje poético en el idioma español".


Neruda:Señoras...
Lorca:
Y señores: Existe en la fiesta de los toros una suerte llamada "toreo al alimón" en que dos toreros hurtan su cuerpo al toro cogidos de la misma capa.

N.:
Federico y yo, amarrados por un alambre eléctrico, vamos a parear y a responder esta recepción muy decisiva.

L.:
Es costumbre en estas reuniones que los poetas muestren su palabra viva, plata o madera, y saluden con su voz propia a sus compañeros y amigos.

N.:
Pero nosotros vamos a establecer entre vosotros un muerto, un comensal viudo, oscuro en las tinieblas de una muerte más grande que otras muertes, viudo de la vida, de quien fuera en su hora marido deslumbrante. Nos vamos a esconder bajo su sombra ardiendo, vamos a repetir su nombre hasta que su poder salte del olvido.
L.:
Nosotros vamos, después de enviar nuestro abrazo con ternura de pingüino al delicado poeta Amado Villar, vamos a lanzar un gran hombre sobre el mantel, en la seguridad de que se han de romper las copas, han de saltar los tenedores, buscando el ojo que ellos ansían y un golpe de mar ha de manchar los manteles. Nosotros vamos a nombrar al poeta de América y de España: Rubén...

N.:
Darío.Porque, señoras...

L.:
y señores...

N.:Dónde está, en Buenos Aires, la plaza de Rubén Darío?

L.:
Dónde está la estatua de Rubén Darío?

N.:
El amaba los parques. Dónde está el parque Rubén Darío?

L.:
Dónde está la tienda de rosas de Rubén Darío?

N.:
Dónde esta el manzano y las manzanas de Rubén Darío?

L.:
Dónde está la mano cortada de Rubén Darío?

N.:
Dónde está el acento la resina, el cisne de Rubén Darío?

L.:
Rubén Darío duerme en su "Nicaragua natal" bajo su espantoso león de marmolina, como esos leones que los ricos ponen en los portales de sus casas.

N.:
Un león de botica, a él, fundador de leones, un león sin estrellas a quien dedicaba estrellas.

L.:
Dio el rumor de la selva con un adjetivo, y como fray Luis de Granada, jefe de idioma, hizo signos estelares con el limón, y la pata de ciervo, y los moluscos llenos de terror e infinito: nos puso al mar con fragatas y sombras en las niñas de nuestros ojos y construyó un enorme paseo de Gin sobre la tarde más gris que ha tenido el cielo, y saludó de tú a tú el ábrego oscuro, todo pecho, como un poeta romántico, y puso la mano sobre el capitel corintio con una duda irónica y triste, de todas las épocas.

N.:
Merece su nombre rojo recordarlo en sus direcciones esenciales con sus terribles dolores del corazón, su incertidumbre incandescente, su descenso a los hospitales del infierno, su subida a los castillos de la fama, sus atributos de poeta grande, desde entonces y para siempre e imprescindible.

L.:
Como poeta español enseñó en España a los viejos maestros y a los niños, con un sentido de universalidad y de generosidad que hace falta en los poetas actuales. Enseñó a Valle Inclán y a Juan Ramón Jiménez, y a los hermanos Machado, y su voz fue agua y salitre, en el surco del venerable idioma. Desde Rodrigo Caro a los Argensolas o don Juan Arguijo no había tenido el español fiestas de palabras, choques de consonantes, luces y forma como en Rubén Darío. Desde el paisaje de Velázquez y la hoguera de Goya y desde la melancolía de Quevedo al culto color manzana de las payesas mallorquinas, Darío paseó la tierra de España como su propia tierra.

N.:
Lo trajo a Chile una marea, el mar caliente del Norte, y lo dejó allí el mar, abandonado en costa dura y dentada, y el océano lo golpeaba con espumas y campanas, y el viento negro de Valparaíso lo llenaba de sal sonora. Hagamos esta noche su estatua con el aire, atravesada por el humo y la voz y por las circunstancias, y por la vida, como ésta su poética magnífica, atravesada por sueños y sonidos.

L.:
Pero sobre esta estatua de aire yo quiero poner su sangre como un ramo de coral, agitado por la marea, sus nervios idénticos a la fotografía de un grupo de rayos, su cabeza de minotauro, donde la nieve gongorina es pintada por un vuelo de colibrís, sus ojos vagos y ausentes de millonario de lágrimas, y también sus defectos. Las estanterías comidas ya por los jaramagos, donde suenan vacíos de flauta, las botellas de coñac de su dramática embriaguez, y su mal gusto encantador, y sus ripios descarados que llenan de humanidad la muchedumbre de sus versos. Fuera de normas, formas y escuelas queda en pie la fecunda substancia de su gran poesía.

N.:
Federico García Lorca, español, y yo, chileno, declinamos la responsabilidad de esta noche de camaradas, hacia esa gran sombra que cantó más altamente que nosotros, y saludó con voz inusitada a la tierra argentina que pisamos.

L.:
Pablo Neruda, chileno, y yo, español, coincidimos en el idioma y en el gran poeta, nicaragüense, argentino, chileno y español, Rubén Darío.

N.: y L.:
Por cuyo homenaje y gloria levantamos nuestro vaso.

(Publicado en El Sol, Madrid, 1934)

5 de octubre de 2007

Pablo Neruda Alturas de Macchu Picchu (música: Los jaivas)

Poema: Las Alturas de Macchu Picchu de Pablo Neruda

De la obra Canto General (Canto XII)(1950) Presentado por el escritor Mario Vargas Llosa, grabado en Macchu Picchu

Sube a nacer conmigo, hermano.
Dame la mano desde la profunda
zona de tu dolor diseminado.
No volverás del fondo de las rocas.
No volverás del tiempo subterráneo.
No volverá tu voz endurecida.
No volverán tus ojos taladrados.
Mírame desde el fondo de la tierra,
labrador, tejedor, pastor callado:
domador de guanacos tutelares:
albañil del andamio desafiado:
aguador de las lágrimas andinas:
joyero de los dedos machacados:
agricultor temblando en la semilla:
alfarero en tu greda derramado:
traed a la copa de esta nueva vida
vuestros viejos dolores enterrados.
Mostradme vuestra sangre y vuestro surco,
decidme: aquí fui castigado,
porque la joya no brilló o la tierra
no entregó a tiempo la piedra o el grano:
señaladme la piedra en que caísteis
y la madera en que os crucificaron,
encendedme los viejos pedernales,
las viejas lámparas, los látigos pegados
a través de los siglos en las llagas
y las hachas de brillo ensangrentado.
Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta.
A través de la tierra juntad todos
los silenciosos labios derramados
y desde el fondo habladme toda esta larga noche
como si yo estuviera con vosotros anclado,
contadme todo, cadena a cadena,
eslabón a eslabón, y paso a paso,
afilad los cuchillos que guardasteis,
ponedlos en mi pecho y en mi mano,
como un río de rayos amarillos,
como un río de tigres enterrados,
y dejadme llorar, horas, días, años,
edades ciegas, siglos estelares.
Dadme el silencio, el agua, la esperanza.
Dadme la lucha, el hierro, los volcanes.
Hablad por mis palabras y mi sangre