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9 de abril de 2013

Homero Aridjis / Los higos Blancos de Esmirna

Homero Aridjis



El poema en prosa, "Los higos blancos de Esmirna” es un  extraordinario ejemplo, conmovedor y lúcido, de la genealogía que sigue buscando y nombrando, entre sueños, al autor, al padre, a la madre, a la esposa, a las hijas y, especialmente, a ese héroe trágico de Grecia que vino a dejar simiente en un pequeño lugar de México.

Los Higos Blancos de Esmirna

En mi infancia ejercí con fervor la adoración del higo, como diría Borges del tigre. Hijo de dos culturas, mejor dicho, de dos mitologías, la griega y la mexicana, los higos representaban en mi infancia lo griego. Y algo muy íntimo, la relación del niño con su padre a través de un fruto.
Mi padre, hombre de la diáspora del Asia Menor, se pasó la vida plantando higueras en el campo mexicano. Entre los magueyes, que producían pulque, y los nopales, con sus tunas rojas que hacia pensar en los corazones de los sacrificados en el México antiguo, él se sentaba a la sombra de las higueras y contemplaba sus hojas como grandes manos verdes.
En los umbrales de su propia vejez, caminando entre las higueras desaparecidas de la huerta en las que mi padre y yo cortábamos higos juntos, los más verdes emitiendo al ser cortados su leche pegajosa, me pregunto una vez más, ¿ qué significaron para mí los higos blancos de Esmirna? ¿Eran reales o una referencia apocalíptica, como cuando el Cordero abre el sexto sello y se compara la caída de estrellas sobre la tierra con la higuera que deja caer sus higos cuando es sacudida por un fuerte viento?
Los miércoles en la tarde mi padre cerraba su tienda de ropa y se metía a la huerta, y emergía de ella con los brazos cruzados como un cesto con higos. Los frutos envueltos en una piel fina con la carne repleta de semillas diminutas me sabían a ambrosía, y para mí tenían el color y el olor de venir de los huertos de Pallas Atenea, mi diosa favorita.
Todavía ahora cuando veo higos imagino a mi padre, parado delante de una higuera, que ya no existe, en una huerta que existe, pero con sus árboles frutales arrasados, parafraseando los versos de un poeta andaluz (aunque mi padre no leía versos):

Tú también eres, oh higuera,
sobre este suelo extranjera.

O aún lo escucho metido en el pellejo del Dionisio de Las Bacantes, diciendo:

He venido a esta tierra de los mexicanos, yo, Nicias Aridjis Theologos, hijo ignoto de Zeus, al que antaño parió la hija de Cadmo, Sémele, haciendo de partero el hijo del relámpago; no ando en la figura de un dios, sino en la de un mortal; estoy junto al cerro Altamirano y las barrancas que bajan de los santuarios de la mariposa Monarca hacia el pueblo de Contepec como un hombre que habla la lengua de sus ancestros en sueños.


En 2004, me otorgaron la Nichols Chair in Public Sphere and Humanities de la Universidad de California en Irvine y tuve que pasar cuatro meses en el campus para dar una conferencia e impartir un curso de literatura. Para librarme del tedio que me provocaban, mis alumnos de pocas luces, quise darme el gusto de releer un libro importante en mi vida. Escogí la Odisea, poema que había leído a los trece años en Contepec, mi pueblo natal, en una edición de Editorial Sopena Argentina, en traducción directa del griego de Federico Baráibar y Zumarriaga. Esa lectura me había abierto las puertas de la poesía homérica y el mundo de los libros de aventuras. Versos hermosos como "La aurora de rosados dedos" todavía resonaban en mi mente cincuenta años después. Esta vez leería un Canto cada noche en una edición en prosa, de la Loeb Classical Library , con texto griego y traducción al inglés por A. T. Murray.

Casi al final, al toparme con unos versos del Canto 24, cuando Odiseo, después de matar a los pretendientes de Penélope, se encuentra en su viñedo con su padre viejo Laertes, vistiendo una túnica sucia, parchada y miserable, cubierto con una capa de piel de cabra y guantes en las manos para protegerse de las espinas, soñé con mi padre. Nicias Aridjis Theologos, un griego de la diáspora que se había salvado en 1922 de las matanzas de griegos y armenios a manos de los turcos, cuando Ataturk declaró la guerra a Esmirna infiel, cruzando hacia la isla de Samos. En 1926 pasó a México, y sin volver nunca a Grecia ni a Europa, murió en el pueblo de Contepec sesenta años después.
Terminado el libro, me dormí. Pero al poco rato soñé con mi padre en la huerta. Estaba parado junto a un árbol, una higuera como aquellas que él había plantado para tener higos blancos de Esmirna. Durante mi infancia mucha veces habíamos caminado juntos para cortar higos. Lo curioso es que él estaba muerto y yo vivo, y para no asustarlo con mi presencia mantuve un diálogo como esos que se tienen entre entre un padre y un hijo que viene de visita a la casa paterna. La higuera estaba detrás del Cine Apolo, con su tejado que se había venido abajo, pero en su tiempo, cuando llovía, hacía tanto ruido igual que si el cielo se estuviera cayendo sobre los espectadores.
En el sueño sus manos transparentes no portaban higos.
Como en uno de los tormentos de Tántalo en la Odisea, parecía que los "frutales sus ramas tendíanle a la frente con espléndidos frutos, perales, granados, manzanos, bien cuajados olivos, higueras con higos sabrosos; mas apenas el viejo alargaba sus manos a ellos cuando un viento veloz los alzaba a las nubes sombrías".
Después del diálogo nos despedimos. Al despertar me senté a escribir el poema "Encuentro con mi padre en la huerta".

Homero Aridjis

Diario de sueños, Fondo de Cultura Económica, México, 2011.

2 comentarios:

  1. He disfrutado leyendo esta entrada, me ha traído muy bonitos recuerdos y los voy ha utilizar de inspiración.
    Gracias Francisco, un abrazo.

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  2. me encanta mucho y lo que mas me gusta es que tienes un gusto exquisito,la historia griega me encanta,abrazos para ti.Luis

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